Friday, August 31, 2012

(Crónicas Viajeras) Savannah

Este mes, mi madre adorada vino a visitarme a Atlanta, y a ayudarme con la mudanza e instalada en el nuevo apartamento que estaré alquilando por el último año de maestría. Después de que pasamos una semana guindando cuadros, moviendo muebles, equipando cocina, guindando cortinas, armando muebles y estanterías, subiendo y bajando las escaleras hacia el tercer piso, decidimos que nos tocaba un break. Un descanso. Un paréntesis en medio de tanto trabajo. Y así fue como un martes en la noche decidimos que íbamos a pasar los próximos días en Savannah. 

Mi mamá manejando y yo mientras tanto con el celular investigando de hoteles, paradas turísticas, restaurantes, etc. En tres horas y media, llegamos directo al Marshall House, un hotel auténtico local que ofrecía una atractiva tarifa con desayuno y un coctel de vino y quesos en la tarde. Nos encantó la decoración del hotel, tenía esa mezcla entre elegante y ecléctico perfectamente balanceado para no caer en ningún extremo sino en un auténtico colorido sureño. Ubicado en el corazón del distrito histórico de Savannah, estábamos a unas cuatro cuadras del río, y cuatro cuadras del Design District.

Marshall House Hotel

Teníamos medío día del miércoles, y medio día del jueves para conocer a Savannah. Tratamos de escoger sabiamente las atracciones que más valieran la pena visitar, sin ser demasiado turistosas pues también es agradable palpar el estilo de vida de quien habita la ciudad y todo lo que su arquitectura tiene para ofrecer. Matamos lo más turístico de primero, caminamos hacia River Street, la calle que como su nombre lo indica, bordea el río de Savannah. Tras ver tienda tras tienda de souveneirs, entramos en una tienda de dulces que olía a Gloria. Lo primero que vimos al entrar fue un señor cocinando chocolate con pralines y cortándolo en cuadritos para que los clientes pudiesen probar aquella exquisitez. El chocolate se te derretía lentamente en la boca y aquello sabía divino. Por el río, un par de barcos turísticos nos saludaban furtivamente. Nos sentimos en una película de loss 50, caminando por aquella callecita construida por pequeños pedregales. Luego empezamos a recorrer el distrito histórico hacia el sur, tropezándonos con plazas y parques en cada esquina, cada cuatro cuadras exactamente. (Y las cuadras son mínimas, atravesar una avenida en Manhattan equivale a recorrer seis cuadras en Savannah). 


River Street

Mi mamá con su amor a la guía Zagat, había explorado todos los restaurantes de Savannah la noche anterior desde su ipad. Ya teníamos seleccionado el restaurant del almuerzo, tenía que ser el aclamado Mrs. Wilkes, que contaba con la perfecta combinación entre el puntaje más alto de cocina y un puntaje medio-bajo en costo. Debe ser por esta misma combinación que cuando finalmente llegamos a la intersección, donde queda el restaurante, nos percatamos de unas 60 personas haciendo cola afuera del restaurante para entrar a comer. Estábamos un poco sorprendidas, con mucho hambre y con pocas ganas de esperar bajo el sol dos horas. Pero en lo que tratamos de asimilar qué íbamos a hacer, escuchamos a varias personas que estaban frente a nosotros en la 'cola' comentar que era la comida sureña más divina que habían comido en sus vidas, que la espera más que vale la pena, que la cola avanza rápido, etc. Decidimos esperar. Mientras la cola avanzaba, y teníamos más cercanía con aquellos que salían del restaurante, estábamos más y más re aseguradas de que la espera definitivamente valía la pena, la cara de felicidad con que salía la gente no tenía igual! 

 La espera para entrar en Mrs. Wilkes

27 platos servidos en el restaurant Mrs. Wilkes, ¡divino!

Y sí, super valió la pena. Entramos después de una espera de 45 min. Nos sentaron con seis extraños en una gran mesa redonda que tenía en el centro 27 platos de comida servida para compartir entre los ocho. El famoso 'fried chicken' sureño (tal cual como lo vieron en The Help), un Meat Loaf, asado, un cochino esmechado que estaba para morir, eran los cuatro platos de carne principales, luego habían 23 acompañantes entre los cuales destaco una ensalada de zanahoria exquisita, puré de papas, batatas sofritas, macarrones con queso, espinacas, y muchos más que ya no recuerdo. Nos tocó sentarnos con una familia que venía de Los Ángeles. El señor al saber que éramos de Venezuela empezó a hablarnos de Maria Conchita Alonzo como si fuera su mejor amiga. Yo a mi derecha tenía un viejito que se veía más allá que de acá pero sin embargo estaba al tanto de todo lo que conversábamos. Más pilas el viejo, imposible. 

Recorrimos por tres horas más el distrito histórico. Árboles que daban la impresión de haberse enraizado hace un par de siglos nos envolvían en las distintas calles y plazas de la ciudad. Presencié una de las fuentes más lindas que he visto en mi vida. La catedral de San Juan Bautista nos fascinó, pero luego de salir de ésta ya no podíamos más, estábamos extenuadas. Entre el habernos despertado a las 5 de la mañana para salir a Savannah, la caminata intensa de 4 horas y la tremenda papa que nos metimos en Mrs. Wilkes, ya sólo queríamos llegar al hotel y dormir. Y así hicimos hasta que nos llegó la hora del Wine and Cheese en la biblioteca del hotel.
Catedral de San Juan Bautista, en Savannah

La noche fue algo tranquila ya que era un miércoles y estábamos en Savannah, no Nueva York. Los restaurantes y bares estaban vacíos y la única atracción que parecía valer la pena era el tour de fantasmas de Savannah que te llevan al cementerio y a un poco de casas con cuentos de terror. Pero la verdad es que seguíamos cansadas y no nos llamaba mucho la atención el lado terrorífico de la ciudad. Así que decidimos llamarlo un día concurrido y nos regresamos al hotel. 

Wormsloe Plantation

Al día siguiente yo me antojé de conocer la hacienda que sale en la película The Last Song, donde vivía la familia del novio de Miley Cirus. En la vida real, se llama Wormsloe (Ver foto abajo). Fue muy lindo caminar y pasear bajo el túnel de árboles de la plantación pero ya en 10 minutos estábamos listas para irnos de ahí (no había mucho más que hacer o ver además de eso). Y no podíamos despedirnos del área sin al menos pasar por Tybee Island y conocer la playa y la islita, así sea por encima. Nos dio chance de correr a la playa, y tomarnos una foto frente al faro, en segundos empezó a caer el diluvio más grande que he presenciado en mi vida! Suerte que nos montamos en el carro justo a tiempo. Y así, nuestro viaje llegó a su final y nos regresamos a Atlanta. 
El faro de Tybee Island

La playa en Tybee Island, a las afueras de Savannah

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