Thursday, August 6, 2020

Día 9837459 de la cuarentena

Si hago una búsqueda rápida en google del "actual epicentro del Covid19", todos los resultados parecen indicar que estoy sentada sobre él. Desde hace un mes que Miami se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia, por la cantidad de nuevos casos diarios que hay, aunque la verdad, todo eso poco parece importar. 

Después de cinco meses en "cuarentena" ya todo, o nada, sorprende. ¿Qué más da que seamos el nuevo epicentro mundial? Si igual ya salir a comer en un restaurante es una imposibilidad. Si ya nos hemos acostumbrado a desinfectar el mercado como si todo estuviese cubierto del virus. Si mi bebé igual no sabe lo que es interactuar con otros bebés, ni sabe lo que es montarse en un columpio, y pues si no sabe lo que es nada de eso, tampoco lo puede extrañar. En tres semanas mi hija cumple un año, y aunque coqueteamos con la idea de celebrarlo en familia, la cruda verdad es que ahora mismo una simple reunión familiar es un lujo que no nos podemos permitir. 

Y aunque parece que el mundo nos ha dado motivos para hundirnos en el encierro y deprimirnos, también tenemos muchos motivos para estar agradecidos con Dios y felices, con el corazón lleno. El sol sigue saliendo en las mañanas, regalándonos una lindísima mezcla de tonos rosas y azules que se reflejan en la bahía, aquella que tenemos el privilegio de ver apenas abrimos los ojos en la mañana. Nosotros seguimos trabajando, remoto, igual que lo hacíamos antes, incluso más y mejor. Ahora comemos más sano porque comemos comida casera siempre. Yo estoy lo más flaca que he estado en los últimos 25 años. Retomé la lectura hace un par de meses aunque ahora de nuevo la tengo algo abandonada. He retomado la TV (hay veces que pasamos meses sin prenderla). Y lo más fortuito ha sido ver a nuestra pequeñita crecer, transformarse de una bebé a una niñita hermosa y divertida, que nos regala sonrisas, aplausos y amapuches todos los minutos del día. 

Todo esto pasará, quizá en un año, o dos, o a lo mejor en unos meses si tenemos suerte. Pero para entonces será un capítulo que pasará a la historia. Una historia de la cual todos formamos parte. Hace poco vi una serie que se llama "Anne with an E", de una niñita huérfana que es adoptada a los 8 años y el mundo le da un giro de 180 grados hacia el bien. En su nueva vida, la niñita todas las mañanas se levantaba muy ilusionada y emocionada de un nuevo día lleno de posibilidad. Que lindo, ¿no? Y es que es verdad, cada día está lleno de posibilidad y nosotros decidimos de qué humor estaremos, qué haremos para aprovecharlo, cómo disfrutar el día, etc. Esta mañana mi hija se despertó más temprano de lo usual, y mi esposo salió a trotar al ratico. Yo decidí ponerme mi máscara, montarla en su cochecito y bajar a ver el amanecer y meditar. Estando abajo me llené de "posibilidad" y ahora estoy aquí escribiendo en mi blog, cosa que no hacía desde el inicio de la cuarentena. Hoy he decretado que será un grandísimo día. 

Amén. 

Wednesday, March 25, 2020

Corona Caos





¿Cuánto puede cambiar el mundo en 1 mes? ¿En una semana? ¿En un día? Pues, con toda certeza puedo contestar que mucho. La vida cómo la conocíamos hace un mes ha dado un vuelco de 180 grados para casi todo el planeta. Me resulta increíble leer la última entrada que escribí, hace exactamente un mes, y darme cuenta que en el momento en que la escribí no me pareció ni relevante mencionar que estábamos en medio de una crisis mundial de salud.

 Hace un mes el problema que ahora enfrentamos en el mundo, sólo lo enfrentaban un par de países, y aunque todos los pronósticos apuntaban a la realidad actual, en el fondo nadie pensó que “ésto” realmente fuera a pasar. Se puede decir que hemos vivido en carne propia la “Crónica de una pandemia anunciada”.

En menos de un mes, en Estados Unidos, pasamos de 1,200 infectados, a 57,000 mientras escribo este ensayo. Quizá para el momento en que lo termine, ya serán 65,000 pues pareciera que cada minuto el total de contagiados aumenta significativamente. El mundo se ha paralizado. La economía está estancada. Un tercio de la población está sin trabajo, y más de la mitad del país está encerrada en sus casas bajo órdenes del gobierno. Suena a película de ciencia ficción, lo sé. Es una crisis apocalíptica y lo más fuerte de la crisis es que no se sabe realmente cuánto tiempo va a durar. Esto nos da la sensación de estar entrando en un túnel negro sin poder ver la luz al final y eso en sí sólo, deprime a muchos.

Lo único que sabemos con certeza es que estamos lejos de estar en el punto más crítico del problema. Que la magnitud del problema es más grande de lo que podemos asimilar. Que hoy nos sentimos saludables, pero existe la posibilidad de que el virus ya nos esté invadiendo el organismo, lentamente esparciéndose, solo para darnos cuenta en cualquier momento cuando la fiebre ataque que tenemos dos semanas contagiando a todo el que se ha cruzado en nuestro camino. ¿Cómo me siento? Pues me siento como una bomba, con un timer oculto, sin saber cuándo va a detonar.

Hace un par de semanas vimos los horrores que estaba viviendo Italia, y aunque en Italia nos advirtieron de que eso nos pasaría aquí si no nos tomamos las precausiones de encierro -en serio-; lo cierto es que ya hemos alcanzado el nivel de Italia y probablemente mañana o pasado mañana lo hayamos superado pues ya en Nueva York el índice de contagiados per cápita es mayor al de Italia y el gobernador cada vez que puede asegura que así vamos a estar los demás estados en menos de dos semanas. Para nosotros que trabajamos en casa desde hace muchísimo tiempo no ha cambiado demasiado nuestra dinámica diaria. Pero resulta difícil concentrarnos en las labores diarias más cotidianas cuando el aire que se respira es denso y lleno de angustia, paranoia e incertidumbre. El Whatsapp retumba al son de una cadena de videos inagotable; algunos te hacen reír, otros te hacen llorar, algunos te trauman, otros te dan esperanza, pero todo, absolutamente todo tiene que ver con la crisis mundial de salud que enfrentamos.

 El líder de la potencia mundial dice que no podemos dejar que la cura sea peor que la enfermedad, y en cierto sentido, puede tener algo de razón. Pero, ¿de qué nos sirve disfrutar la vida hoy si al hacerlo puede que mañana no tengamos salud para disfrutarla? Creo que dentro de todo lo malo, hay que buscar lo bueno, y en este caso lo que pareciera más obvio es que la tierra está sanando. Los niveles de contaminación atmosférica han mermado drásticamente, el océano se ve más claro, la fauna está retomando sus espacios y la naturaleza está floreciendo. Todo lo que está ocurriendo nos hace apreciar y agradecer que tenemos lo más importante: salud. Nos ha hecho replantearnos las prioridades de vida. ¿Qué es lo que realmente importa? En estos momentos donde sólo nos tenemos los unos a los otros bajo un mismo techo, ¿en qué vas a dedicar tu tiempo?

Uno de los ejercicios de esta semana, del workshop creativo que estoy haciendo (The Artist’s Way), pide que hagamos un “reading deprivation”. Eso es que por una semana no leamos nada. Cero literatura, cero noticias, cero newsletters, básicamente aislarnos de cualquier texto. Leer literatura es algo que en estos momentos no puedo hacer, de hecho tampoco, pude por un par de semanas, tan siquiera leer el capítulo semanal del libro del workshop creativo pues me resultaba imposible concentrarme. Estaba obsesionada con los números de infectados, de muertos, de países con contagios nuevos, refrescaba las noticias, leía cuánta crónica se me atravesara en el camino hasta que me detuve un segundo y me di cuenta de que tenía la vibración por el piso. En ese momento mi prioridad cambió a aumentar la vibración y empecé a hacer las cosas que me dan alegría: tomar sol, ver el mar, sentir la brisa fresca en mi cara, darle mucho amor a mi bebé, escribir, hacer mis ejercicios de gratitud y afirmaciones de un mundo mejor. Son cosas que lejos de poner en riesgo mi salud y la de mis seres queridos, me dan las fuerzas necesarias para enfrentar los días con ánimo, buena actitud, energía.

No es fácil. Nadie dijo que lo sería. Aún cuando hago el intento de no leer noticias, a veces no lo puedo evitar y paso horas leyendo. Aún cuando me propongo bajar mi “screentime” del celular al mínimo, a veces no sólo no lo logro bajar, sino que el consumo aumenta considerablemente. Pero recordando lo positivo, dentro de lo malo, enfoncándome en mi bebé, en mi trabajo, y en las pequeñas cosas que puedo hacer para sentirme mejor en mi día a día, sobreviviré. Y espero que tú también consigas la forma de hacerlo.

Tuesday, February 25, 2020

¿Un nuevo comienzo?



Encuentro curioso que al escribir el título de este post decidiera ponerle signos de interrogación. Me da la impresión de que mi subconsciente duda de que ésto realmente sea un nuevo comienzo. Les cuento. Hace una semana comencé un workshop creativo que se llama "The Artist's Way". Promete desbloquear mi creatividad, mi arte: mi escritura, y la verdad es que estoy infinitamente emocionada por el prospecto de lograrlo.

Se me ocurre que quizá sea un buen ejercicio durante este proceso escribir a diario un poco en este espacio para ir viendo mi "evolución". No sé si publicaré las entradas o si las guardaré en modo borrador. Quizá algunas las publique y otras no. Quizá no todos los días escriba. Lo importante es recordar que esto lo estoy haciendo por mí. Por tener la oportunidad de re-conectar conmigo misma y de encontrar mi arte.  Lo leo y me río. Se lee (por no decir que suena a) a lugar común, cliché. Lo es. Pero no deja de ser verdadero.

Por cierto, ésta es la segunda vez que intento hacer este workshop. La primera vez fue el año pasado, en mayo, estando embarazada de Olivia y en esos días que retomé el blog. No pasé de la primera semana... Quizá eso explica los signos de interrogación en el título. ¿Cuántos nuevos comienzos he hecho en este blog? Es muy cómico porque el año pasado estaba llena de una motivación absoluta y ahora en retrospectica siento que estuve como "poseída". En esos días, escribiendo en Instagram y en mi blog, me comprometí a un proyecto sumamente ambicioso de 125 días de posteos diarios. No pasé del cuarto día y eso quedó ahí como un recordatorio del fracasado intento de destapar mi creatividad. En todo caso, ayer comencé la segunda semana de este segundo intento, así que vamos bien, ¡jaja!

En el fondo está Olivia, echada en su Baby Gym. La tengo acostadita de espalda y está jugando con los objetos que cuelgan del móvil del gym. Los mismos hacen distintos soniditos y la estimulan de distintas formas. Desde hace tres semanas para acá ha avanzado mucho: ya sostiene su cuello y agarra las cosas con más precisión. Hay muchas cosas que aún no hace (como voltearse) pero no quiero que se sienta presionada ni frustrada. Ella va a su ritmo y yo mas bien estoy aprendiendo a dejar que fluya y que sea feliz sin intervenir mucho. No quería escribir de ella, aunque el amor que siento por ella es tan grande que no me cabe y se desborda con cualquier cosa que haga o piense, pero Olivia ya es una parte tan grande de mi vida, que me asusta la idea de perderme por completo. Perder mi esencia, mi yo verdadero, mi yo que no es madre, ni esposa, ni hija, ni hermana. Simplemente mi yo interior, la persona que soy cuando nadie está viendo y cuando no está ocupada pensando en las personas que ama.

También, en el fondo, suena Yordano "Robando Azules", una canción muy linda que me llena de buenas energías, así como el sol que me cae de frente, me cega un poco y me hace arrugar los ojos más de lo que debería a mis 33 años. Puedo contemplar detrás del monitor en el que escribo, el mar, las palmeras, y el día muy bello y me pregunto ¿qué hice para merecer todo esto? No lo sé. Sé que estoy siendo víctima del síndrome del impostor. Y me recuerdo que lo único que tengo que sentir es gratitud y felicidad porque la vida es una y ahora mismo nos está tratando muy bien. ¿Puede ser mejor? Absolutamente. Siempre. Y agradezco también que así sea.






Tuesday, May 7, 2019

e x t r a o r d i n a r i o


Mi vida es ordinaria. No soy una persona aventurera, que viaja mucho, que hace deportes extremos, ni siquiera soy una persona con una vida social medianamente activa. Como buena Cáncer, amo estar en mi casa y la verdad es que salgo muy poco del edificio donde vivo. Mis días son cotidianos, me despierto, trabajo, interactúo con mi esposo, me escribo con mis amigas por Whatsapp, cocino, recojo, comparto con mi esposo y mi mami. Balconeamos. Me acuesto a dormir. Generalmente así transcurren los días pero entre una cosa y otra, tengo tiempo de introspección y me doy cuenta que soy una persona plenamente feliz y que no necesito mucho para ser feliz. Lo que me hace feliz es dar y recibir amor, y apreciar las pequeñas cosas de mis días que muchas veces involucran el contacto con la naturaleza. Y no es que me vaya de camping, o vaya a un parque diferente cada otro día. No. Pero sólo con ver el mar todos los días. Ver el sol asomarse en las mañanas y esconderse en las noche, apreciando así todos los matices y contrastes de azules que van degradándose en el cielo con el crepúsculo. Ver el agua mezclarse con el cielo en una acuarela color lila que poco a poco se va transformando en azul rey, luego azul marino hasta que se cubre de un manto negro, y entonces lo hermoso es ver el reflejo de la luna y las estrellas en la bahía. Parece cualquier cosa. Ocurre todos los días. Pero todos los días me quita el aliento y me hace sentir más y más feliz. El nuevo objeto de felicidad de estas últimas dos semanas es que los botones de una orquídea que me obsequiaron hace cinco meses están floreciendo a diario. La semana pasada florecieron 3 y esta semana vamos por el mismo camino. Me llena de emoción ver la evolución de cómo se abren las flores en mis narices. Es increíblemente mágico. ¿Mundano? A lo mejor. Ocurre todo el tiempo, en todos lados, pero en mi casa es primera vez y bajo mi cuidado también. Y me encanta, me hace feliz. Para muchos, mi vida es completamente ordinaria. Pero para mí, es extraordinariamente hermosa y no cambiaría nada. 

La Gran Magia

En estos días me encuentro leyendo el libro "Big Magic" de Elizabeth Gilbert. Apenas voy por la mitad pero ya lo amo. El libro trata sobre la magia que es la creatividad y la inspiración. Leerlo me traslada al 2007 y el 2010, años en los que tuve súper inspirada y en los que escribir era algo que me emocionaba muchísimo.

Cuando trato de entender por qué dejé de escribir (al menos con la frecuencia y pasión con la que escribía antes) me es difícil entender exactamente qué fue. Quizá el haberlo estudiado en la maestría, formalizó el arte a un nivel que dejó de ser divertido. Quizá la presión de que no estaba escribiendo nada digno de publicación. Mucha autocrítica y pensamientos limitantes que me llevaron a dedicarme al 100% en mi trabajo del día a día y a escudarme en él para usarlo como excusa de "no tener tiempo" para escribir. Bullshit. Simplemente perdí la conexión con la magia. Suena muy cursi, lo sé, pero es la verdad. Dejé de intentarlo. Dejé de sentarme a escribir y la magia se fue en busca de otra servidora que fuese más compasiva con ella.

Este mes de mayo ha sido como un comienzo de año para mí. Entre el horóscopo de Susan Miller, el hecho que ya estoy bien adentro en el segundo trimestre de embarazo (hello energy! I love you!) y este libro que me encanta, me siento super motivada y por ende me he propuesto una cantidad de metas que hasta ahora he cumplido casi todas. Lo cómico es que como me siento tan motivada, todos los días voy agregando más cosas al "To Do" diario para alimentar el alma. Así va la lista: Escribir las páginas mañaneras. Ver el amanecer. Meditar con mi dreamboard. Hacer los ejercicios de abundancia. Leer 1 hora. Selfcare (baño de reina, retocar manos y pies, bañarme en cremas, cepillarme el pelo hasta que esté liso y brillante, floss). Trabajar 5-8 horas. Comer casero. Hacer ejercicio. (esta última no la he cumplido ni un solo día. Eso sí que me da CERO ganas). Ahora son casi las 10am y estoy un poco cansada pero más son las ganas que tengo de seguir escribiendo aquí que las ganas de acostarme a dormir y eso, en sí solo, ya es un gran triunfo.

Sunday, December 2, 2018

New England on My Mind

En Nueva Inglaterra pasé varios veranos cuando era pequeña. La pasaba con mi papá, su esposa, mi hermano y mi hermanastro en un pequeño pueblo en las afueras de Boston. Estando allí jamás te podrías imaginar que había una ciudad con rascacielos y muchos estudiantes a media hora de allí. La verdad, muy escasas veces íbamos a la ciudad. Creo que realmente el plan del verano era escapar del caos de Caracas. 

Cuando pienso en esos tiempos en los que tendría cinco, quizá seis años, recuerdo con cierta melancolía la luz de aquel lugar. La tenue luz que se colaba entre la infinidad de pinos en cualquier momento del año. Una luz que por micro-segundos podía encandilar, tan rápido que no hacía falta esquivarla. Destellos de luz que de a momentos te recordaban del mundo exterior. 

Recuerdo, también, las horas que pasábamos escogiendo moras en la vía principal: el agrio sabor de la fruta y la discrepante mancha fucsia que dejaba en mis manos resbalosas en contraste con su color negro en el exterior.  Recuerdo el pegoste que recubría mi piel mientras nos paseábamos por el costado de la avenida a 30 grados Centígrados.

La agradable brisa caliente que sentía en mi rostro cada vez que me paseaba en bici por la vía principal es otro de los recuerdos que guardo. El bosque que estaba entre la Ruta 30 y la casa de mi papá a veces re-aparece en mis sueños. Pocos espacios me han parecido tan aterradores y encantadores al mismo tiempo. Entre los pinos me perdía hasta llegar a un lago que tenía a un costado un carro abandonado y una mesa de picnic.  Allí me sentaba a escribir. Cuando me viene este recuerdo también me invade una curiosidad por saber qué escribía en ese momento. ¿La historia detrás del carro abandonado quizá?  Lo que no daría por pasearme entre esas páginas de nuevo...

No era otoño, no podía serlo pues siempre pasaba los veranos allí. Sin embargo recuerdo perfectamente el crujir de las hojas al pasar. El suelo del bosque estaba completamente cubierto de ellas. Nunca entendí realmente de dónde venían porque el bosque estaba invadido de pinos. Altos, muy altos y muy cercanos unos de otros. Tan altos que a mi corta edad de cinco años nunca podía apreciar el tope. Las hojas, anaranjadas, oxidadas y secas, siempre estaban allí, muy presentes debajo de mis pies. 

El tiempo se detenía en aquel lugar donde pasábamos la mayor parte del tiempo en contacto con la naturaleza. Cuando no estábamos afuera, estábamos en la casa muy probablemente en cocina, comiendo alguna de las tres comidas o ayudando a poner /recoger la mesa. La recuerdo cubierta por completo de un papel tapiz blanco con flores azules y rosadas. A veces estábamos en el cuarto de mis hermanos, que sin falta tenían prendida la tele con el VHS de QUEEN. La tele mostraba videos y escenas que a mis cinco años me perturbaban bastante, debo admitirlo, sin embargo siempre me quedaba allí con ellos, hipnotizada viendo a Freddy Mercury vestido de mujer cantando I want to Break Free

Friday, November 30, 2018

La carrera contra el tiempo


Yo tengo una teoría. A los veinticinco años y un día, el tiempo empieza a transcurrir más rápido. Llámese sudor, trabajo, redes sociales, ganarse un sueldo, escalar posiciones en el mundo corporativo, lavar la ropa, limpiar el baño, cocinar, pagar las cuentas, llegar a esa reunión, responder los Whatsapps de las amigas, de los clientes, de la familia. Todo empieza a abrumar y cada vez ese concepto que conocíamos como "Tiempo libre" se va haciendo más y más foráneo. Más y más extinto.Y es que, si lo piensan de verdad, el tiempo libre dejó de existir desde el día en que nos abrimos una cuenta de Instagram y nos compramos el primer smartphone. 

Hace un año tuve mi momento "ahá" y empecé a hacer cambios en mi vida. A meditar. (O por lo menos intentarlo), a bajar el ritmo de intensidad de las cosas, a despertarme más temprano,  a contemplar el amanecer (cuando no me gana el sueño, o la flojera).  Estar más consciente del presente, sin importar si estaba mandando emails, diseñando posts, escribiendo copy, lavando ropa, cocinando, durmiendo siesta, o en el whatsapp con mis amigas. Se supone que el sólo estar consciente del momento que estás viviendo, hace que poco a poco ese sentir de que la semana voló sin darte cuenta, vaya cambiando, vaya disminuyendo. De ahí creo yo viene todo el boom que hay del "mindfulness". Si estamos conscientes del momento, y nos preocupamos por saborearlo, disfrutarlo y estar presentes, nuestra vida va cobrando un significado más grande para nosotros mismos. 

Se supone que es verdad. Pero más veces de las que me gustaría admitirlo, mi saco de ropa sucia se empieza a desbordar y cuando saco la ropa de la cesta, la divido y cuento la ropa interior, me doy cuenta que pasaron ya quince días o descisiete días desde la última vez que lavé ropa. Y siempre, siempre siento que fue hace menos de una semana. Y me siento estafada. No sé por quién o por qué, pero es así, me siento estafada.  

Aún cuando el tiempo libre, sigue sin existir. Me doy cuenta de que realmente lo que nos queda es decidir. Decidir en qué invertimos nuestras horas. Decidir cuántas veces vamos a agarrar el teléfono y dejarnos ser "hackeados" por las redes sociales. Decidir, por ejemplo, qué balance de trabajo-vida queremos. Cuánto tiempo vamos a invertir en Netflix. O en crecimiento profesional. Viendo Instagram Stories. En hacer ejercicio. En desahogar la mente. Cuántas horas de nuestros días vamos a gastar durmiendo la siesta. Descansando. Snoozing. Escuchando música. ¿Y realmente qué es lo correcto? ¿Cual es la distribución idónea? ¿Por qué a veces siento que tengo que agendar todo de nuestro día? Incluso el tiempo de desconexión. Me lo pregunto todo el tiempo. 

Al final, decidí hacer un pacto conmigo misma. Tratar de que al final de cada día, cuando ya estoy acostada en mi cama, apunto de despegar en un sueño profundo, me invada un sentimiento de satisfacción personal. Sentirme contenta con cómo invertí mi tiempo ese día. Porque solo en esos días siento que no siempre vamos a perder la carrera contra el tiempo.

Thursday, November 29, 2018

Efecto Fotografía Digital

Estoy haciendo el intento de hacer algo que no he hecho desde hace más de diez años. Escribir a mano. Lo hago por varias razones: la primera es que he pasado unos días muy entretenidos leyendo diarios y cuadernitos viejos que tenía por ahí engabetados. Lo hago también porque en este intento de escribir más y conocerme mejor,  leí por ahí que el alma se plasma en papel, que escribir a mano está mucho más conectado con el latir del corazón, que las ideas fluyen mejor y más genuinamente de la mente a la hoja, y que el darle forma a las letras con la mano, entrenar la muñeca a seguir el mismo ritmo de tus pensamientos, todo eso contribuye a más autenticidad. 

Leí que es importante sentir la conexión y la textura del bolígrafo y del papel. Argumenta la escritora que al teclear, cuando los dedos presionan las teclas, el resultado visual son letras de bloque negras: y por ende un aspecto diferente de uno puede salir a la luz.  Ella escribe a mano cuando está escribiendo algo personal o emocional, pero dice que cuando cuenta historias de ficción, lo hace directo en una máquina de escribir. Dice que nuestro mundo interior crea nuestro mundo exterior de la misma forma que el mundo exterior y sus herramientas afectan la forma en la que formamos nuestros pensamientos. 

No estoy segura si creo mucho en ésto pues son demasiado años en los que he preferido plasmar mis ideas directo en la computadora. A mí en lo personal, el sonido rítmico del  tac tac tac de las teclas mientras las presionas en la computadora es como una gasolina que me enciende por dentro y me empuja y motiva a seguir tecleando, me mantiene activa, no siento que tengo que darle forma a mis pensamientos, es algo mucho más rápido y espontáneo, por eso digo que me cuestiono todo el tema de que escribiendo a mano somos más genuinos o auténticos. 

Hablando de ésto con Martín, me dice que quizá es como el efecto de las fotografías digitales. Algo que hablamos mucho. Las fotos han perdido su valor sentimental porque se han vuelto mundanas y demasiado accesibles. Me enerva de mí misma la mala costumbre que tengo de disparar 30 fotos de  exactamente lo mismo. No lo entiendo. ¿Por qué? Por qué no mejor tomarse el tiempo para cuadrar bien los elementos necesarios para que esa primera foto sea suficientemente buena para nuestros estándares. Él dice que quizá cuando escribimos en la computadora, no tenemos filtros, no procesamos los pensamientos, plasmamos todo de forma muy rápida y la calidad de la escritura no es la misma. Mientras que si escribimos a mano, te piensas mejor las oraciones, haces un esfuerzo por construir en tu mente lo que quieres plasmar en papel. Yo estoy de acuerdo con él. Pero es casi lo opuesto a lo que argumenta la escritora. 

¿Qué piensan ustedes? Esto de escribir a mano me está costando porque no tengo el pulso ni la muñeca entrenada. Mi caligrafía carece de personalidad pues cambia cada cuatro lineas. Si me preocupo por escribir bonito, pienso que ya estoy perdiendo el propósito que me impulsó a escribir a mano para empezar. Cuando escribo en mi cuaderno, no escribo para los demás, escribo para mí. Pero me da gusto leer y entender mis letras. ¿Suena muy loco eso?  Supongo que como todo, es costumbre, y poco a poco le iré agarrando el ritmo a mis pensamientos, al mismo tiempo que también espero construir oraciones "mejor pensadas". 

Por cierto, esto lo he escrito directo en la computadora. 

Wednesday, November 28, 2018

(Crónicas viajeras) Madrid


Hace un mes cambiamos los trajes de baño por abrigos, el carro por un ticket de metro, la vista al mar por una plaza citadina y nos fuimos, nos fuimos lejos de aquí, ¡nos fuimos a Madrid! Hace diecisiete años que no iba, así que fue casi como volverla a vivir por primera vez. 

Tuvimos la suerte de poder quedarnos dos semanas. Tiempo suficiente para realmente sentir la ciudad y disfrutarla, casi como si viviéramos ahí en lugar de estar solo visitando. Supongo que el hecho de que los dos estábamos trabajando, remoto, contribuía a ese sentir de que no estábamos turisteando. Nos quedamos con mi amada tía Loli, que nos enseñó la ciudad, nos consintió y nos acompañó a comer divino y disfrutar un poco de la grandísima oferta cultural que hay en Madrid. 

Paseamos y disfrutamos enormemente del friito que hacía. Un clima frío y seco. No tan frío como se vive en e noreste de EEUU. Pero frío suficiente como para que los españoles sintiesen la necesidad de poner la calefacción a mil en todos los lugares donde entrábamos. Puedo decir que en todo el viaje no pasé frío, pero irónicamente, sí pasé calor, mucho calor. 

¡Qué ciudad tan llena de vida! Recuerdo que fuimos de bar en bar un lunes hasta las 5AM y habían muchísimas opciones para bailar y pasarla genial. Salsa. Rock. Reggaetón. Lo que quisiéramos, había. En general, pocas veces nos acostábamos antes de las 4 am: no sé si atribuírselo al vino, al jetlag o al hecho de que había mil lugares donde comer, salir, bailar y pasarla genial hasta tarde, sin importar qué día era. Un miércoles fuimos al teatro en La Gran Vía y vimos una obra divertídisima que se llama "La Madre que te parió".  Un par de días después, volvimos a La Gran Vía a ver al mago Pop "Nada es Imposible";  el martes siguiente vimos Bohemian Rhapsody en el cine porque no no podíamos aguantarnos hasta regresar a Miami para verla. Qué falta que nos hacía vivir y sentir un poco la cultura, que en Miami nunca estamos pendientes de aprovechar las oportunidades de teatro y arte que a veces nos brinda la ciudad. 

Paseamos por Salamanca, por el centro, por Malasaña. Por esas estrechas callecitas empinadas con locales curiosos en cada esquina. En uno de ellos entramos, y nos sentaron en un área donde las mesas eran bajas, casi pegadas al piso, que por cierto, estaba completamente cubierto de arena. El vaso de vino de la casa estaba a 1.50 Euros así que ahí nos quedamos un buen rato disfrutando de unas copas de vino y unas suculentas patatas bravas. Afuera, y en la esquina contraria, había un local que tenía monos decorativos en sus vitrinas. 

Quizá lo que más disfrutamos, y lo que más hicimos en todo el viaje, fue pasear por El Retiro. Me recordó mucho a Central Park y mis veranos paseando y escribiendo en el parque casi a diario. Estando en el parque, el encanto del otoño nos rodeaba y nos envolvía en un degradé de anaranjados y verdes hermosos. Sentir el crujir de las hojas al caminar. El friito que refresca, pero no espanta. Vestirnos con suéteres, bufandas y botas. Remar en el barquito por el lago frente al monumento de Alfonzo XII. Creo que hacía más de cinco años que no presenciaba un otoño. Y probablemente hace más de diez que no veía uno tan hermoso.

Otra de las cosas que más me gustó de Madrid fue sentir en ella al viejo continente, y todo lo que eso supone: su historia, su arquitectura originaria del siglo IX, sus obras de arte, su palacio real, templos, etc y a la vez sentir en ella una ciudad llena de vida: de juventud, de tecnología. Una ciudad joven en espíritu (aunque sí, sí es verdad que en el día a día se ven y se sienten más los viejitos en la calle, que gente joven, pero también creo que es porque los jóvenes están trabajando y los viejitos están jubilados de paseo).  Y en general, por fin entendimos aquello que tanto hemos escuchado, de que los españoles sí que disfrutan la vida, sí que tienen calidad de vida, aunque ganen poco. Porque sí es verdad que allá, con poco se vive más.

Crecer en los 90



Yo crecí en los 90. Cuando era cool tener un walkman. Cuando el mejor regalo que te podían dar era un mixed tape (o 'quemadito') hecho especialmente para ti.

Crecí en aquellos tiempos de antaño en el que los trabajos del cole se guardaban en diskette. Tiempos en los que Greenday, Alanis Morrisette y los Backstreet Boys se peleaban por un espacio en la radio.

Cuando de lo mejor que había en TV era Full House, Baywatch o Beverly Hills 90210. Tiempos en el que visitábamos la biblioteca del colegio para poder consultar enciclopedias serias y así hacer los trabajos. Jugábamos a yaquis, rayuela y perinola en los recreos. Cantábamos a todo pulmón tu terrón de sal un rayo de sol que a donde digas que tu quieras que yo vaya voy. Usábamos chokers negros de plástico y tacones transparentes con escarcha.

Crecí cuando la tienda Limited Too estaba en furor. Cuando El Tolón no era un centro comercial sino un parque de diversiones.

Crecí en aquellos tiempos en los que una visita a Recordland y a “Confetti” era el mejor consentimiento que te podían dar. Cuando las fiesticas de cumpleaños todavía eran animadas por 'rocolas' alquiladas o eran piyamadas en las que comíamos Dominos Pizza, veíamos películas de terror absoluto y dormíamos todas en nuestros sleeping bags como sardinas en lata.

Las conquistas se hacían por teléfono. Nos guindábamos HORAS acaparando la línea Cantv de la casa. Los centros comerciales eran el punto de encuentro. Ir al cine era lo más común.

Luego con la llegada del nuevo milenio avanzó la adolescencia y también la tecnología. Buscar información e investigar usando la enciclopedia hispánica fue sustituido por encontrar trabajos ya hechos en Monografías.com o El Rincón del Vago (que horror).

El tiempo de ocio era invertido o jugando víbora en los Nokia, en ICQ/MSN messenger, o en Napster/Limewire bajando música. Ya las conquistas no eran por teléfono, si no por mensajito de texto o chat y en las fiestas las rocolas fueron sustituidas por minitecas, luego “discplays” (nunca supe cuál era la diferencia entre estos dos).

Las reuniones eran el punto de encuentro de todos los fines de semana.  El walkman evolucionó al discman, luego al ipod. Cada vez el avance era más acelerado y el cambio más absoluto. Hay muchas cosas que extraño de crecer en los 90. Sobre todo que como la tecnología no era tan invasiva en nuestro día a día, los días no volaban y estábamos mucho más presentes en el día.

Labels

Acing the GRE (2) adicción (1) amigas especiales (1) amistad (1) amor (6) anitadas (7) aprendizajes (10) AWARDS (3) Bandas (1) BLOG DAY (1) Boston (1) BP nominee 2010 (10) Broadway Musicals (1) cabrones (1) canciones (1) canta conmigo (1) Carrie quotes (1) cartas de desamor (2) checklist (1) Cine (20) Cine nacional (1) Conciertos (1) Confessions (1) Contigo pero sin tí (1) cortázar (1) Crónica (14) cronicas viajeras (3) cruceros (1) Cuento (27) cultura (1) cumpleaños (1) curiosidades (5) cursiladas (2) desahogo (1) despecho (6) Diario de un drogadicto (36) Discursos (1) Disney (1) Distancia (1) druken (1) En Drogas (1) En español (1) Ensayo (4) ensayo corto (1) Enterteinment (1) Escrito (2) Escrito Corto (18) Existencialist mood (1) farándula (1) ficción (66) Fiction (4) Film (6) Fotografía (11) frases (1) Halloween (1) heartbroken (1) hidden messages (1) Hollywood (6) idiotas (1) imágenes (1) In English (12) In Memoriam (4) Información (2) initials (1) Invierno (1) John Mayer (1) Lecturas (libros) (7) lenguaje gíglico (1) Let's sing it (2) letras (4) letters (1) literatura (1) lyrics (4) melancolia (1) montejo (1) Movies (3) Music Profiles (7) Musica (5) Música (9) NaNoWriMo (1) natalia (3) No - Ficción (85) no ficción (6) Noticias Nacionales (1) NYC (1) Oldies (1) olvido (3) Opinión (1) People (1) perfil (3) photography (2) pictures (1) playlists (1) Poema (3) poemas (3) Premio (3) qué más puedo decir? (1) Quotes (7) random (1) realidad (1) RECONOCIMIENTO (2) Recuerdos (2) recuerdos cercanos (1) Reflexión (15) Reggae (1) Reportaje (2) Reviews (3) Road to the Oscars 2010 (17) SAY (1) Shows (2) Stanford (1) sueños absurdos (1) Teatro (1) teconología (1) TOP 6 fotografías de la semana (9) trastornos mentales (1) Turismo (1) TV (1) USA (1) Venezuela (2) versos inversos (1) Viajes (2)
 
Real Time Analytics