Showing posts with label ficción. Show all posts
Showing posts with label ficción. Show all posts

Thursday, July 14, 2011

(Cuento-Ficción) De regreso a la provincia


Cinco años en Nueva York se cuentan fáciles. Pero cuando vienes como yo, de la provincia, de hectáreas y hectáreas de tierras donde se siembran infinidad de girasoles y demás flores campestres, no se viven tan fáciles. A los 18 años, yo quería un cambio. Quería salir de ese paisaje verde y cambiarlo por miles de edificios altos y modernos. Quería cambiar la grama, por el asfalto. Los atardeceres, por el metro. El silencio por la bulla y la soledad por la compañía. 

En medio de mi ingenuidad, yo sabía muy bien que Nueva York representaba un reto pues habían muchas preguntas a las que yo no tenía respuesta. Por ejemplo, ¿dónde viviría? ¿Cómo pagaría la renta? ¿Qué comería y cómo pagaría la comida? Muchas inseguridades surgieron, pero nunca, nunca imaginé que estas preguntas se responderían solas con la determinación de quedarme en aquella ciudad mágica, llena de luces, de vida, de nacionalidades distintas, de oportunidades de vida más allá de las evidentes. 

Fueron cinco años mágicos, pero fueron también cinco años duros. De mucho trabajo. De pasar hambre en algunas ocasiones. De quererlo todo y tener nada. Pero el amor por ese asfalto y esa dinámica que nunca duerme lo podía todo y me mantuvo feliz, incluso en las peores circunstancias. Pasaron cinco años en los que escasamente supe de mi familia. Y ahora, en medio de muchos problemas de todo tipo, decidí regresar, por un tiempo, por siempre, eso nunca se sabe. Pero aquí estoy. Tratando de soportar el silencio y disfrutar de lo verde y del sol. 

El re-encuentro con mi familia ha sido auténticamente complicado. Interesante. Frustrante. Y cuando menos te lo esperas, gratificante. Son almas caritativas llenas de amor y comprensión, capaces de perdonar la ausencia y el olvido temporal, como quien sufre de memoria de corto plazo pero regresó para constatar que siguen ahí, presentes. Pero obviamente el dolor y el rencor actúa de primero, y los días poco a poco fueron trabajando esa clemencia que todos tenemos por dentro. 

Aquí me re-encontré con mi mejor amiga de la infancia. A ella tampoco la veía desde hace cinco años. No sabía la falta que me hacía hasta que la vi y nos echamos en la tierra a hablar y ver el horizonte. Cuando vives en el campo esto suele ser una actividad muy cotidiana. Aquí no sé si soy feliz. Extraño el ruido y la vida de Nueva York. Pero sé que necesitaba esto. El descanso de la provincia. La paz, la tranquilidad. Poder relajarme y compartir con mis seres queridos. Necesitaba regresar, así sea por un tiempo, a estas tierras. Aquí nunca sabré si soy mejor o peor que allá, pero la vida se encargará de llevarme por el mejor camino. 

(Cuento-Ficción) Siete días


En siete días lo sabría todo. Sabría si su sueño sería finalmente posible, después de múltiples esfuerzos, de constante dedicación al arte, de una disciplina muy valiosa y de entender finalmente que absolutamente nada se da por si sólo, que su empeño en lograr las cosas determinaría su posibilidad de lograr su sueño. Pero la certeza de que no todo depende de ella, precisamente es lo que la tiene mortificada. 

Los nervios la carcomen. Enterrada en fotos, collages, y demás representaciones gráficas de su arte, se refugiaría a esperar esos siete días. Esa semana mengua durante la cual sencillamente se resigna a escuchar las anécdotas de sus amigas. Si pudieron, si no pudieron, en qué fallaron, en qué lo lograron. Cualquier cosa la mortifica, y a estas alturas, lo que se hizo, se hizo, y lo que no se hizo, no se hizo. 

Busca la religión. Entre estampillas, estatuillas, rosarios y velas con ángeles, le dedica oraciones a la Virgen bendita, a Dios, a San Nicolás, a San Antonio, a San Expedito, a todos los que puedan velar por ella. Velas se consumen en rezos y pedidos de ayuda y amor. De agradecimiento por las cosas buenas. De perdón por las cosas malas. 

Por ahí también hizo un collage especial, como el que vio en El Secreto. Llenaría un anime de imágenes de sus sueños. Su carrera, sus estudios, su profesión. Dedicarse a su pasión. Ser completamente feliz. Todos los días observa las imagenes en las cuáles cree fervientemente que van a materializarse. Son dos años. Dos años de estudio, dos años para aprender el arte. Para practicarlo. Para perfeccionarlo. 

Y luego volvería a su tierrra a ejercerlo. Viajaría por el mundo para dibujarlo en imágenes. Daría mil vueltas para lograrlo y sin duda sería exitosa en su labor. Y a veces, en los momentos de debilidad se pregunta ¿y qué pasa si no? Pero de inmediato borra cualquier duda, cualquier inseguridad, cualquier vestigio de Plan B. Porque pensar en eso sería darse por vencida. Son siete días, pensó. Sólo siete días. 

Wednesday, July 13, 2011

(Cuento-Ficción) Dos, sin corazón, es uno


Él. Hombre de 64 años, retirado, entregado al olvido, ausente en su presencia y aún sigue ahí. Pensando en la nada, en el abismo, en comprender cómo es que su vida se vino a menos, cómo es que su esposa aún no lo puede ver a los ojos después de tantos años de compañía y de intentos frustrados de complacerla en todo momento. Ya son cinco días en esa isla, un invento genuino para hacerla feliz, para que se relajara, para que viera el mar. Y ahora que están ahí, no existe nada más que el sórdido silencio entre los dos. La certeza de una vida entregada al olvido, una vida que tal vez no valió la pena vivir. 

Ella. Tan tranquila y tan sumisa como siempre. Treinta y cinco años al lado de su marido. Una vida entera tratando de conseguir lo que nunca tuvo, la felicidad de estar al lado del hombre que ama. Una vida entera concentrándose en imperfecciones y en las pocas cosas que podían opacar la posibilidad de ser feliz. Sin ánimos de disfrutar del cielo azul, de enterrar sus dedos del pie en la arena, ve la vida como un intenso mientras tanto que cada día se le hace más largo y más tedioso. Una espera interminable para conseguir sabrá Dios qué.

La resignación viene en dosis grandes cuando ya no se halla qué hacer. Cuando el poco amor que existió en un momento se coló entre los años y los engaños de pretender ser quien nunca se fue. El salitre se seca en su piel, el mar sigue el mismo movimiento estático de su alma, de sus ganas, de su falta de pasión por vivir. 

Treinta y cinco años de incomprensión y de compromiso. De querer ser lo mejor para ella. De aguantar su falta de vida y su falta de amor, todo por quererla a su lado. Ella, por su parte, se mantiene fiel. No conoce una vida sin él. No se imagina una vida sin el hombre que siempre hace lo posible por ayudarla. 

Los días pasan, y se van acumulando, formando años de infelicidad. La desidia, la conformidad, la ignorancia de un mundo mejor. Tras intentos frustrados ya no se intenta más. Se respira. Se comparte. Se habla. Y se vive inmersos en la misma rutina de siempre, porque Dios sabe que cualquier intento por salir de ella resulta en un sórdido silencio, en una distancia primitiva, en un sueño colado entre brisas y esfuerzos oxidados por la salitre; donde el amor, recíproco, sencillamente nunca existió. 


Tuesday, July 5, 2011

(Cuento-Ficción) Esperando a Elena

Son las 4:15. Espero, impacientemente, a que Elena me pase buscando. Ella nunca es puntual, yo eso lo sé, pero esta vez habíamos quedado en que me pasaba buscando a las tres y media y ya ha pasado casi una hora y nada. Su impuntualidad es algo que yo difícilmente puedo tolerar. Estoy tan acostumbrada, que hoy, a las tres y cuarto fue que me metí a bañar. Pero la verdad es que yo soy rápida. Coqueta, pero rápida. A las cuatro en punto ya yo estaba bañada, vestida, maquillada, con el cabello secado, las piernas depiladas, perfumada y con cartera en mano. Se supone que hoy vamos a ir a un bazar y luego a un bautizo de un libro en la librería esta chévere de Los Chorros.

Reviso el Blackberry pero nada, no hay ninguna señal de ella. No quiero ser la comadre fastidiosa que la presiona, porque después de todo, ella es la que me está dando la cola a mí. Yo mejor espero pacientemente y me doy con un peñazco en los dientes porque tengo una amiga que me viene a buscar hasta La Florida (cuando ella vive en Prados del Este). La verdad es que mi carro está malo, lleva como tres semanas en el taller y yo no me acostumbro a andar en taxi en esta ciudad. Primero porque es un peligro. Segundo porque es una pérdida de glamour total.

Así que realmente, llevo casi tres semanas sin salir de mi casa. Con la suerte de que tengo una tienda de exquisiteces a una cuadra y he podido subsistir haciendo el mercado ahí. De vez en cuando le pido el favor a mi hermano que me saque a hacer diligencias y he salido dos o tres veces con Elena, cuando me pasa buscando. Del resto, he estado aquí, aburridísima pero aquí. Y te digo, no ha sido del todo mal. He descubierto muchas cosas. Antes, cuando me metía en internet, sólo veía Facebook y mi correo electrónico. Ahora, me he acostumbrado a leer las noticias, las críticas de cine, a hacer un rompecabezas diario, a ver los videos más vistos en Youtube, a pasearme por la cartelera de teatro de esta ciudad y a buscar recomendaciones gastronómicas también. Como no he podido ir a mi clases de Yoga, ahora veo una instructora por Youtube y hago los ejercicios en mi sala.

Saqué un millón de cosas que tenía guardadas en un baúl de recuerdos y me he paseado por fotografías antiguas. He tomado todo el vino que tenía en la despensa. He reído. He llorado. Pero la verdad, es que no la he pasado mal. Bueno, un poco aburrida porque a veces me provoca ir al cine, y no puedo. Al teatro, y no puedo. A la galería, y no puedo. Me perdí la Feria Internacional de Arte. Me he perdido como seis partidos de Bridge en el club. Y también que la soledad a veces me afecta. Yo tengo cincuenta y cinco años y sigo soltera, cosa que no me molesta mucho, porque por lo general me mantengo lo suficientemente ocupada como para que no me moleste, como para pensar, más bien, que con alguien no podría vivir la vida tan activa que llevo. Pero la verdad es que cuando te pasan estas cosas, y estás tres semanas prácticamente sin salir de tu casa, te das cuenta de que estás sola. Y los días pasan y te sientes más sola. Hasta que Elena me llamó animándome para ir al bazar y al bautizo, mira! Ya va una hora y media de retraso y no sé de ella. Me siento plantada. Ay, pero es que me da una calentera cuando me pasa esto. Es horrible. Es como que estás lista para salir de tu casa, con expectativas de salir de tu casa, desesperada por ver gente, por hablar así sea del huevo revuelto que te preparaste en la mañana, y en vez estás sola en un sofá viendo al otro extremo de la casa, esperando y esperando. Ayy. Qué horrible es la espera en verdad. Si Elena no me hubiese llamado, de seguro la estaría pasando mejor en este momento. Tendría, probablemente, mi pijama de seda puesta, y estaría echada en mi cama leyendo algo bueno. O sentada en la compu navegando la web. Algo estaría haciendo. Algo, definitivamente, mejor que esto.

No aguanto más. Saco de nuevo el celular. La busco entre mis contactos. Le escribo compulsivamente

Elena!! Dónde estás mijita? Estás bien? Dijiste a las 3:30. Son las 5:00. Qué te pasó?
PING!!!
PING!!!!

(No lee los mensajes)

Ay, chica. ¿Será que la asaltaron? ¡Ay!,¡no! Cancelado. Pobrecita. Que raro Elena que ni tenga el celular a mano para leer los mensajitos. Que cosa más extraña. Esa loca. Seguro tiene la música a todo volumen y el celular metido en el fondo de la cartera esa que tiene. Que además, es gigantesca. Y la llena de peroles como si fuese un fin de semana a la playa y tuviese sólo ese bolso para meter sus cosas.

Eso, debe ser algo de eso. Mejor la llamo. Los mensajitos normalmente no suenan casi. El teléfono, por el contrario, cuando te llaman, suena bastante. Bueno, si es que no lo tiene en silencio o vibrar, que es casi siempre mi caso. Bueno bueno bueno, la llamo. Speed Dial. E. Llamando. Repicando… ajá, ajá. Coño. Contestadora al tercer repique. Eso sí que es raro. Hmmm, ya no me está gustando esto pero en lo más mínimo. La incomunicación en su más elevada expresión.

¿Qué hago? ¿Me doy por vecida y me vuelvo a poner mi pijamas? ¿La sigo esperando? ¿Llamo a mi hermano a ver si me quiere sacar él y hacemos el mismo plan? Ay, Dios. No sé qué hacer. La voy a volver a llamar. Eso. Mejor la vuelvo a llamar que esa seguro me atiende en una de estas.

Ringggg
Riggggg
Ringggg

Otra vez la contestadora. Que fastidio vale. Llamo a mi hermano. Esta no me va a dejar embarcada así no más. Llamo a mi hermano, me responde con una voz de apurado y fastidiado, como le hubiese interrumpido algo.

-Alo?
- Alo hermano, cómo estás?
- Que pasó Ángela, todo bien?
- Si bueno, mas o menos, tenía ganas de salir a un bazar y bautizo de libro, pero sigo sin carro, tu que estás haciendo?
- Estoy ocupado hermanita. Te llamo en la noche

Y con esas me trancó el teléfono y me quedé con la palabra en la boca. Bueno definitivamente que no saldré de mi casa. Pero para qué me voy a poner la pijama otra vez. Tan linda que me puse. Mejor prendo la TV a ver si están pasando algo bueno por DirecTV. Paso de un canal a otro cuando de repente veo que suena el teléfono, y en efecto es, Elena.

Los ojos casi se me salieron de su órbita cuando vi que era ella. Atendí rápidamente el teléfono. "Miijiiita pero qué te pasó? Me tienes al borde de un ataque nerviosooo" le digo.

"Ángela, pero tu estás medio loca?! Estaba enseñando unos apartamentos. Recuerda que lo del bazar y el bautizo es el jueves. Estamos a miércoles, querida".

(No sé si llorar o reír)

Wednesday, December 22, 2010

Meet Cute

Melinda was running late. She had told her friends she would be there at 5:30, and she left her house at 5:35, and still had to stop by the outdoor market to buy some fruits for the fondue gathering. On her drive to the market, words and feelings from last night's phone conversation with Angela kept spinning through her head. Angela, one of Melinda's closest friends, who had moved to the west coast nearly five months a go, had called to announce her engagement. She couldn't avoid think about what her friend sentenced last night: "Melinda, I swear, if you don't move to another city,  or at least make some effort to meet someone, you're never going to find  anyone right for you". Angela always wanted to set her up with her guy friends but Melinda hated this because of it's "forced" nature. Eventually, Angela got the message and stopped trying to fix her up with people. Even though Melinda wasn't as superficial as her friend, she had always wondered why there was such a scarcity of good looking men in Claremont. At 5:43, she was parking her small sports car at the market. She quickly took several paper bags and started picking green apples, peaches, bananas, pears, and mandarin.   She was almost ready to go when she remembered one of the best fruits to combine with chocolate was strawberry.  She turned around, and quickly walked towards the berries area to grab some. She aimed directly to the strawberry basket without realizing there was a striking young man in the same spot, with his hands inside the basket. Their fingers touched in the midst of all those berries and she looked up to find a pair of emerald green eyes and an adorable-dimple-smile looking back at her. A tall, ghost white, black hair beau apologized, for what seemed like no good reason, and she didn't know how to respond. Her jaw fell open in astonishment and then, in embarrassment after a few giggles, she managed to say "No, I'm sorry, I'm in such a hurry I didn't see you until....". The instant these words escaped out of her mouth she regretted saying them. They had killed any possibility of an interesting conversation taking place. "Oh, ok, I'll stay out of your way, then"... but she was fast enough to tell him "No, It's ok! I'm already late anyways". He laughed. She laughed. And then asked the inevitable "why so many strawberries?" "Oh! I have a get together with my girlfriends, we're supposed to drink wine, eat cheese and chocolate fondue and talk about our unexciting and non-existing love lives." He kept looking at her with a question mark on his face, so she explained "the strawberries are for the fondue". But apparently, the strawberries were covered, his puzzled face was for an entire different reason, "How come a beautiful woman like yourself has an 'unexciting and non-existing' love life?" Melinda blushed at the question, but felt completely flattered and excited he thought she was beautiful. She took advantage of the situation and told him "that would take hours and many cups of wine to explain". The stranger looked deeply in her eyes, smiled and asked her "how about over dinner, Friday night?" Melinda couldn't believe it. In what alternate universe was living in? How did this happen? She felt like she was part of a movie. She quickly smiled back at him and told him "sure". They exchanged numbers, smiled at each other, said their good byes. And Melinda forgot she was in a hurry. As she walked back to the car she still couldn't believe what just happened. She turned the engine on, speed dialed her friend. She couldn't wait to tell her what had happened. Almost immediately she hung up. Maybe she should keep this to herself. At least until the date takes place.

Monday, December 6, 2010

El alma siempre sale a flote


Ricardo estaba cansado. Llevaba muchos años con la misma carga a cuestas. La promesa de ayudar a quien necesitaba de él, quien moría por él, quien respiraba por y gracias a él. Asumió esta responsabilidad como había asumido muchas otras en su vida, pero ésta en específico requirió de muchas cosas. Una de ellas olvidarse por completo de la palabra "yo". En un intento de ser generoso y caritativo, de olvidarse de si mismo para ayudar a los demás, vertió en un envase todas sus ambiciones personales, pasatiempos, pasiones, amigos, conquistas, mujeres, y sueños mojados. Cerró el envase herméticamente, por una causa noble, que de seguro lo ayudaría a convertirse en mejor persona y remendar el alma por las pocas cosas malas que había hecho en su vida. Esto tendría que desaparecer las viejas cicatrices. Sacrificaría su vida por algo mucho más puro. Y todo valdría la pena.

Pero la verdad es que ya han pasado tres años, y hoy Ricardo se encuentra frustrado y completamente deprimido. Entre tanto pensar en los demás y dedicarse a cuidarla, se había perdido en un laberinto de heridas y remordimientos, de quien se entregó a algo sin ver las consecuencias que esto traería. A menudo conseguía sentir satisfacción personal por el bien que había hecho, sólo para en ocasiones ser rebotado en su cara por la misma persona, que en momentos de ira y frustración, se quejaba de su caridad por no tratarse de acción consecuencia de un amor correspondido. 

Ricardo no entendía de dónde venían sus quejas. "Pero si estoy aquí para ella cuidándola y dándole mi compañía". Y es que ella nunca quiso su caridad. Lo único que ella quería era su amor. Por otro lado, en el fondo de su alma Ricardo había adoptado este trabajo pensando en lo que él podía sacar de esa experiencia, como por ejemplo que de alguna forma lo iba a ayudar a borrar el pasado, a sentirse bueno, a remendar su alma. Naturaleza al fin de una persona egoísta que no hace nada si a la hora de las chiquitas no es para beneficiarse a si mismo

Anoche Ricardo no cerró ojo. Se encontró echado en su estrecha cama, fantaseando con todo aquello de lo que había vertido en el envase. Quería una mujer para amar. Un trabajo que lo colocara en una posición prestigiosa a nivel profesional. Quería recorrer el mundo treinta veces, conocer hasta el último rincón a la derecha. Olfatear las flores más exóticas. Tirarse de paracaídas. Ricardo sólo podía pensar en todas las cosas que estaba perdiendo, al estar ahí, cuidando de alguien que no apreciaba sus intenciones y que sólo sufría al verlo tan cerca de ella sin poder tenerlo realmente. 

El cansancio y la tristeza de sentir que perdió tres años en vano lo llevaron a escribir una carta de despedida llena de frases bonitas que consiguieran consolar a quien leyera esas líneas tan inesperadas. Y en el camino largo y frío de regreso, en el que el autobús se tambaleaba de un lado a otro por las fuertes brisas decembrinas, Ricardo tuvo muchas horas para pensar en su alma. La realización del trasfondo de todo lo que había y no había pasado,  fue lo que lo golpeó duramente. Darse cuenta, por ejemplo, de que no se trataba de un alma caritativa si no de un alma sedienta de autosatisfacción, le revolvió las vísceras. Verse al espejo por unos cuantos minutos y entender que el reflejo está lleno de ego, era algo que desafiaba su mentira mental de todos los días, rompiendo en mil pedazos la superficialidad de su vida y llegando a entender que nunca se desprendió de si mismo. Esos años se trataron únicamente de él- presente y futuro de un eterno egoísta.


Friday, October 22, 2010

El mensaje que no se dejó leer.

El reloj marcaba las 10:10 am. Reinaldo se preguntaba por qué todavía Carlota no había leído sus mensajes, escritos hacia muchas horas del día anterior, abandonados en el chat con una d minúscula que indicaba que el mensaje había sido enviado. Mas no leído.

Se imaginó cualquier cantidad de situaciones. Se quedó dormida. Chocó. Le robaron el Blackberry en el tráfico y ahora los malandros se están haciendo los locos. Se le cayó cuando se bajó del carro y no se ha dado cuenta de que está debajo de su auto, estacionado en el garaje de su casa. O tal vez se cayó en la piscina, se quedó sin batería, el perro se lo llevó y lo mordió hasta volverlo trizas. Quien sabe.

Pensó, tal vez, que pudo leer la vista previa desde el chat con otra amiga y fue suficiente para espantarle la idea de abrirlo y enfrentarlo en la conversación cibernauta. Pensó y pensó. Muchas cosas. Pero la verdad era una. Redonda y absoluta. Carlota permanecía sin leer el mensaje. Y ella tenía que leer el mensaje.

Se recordó de sus clases de Teorías de la Comunicación. Marshall McLuhan. El medio es el mensaje. Y empezó a ver todo más claro. Dentro de su cabeza, sólo una palabra rondeaba en su cerebro. Medio. Y llegó a su conclusión definitiva "Aquí lo que está fallando es el medio, evidentemente, hay un emisor, hay un receptor, y sin embargo el mensaje no ha sido recibido. Evidentemente. Tengo que cambiar el medio."

Agarró el celular. Marcó el número que por supuesto no se sabía de memoria, pero que tenía grabado en su agenda. Empezó a repicar. Su boca se empezó a secar. Las manos empezaron a sudar. Su corazón empezó a latir más y más rápido con cada repique del celular. Hasta que por fin escuchó algo en el fondo. Una de esas voces automatizadas de la empresa telefónica pidiendo que dejara un mensaje después del tono.

-hhola Carlota. Cómo estás. Es Reinaldo. Necesito hablar contigo. Por favor llámame apenas leas mis mensajes. Un
beeep.

Y trancó el teléfono brúscamente. Mientras se observaba en el espejo del baño. Tan fastidiado, nervioso e inseguro que hace 20 minutos. Cada vez que veía el celular para ver la hora o para ver si tenía alguna respuesta la pantallaba anunciaba prácticamente la misma falta de información. Números que transcurrían lentamente. Como quien se sienta a ver la arena transcurrir de un extramo a otro en un reloj de arenas grande sobre la mesa. Pensando en no pensar. En agarrar el carro e ir a buscarla. Pero primero no podía dejar de intentar todo lo demás.
Facebook.
Twitter.
Blogger.
Flickr.
Msn Messenger.
Hotmail.
Google Talk.

Y pare usted de contar. No habían signos de vida en ninguno de los perfiles de Carlota. Por lo menos no en día y medio. El número de su casa era completamente desconocido. ¿Quién da el número de su casa hoy en día? Y empezó a buscar las llaves del carro, hasta que se montó en él y se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea en qué edificio vivía Carlota. ¿Cómo iba a ir a por ella?

Tenía meses hablando con ella todos los días a toda hora por el bendito chat. Se sabía hasta la historia de sus papás y primos. Quería invitarla a salir. Llevarla al cine, a cenar, a tomar, a bailar. Al parque. Quería agarrar su mano y conquistarla para siempre. Pero ella esperó y esperó.

Y ahora que llegó un nuevo mensaje, no sabe si le interesa leerlo.

Monday, June 7, 2010

(Cuento) Marrakech

Daniel tiene 27 años. Ciudadano de una Estocolmo fría y costosa, cinéfilo frustrado, contador público, solitario y soñador, se dedica a escribir guiones ignorados en sus minutos despejados de sumas, restas y multiplicaciones. Su vida tiene dos vertientes: la que vive en carne propia, y la que vive en sus películas clásicas predilectas, una vida junto con Ingrid Berman y Grace Kelly, donde el círculo cromático es sustituido por el Blanco y el Negro. Ahí, él no es un empleado más, no. Él es el protagonista.

En su día a día interactúa con pocas personas, una vida de quien fuese un soñador eterno, algo así como Amelie. La realidad es su obligación, el oficio lo que le da los insumos para pasar las noches inmerso en su soledad fílmica, acompañado de cotufas y calefacción máxima. Pero un día, uno de esos tantos días en el que su VHS proyectaba 'Casablanca', se quedó dormido cuando Rick Blaine llega a Marruecos con el objetivo de establecerse ahí y vivir una nueva vida.

A la mañana siguiente, todo era muy claro para Daniel. Una visión entre ceja y ceja lo despertó y de repente, él sabía qué tenía que hacer, cuál era su nueva misión. Fue un momento mágico, de esos en los que uno siente que todos los elementos del cerebro hacen click. No se levantó para ir al trabajo.  Se quedó en casa, dando vueltas alrededor de su cama maquinando hasta el último detalle para llevar esa visión, de lo abstracto, a lo concreto.

Sin mucha necesidad de esfuerzo, Daniel empacó sus pocas pertenencias, entre las cuales se hallaba su colección de películas clásicas, y le entregó la llave a la conserje del edificio para que se la devolviera a su dueña. Agarró el primer tren a Paris, la primera de muchas paradas que culminarían en su destino final: Marruecos. ¿Por qué no? Si Humphrey Bogart, disfrazado de Rick Blaine, lo logró, ¿quién dice que él no podía hacer lo mismo? Pues sí, el también alcanzaría a vivir su sueño y si no pues moriría en el intento pero se respetaría a si mismo por agarrar su vida por las riendas y tener los cojones de hacer lo que lo apasiona.

Después de mucho viajar, y conversaciones entusiastas con completos extraños para hablar del riesgo tan espectacular que estaba tomando en su vida, llegó a Casablanca. Una explosión de anaranjados en degradé vislumbró su vista y lo recibió con la certeza de que estaba viviendo su primera gran aventura.

Aquí Daniel ya no sería aquel contador público que sueña con ser cineasta y vive una vida ficticia. En Casablanca la ficción se convertiría en realidad y para ello Daniel empezó a presentarse como cineasta, guionista, director aficionado, captador de talentos, director de castings, editor profesional, lo que fuese necesario para posicionarse en la mente de la gente como un artista cinematográfico. 

Ante una ciudad de película pero con pocas personas conocedoras o especialistas en el área, Daniel surgió como sol en la playa y se llenó de éxitos en pocos meses. Ante la felicidad y disonancia de ser ahora, casi más grande que su ídolo,a veces siente la sensación de estar viviendo un sueño, o una experiencia completamente irreal porque casi pareciera demasiado buena para ser verdad. En estos momentos extraños, para sacurdise de esa impresión, siempre es necesario un momento para él. Un momento para recordarse que realmente él siempre fue ese artista grandioso, simplemente le tocó vivir una etapa de su vida bajo la sombra de números y fracciones, que realmente no tenían nada que ver con su esencia. Unos minutos en la terraza de aquel estudio, respirando el aire fresco marroquí, son suficientes para darle -cada vez que lo necesita- la seguridad de estar viviendo una magnífica realidad, de esas que sólo ocurren cuando uno las sueña y las desea por mucho tiempo y con toda la fuerza del mundo.

Sunday, May 23, 2010

(Cuento) El jardín de los sueños perdidos

Hoy el día empezó gris.  Con el alma devaluada ante la humillación de esconderme de mí mismo, en un intento de huir de miedos y preocupaciones, me di cuenta que cuando se vive en la calle no hay ayer ni mañana. Parece mentira, pero cuando las circunstancias no te dejan dormir dos horas seguidas, vives en un trance que convierte el "hoy" en un día infinito, que nunca termina, como reforzando la imposibilidad de seguir adelante y avanzar. 

A mis 38 años, hoy puedo decir que no tengo absolutamente nada y que lo poco que he tenido lo perdí con las malas decisiones que he ido tomando a lo largo de mi vida. Sueños y ambiciones tropezaron con rebeldías y malas juntas y fue así como las ganas que tenía de estudiar y ser grandioso cambiaron por ganas de vender los que fuese para comprarme un carro último modelo. Cambié, sin darme cuenta, verdaderos amigos por acosadores y espías, a mi tía hermosa que me crió  con todo el cariño del mundo, por drogadictos, y a un hogar clase media por por un cartón en la calle.

Hoy me paseé por las calles de Harlem. Con hambre hurgué basureros en esquinas abandonadas, con la esperanza de encontrar algo medio decente para ingerir, pero no fue el resultado. Me resigné a extender mis manos mugrientas a extraños que me veían con cara de asco, mezclada con lástima y decepción. Estaba a punto de rendirme cuando finalmente, al pedir un dólar cincuenta céntimos a una señora muy elegante que salía de un consultorio médico, me dio un largo vistazo y me dijo al darme lo que pedí "¿De dónde vienes? ¿Dónde estabas antes de iniciar el proceso que te trajo aquí?" Moví mis labios para intentar responder, cuando la señora me frenó en seco: "No hijo, no es para que me lo digas.  Respóndete a ti mismo esa pregunta y has todo lo que puedas por regresar a ese lugar". Y la señora me dio una última mirada y siguió su camino hacia el taxi que la esperaba pocos metros atrás. Sus palabras empezaron a hacer ruido en mi cabeza, o quizá en mi alma, no lo sé. El dólar cincuenta destinado al slice de pizza se albergó con paciencia en mis bolsillos mientras mis pies iban en busca de aquel lugar.

Caminé y caminé, por horas, minutos, o días, tampoco sé. Sólo tengo la certeza de haber entrado a aquel terreno baldío donde hace veinte años había un edificio antiguo, adueñado de óxido y pintura escarapelada, que ahora era sustituido por un cartel que anunciaba la próxima construcción de un hospital pediátrico para la comunidad. Sin embargo, detrás de aquella estructura de óxido que ahora sólo albergaba mi imaginación, estaba el tobogán de mi infancia, intacto, como si no hubiesen pasado años, incluso décadas, no. Sólo días. Rojo y azul, me esperaba, recordándome de aquellos momentos de inocencia infantil en aquel jardín de mi infancia, cuando se respiraba un aire de esperanza mientras jugábamos a soñar ser prósperos y ayudar a nuestros padres a salir de aquel lugar. Aquello parecía una postal de mi vida. Entre lágrimas de nostalgia y sonrisas esperanzadoras, recordé lo que es soñar otra vez.

Mi mente y mi alma dejaron de sentirse abandonadas y, sentado en aquel tobogán, me sentí de nuevo ese niño que un día fui y esa sensación me dio la certeza de que podría volver a tener o a soñar con un futuro, que no todo estaba perdido.  Pensé de nuevo en las palabras de aquella señora elegante. Si tan sólo supiera que me cambiaron la vida.

Tuesday, May 18, 2010

Comme je suis arrivé à Bruxelles

Hace tres años nunca hubiese imaginado que viviría un día tan surreal como hoy. Es verdad eso que dicen que tu vida puede cambiar por completo con cada pequeña decisión que vas tomando en el camino, puede ser algo tan nulo como decidir un día ir al mercado en vez de a la farmacia. Hace tres años yo trabajaba en un pequeño periódico de turismo en La Paz, mientras estudiaba Artes Audiovisuales en la Universidad de Aquino Bolivia.

En ese entonces, yo no tenía mucha idea de qué iba a ser con mi vida, no pensaba en el futuro, no me trazaba metas, sólo me aseguraba de vivir al máximo el presente.  Mis días contemplaban una  ocupada rutina: estudiaba en las mañanas, trabajaba en las tardes y en las noches salía con mis amigos a tomar en una pequeña cantina que quedaba cerca de la urbanización donde vivíamos la gran mayoría. Otros días íbamos al cine, o a la plaza a echarnos cuentos, yo en ese entonces escribía tonterías y casi siempre tenía mis oídos tapados con unos audífonos que despedían el rock más pesado, y las semanas pasaban así, entre amistades, besos en alguna esquina abandonada de La Paz, y horas continuas de lectura, escritura y sorbos de café para que me rindieran más y más los minutos del día. 

Hace tres años nunca hubiese pensado que ese viaje a Guayaquil sería tan determinante en mi vida. Y pensar que salió de la nada. Una agencia de viaje quería promocionar un nuevo paquete turístico a un Resort en Guayaquil y querían publicidad. Pero publicidad periodística. Es decir, les salía más barato pagarle el viaje a un periodista y alojarlo allá con todo incluido, a pagar una página completa de publicidad en el periódico.  Recuerdo ese día en la pequeña sala de redacción, éramos apenas 3 redactores que escribíamos todo el diario, los tres estudiantes,  y yo tuve la suerte, la grandiosa suerte, de que mi profesor de Cine documental -la clase que veíamos los viernes- tenía un viaje programado desde el inicio del semestre y nos había dado el día libre. Los otros dos periodistas, en cambio, tenían entregas importantes y estaban a millón. Así que cuando la agencia llamó, y habló con el Editor en Jefe, en cuestiones de segundos ese pasaje tenía mi nombre y apellido.

Un día después, desperté en Guayaquil. No recordaba ni como fue el trayecto nocturno en aquel vuelo que pasó más rápido que volando, mientras yo estaba en el octavo sueño. El despertador ahuyentó la nieve y me introdujo a la realidad, esa de playa y piscina, room service y fotografías, una extraña combinación entre trabajo y placer,  contradiciendo toda lógica de que estas dos no podían ir de la mano.

Bajé al Lobby, donde habían periodistas de otros medios y algunas agentes de viaje. Me incomodaba un poco ese plan de ahora tienes que hacer todo lo que te digo porque yo te pagué el pasaje, capisce? Pero qué más podía hacer que sonreír y calarme todo el cuento, porque a fin de cuentas yo estaba ahí, en la ilustre Hostería Bella Vista, gracias a ellos. Y socialicé. Conocí a mucha gente aburrida, entre piscina, playa, paseos infinitos, comidas en abundancia y entrevistas múltiples a gerentes hoteleros y turísticos de la región. En un momento dado, intenté escapar de la programación y me encontré encerrada en un sauna. No sé cómo explicarlo pero esa sensación de calor extremo sofocante me parece extraordinaria cuando estás ahí sentada sobre la tablita de madera, con una toalla encima, sudando hasta la última gota de tu ser. Y de repente, de la nada entró una extraña y se sentó a charlar con un marcado acento francés. Ella era Laurie. Una belga multimillonaria, simpática pero loquísima, que estaba de vacaciones sola en Guayaquil porque su dedo mágicamente aterrizó en Ecuador cuando estaba jugando con el Globo Terráqueo. Estaba empeñada en hablarme en español, porque necesitaba practicar la lengua de su bisabuela, quien había muerto meses atrás.

Laurie era filósofa, pero no de esas pesadas existencialistas. Estaba trabajando en un nuevo proyecto de escritura y quería empezar a escribir en español. Me hablaba de Bruselas como la mejor ciudad del mundo y en ese momento, recuerdo que tanto me habló de su vida allá, que por un microsegundo se me antojó vivir otra realidad a la que se apropiaba de mis días de lunes a viernes en La Paz. Intercambiamos direcciones y cada ciertos meses me llegaba una postal de Laurie, a quien siempre respondía con mucho cariño breves líneas sobre mi vida en Bolivia. Nada de detalles, ¿qué tanto puedes decir en tres líneas? Yo dejaba que las imágenes hablaran por sí solas.

Y así pasaron dos años hasta que Laurie me escribió que estaba entregada a la enseñanza, dando clases de literatura a chicos de secundaria. Me dijo que en su colegio estaban buscando desesperadamente una profesora de Español, que fuese latina. Y que si me interesaba el trabajo. En el momento yo estaba completamente desmotivada en La Paz, harta de la rutina, de los chicos, de mis amigos, de la cantina. Sentía que todo era gris, supongo que era una pequeña crisis existencia. Y cuando me llegó esa postal, el 7 de febrero de 1997, yo no lo pensé dos veces. Llamé a la agencia de viaje, compré mi pasaje, y la llamé de inmediato.  -Llego mañana, Laurie. ¿Crees que todavía tenga chance? -Claro que sí, respondió, te quedas en mi casa, ¿a que hora llega el vuelo?

Y me fui a Bruselas sin decir adiós, con una maleta llena de fotos, libros, cuadernos, tres pantalones, dos suéteres y unos converse mal gastados. 

Llevo una semana aquí. Mi vida dio un giro de 180 grados. Hace 10 días nunca lo hubiese pensado posible, pero aquí estoy, disfrazada de lo primero que encontré en closet de Laurie,  con mil besos encima de la fiesta de burla de San Valentín, donde Laurie me presentó a su amigo Absinthe y éste como a 5 hombres más. De la nada, aquí estoy, aprendiendo francés. Viviendo en una ciudad más hermosa de lo que imaginé, como sacada de La Bella Durmiente; con un trabajo que me paga lo suficiente para vivir bien, con un salón de veinte niñitos que me llaman Marie, porque no se acostumbran al María y escribiendo más que nunca porque finalmente tengo tiempo y material de qué escribir. Todo aquí es una inspiración y lo mejor es saber que cualquier viernes al medio día puedo agarrar un tren e irme a París, Madrid, Roma, Amsterdam, lo que fuese... A veces me pregunto dónde estaría ahora si el profesor de Cine Documental no hubiese tenido un viaje de producción ese viernes...

Saturday, May 1, 2010

(Cuento) Taste the rainbow

Me preguntaste muchas cosas ese día, algunas preguntas un poco más fastidiosas que otras. Querías saber todo sobre mí, fuiste de lo más general a lo más particular, como supongo es tu naturaleza.

Empezaste por la edad, luego querías saber cuál era mi ocupación, te paseaste por las distintas posibles religiones y me preguntaste cuál era el color de mis ojos. Querías que te enviara una foto, y yo te regañé. Ya sabes cuál es mi filosofía en este mundo de las citas virtuales. Lo primero es conocernos como persona, internamente. Si eso gusta, después de mínimo seis chats (en seis días distintos) entonces procedemos a enviarnos fotos. Si eso gusta, entonces ya sabemos que no estamos perdiendo nuestro tiempo. Te reías de mí. Claro, era tu primera vez en el mundo cibernauta. Yo soy de la generación Y, en el colegio me dicen “2.0”. Me abrí mi primer email cuando tenía cinco años, apenas acababa de aprender a escribir. Haz la matemática, claro que soy 2.0. Mientras mis hermanas mayores jugaban con muñecas, yo jugaba Tetris en la computadora, y tenía un avatar en Second Life. Tengo quince años y ya he pasado por 9 relaciones cibernautas, no todas han sido buenas pero supongo que he aprendido de las malas lo suficiente como para identificar cuáles son las fallas principales y reparar el sistema. Así tal cual como un disco duro. 

Por supuesto que lo primero que hice cuando me dijiste tu nombre fue googlearte y dar con tu partida de nacimiento. Cuando supe que no eras tanto mayor que yo me alegré, en el fondo creo que siempre tengo un poco de miedo de que al otro lado de la computadora esté un viejo verde pedófilo tratando de quitarse unos años de encima. Tenías, según mis cálculos, tres años más que yo y confieso, este pequeño dato me hizo querer saber todo de ti. Preguntas como ¿qué piensas de la venta de tierras en la Luna?, ¿quién es tu artista favorito? ¿qué canción cantas en la bañera? ¿cuál es la última imagen que se pasea por tu mente antes de dormir cada noche? ¿quién te entiende más, tu mamá o tu papá? , me pasaron por la mente pero tu seguías con tus preguntas básicas y no quería asustarte tan rápido. 


Confieso que me reí cuando me preguntaste si mi cabello era ondulado o liso. ¿Acaso importa? Tu obsesión por descifrar mi físico además de hacerme reir por tu inseguridad sobre mí, me irritaba un poco pues nunca me ha simpatizado mucho la gente muy superficial. Sin embargo, cuando te pregunté ¿por qué? Tu respuesta ‘sólo quiero tener una idea para dibujarte en mi imaginación’ me sacudió y robó una pequeña sonrisa. Me convenció lo suficiente para evitar colocarte dentro de algún estereotipo.
Ahí fue cuando te pusiste creativo, preguntándome cosas como ¿cuál es la primera cita que te viene a la mente? ¿qué país nunca me gustaría visitar? ¿cuántas veces has saltado seguido? y ¿cuándo fue la última vez que  te caíste o que te reíste sin parar por más de tres minutos seguidos? Ya en ese momento me estaba la cosa. Muchas de tus preguntas no las supe responder, por ejemplo que si conocía el Protocolo de Kyoto o  cómo se dice 'me gustas' en mandarin.  Quería quedarme toda la noche chateando contigo y riéndome de tus extrañas ocurrencias. Me sentía como Amelie cuando conoce al otro freak igual que ella. 

La mejor parte vino cuando me preguntaste la pregunta más bizarra de todas, o bueno, la que nunca nadie me había preguntado: ¿Skittles o M&Ms? Si te dijera que me dio risa y miedo tu pregunta, ¿me creerías? 
En la gaveta de mi mesa de noche hay tres bolsitas de Skittles. Esta extraña manía se repite en mi escritorio, cartera, bulto del colegio, y mesa de la sala de mi casa. Soy adicta a los pequeños caramelitos de colores que explotan sabores exquisitos en mi boca mientras se mascan casi como un chicle y se tragan como cualquier caramelo. 
Me dio risa la coincidencia y me dio miedo sólo pensar en la posibilidad de que no fueses un extraño en mi vida si no alguien que me conoce de fondo.  Debes saber de mí que suelo ser muy positiva. Al minuto de haber pensado eso me tranquilicé y te respondí con una carita feliz, no quería darte la respuesta en ese momento, prefería esperar esos seis chats y demostrártelo en una foto, aquí adjunta, por si no la has visto.

Me ha encantado hablar contigo y conocerte.  Estos seis chats han sido inborriables de mi disco duro. Tienes una personalidad muy fácil de llevar, un sentido del humor admirable y temas de conversación casi tan bizarros como los míos. Si no te gusta mi foto y por ende, quieres dejar de hablar, sólo te pido una respuesta al e-m@il. Sin ningún texto en el cuerpo o sujeto. Sólo "RE:      "


Un beso nervioso,

ÌhiÓacQp^imiVtic" 2.0

Thursday, April 15, 2010

El vestido de flores


Me puse el vestido de flores. Ya los Converse y los jeans rotos desteñidos habían emigrado –momentáneamente– a tierras lejanas, informales y de mucho caminar. Me puse el vestido de flores, y me sentía como una niña disfrazada de Audrey Hepburn, una sensación de belleza clásica sin duda muy peculiar.

Me puse el vestido de flores y desde el espejo, una joven coqueta, femenina y sofisticada me sonreía sin clemencia. Quería agradarme. Quería que me quedara con ella. En mi mente se dibujaba el leit motiv de aquel atuendo, sorpresa de agrado en sus rostros, y una sensación de aceptación genuina de parte de la más pequeña.

Me puse el vestido de flores, y aunque nada de esto hubiese pasado, si por ejemplo, después de esa cena en la playa, tus labios no hubiesen dado forma a esas palabras, en el fondo, yo quería tener un motivo para ponerme el vestido de flores. Porque lindo, como sabrás, tus palabras, o mejor dicho tu intención, me hizo sentir halagada. Después de escuchar tanto de ellos y saber lo especial que son en tu vida, sentía una mezcla de emoción con temor y añoranza por conocerlos.

Ese día llegué a mi casa y busqué en el closet el vestido de flores. Me lo había comprado hace un par de años –cuando lucía tres punto cinco kilos menos–en aquella boutique del Tamanaco, porque sabía que en algún momento de mi vida alguna fecha especial vendría, brindándome una oportunidad para lucirlo y demostrarle al mundo que yo también podía ser femenina, si quisiera, porque la madera estaba ahí, tejida entre mi piel. Escondida y camuflajeada por los converse y los jeans rotos que habían ganado la conquista de mi atuendo diario, porque sin duda iban más con mi personalidad bohemia, mi afán por sentirme cómoda y mi mala costumbre de sentarme en el piso a esperar, porque parada me canso muy rápido.

Así que me puse el vestido de flores, después de dos meses de dieta y una rutina diaria de bíceps, tríceps, cardio, entre otros ejercicios cuyas etiquetas aún desconozco, porque quererte a ti era también querer estar bella para ti, saludable para ti, flaquita para ti, y en forma para lucir con glamour aquel vestido de flores. Durante esos meses tu nunca sospechaste cuál era mi motivación, lindo, y aunque me decías que me amabas así, gordita como estaba, nada me hacía más feliz que trabajar para quitarme esos tres punto cinco kilos de más, para que vieras que yo también podía ser una flaquita linda, y más cuando me vieras con el vestido de flores.

Finalmente llegó el día, la ocasión para ponerme el vestido de flores. Tras deslizarse el cierre rápidamente por el eje cardinal sur – norte de mi espalda, una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi rostro: ahí estaba la primera prueba de que tanta dieta y gimnasio habían valido la pena. No quise enmascararme el rostro de maquillaje, ni alisarme el cabello, ahí lo atípico era el vestido de flores, lo demás era yo, la Sofía de siempre, de quien te enamoraste: con cabello ligeramente ondulado, labios pomposos y rosados, pestañas cortas, nariz afilada, uñas intactas y la misma personalidad de siempre, llevada por las mismas pasiones. Tú, el arte y la literatura.

Luego vino la segunda prueba. Tu cara al verme con el vestido de flores. Tus ojos redondos y brillantes, tu sonrisa de asombro, tus labios despegados infinitamente ante tal sorpresa, tus manos congeladas con temor a tocarme y dañar aquél vestido de flores que sin duda dejaría una gran impresión, según lo que me contabas en el carro, emocionado y yo nerviosa porque ya en pocos minutos sabríamos si tal vestido haría me quisiesen, así sea un poquito, para estar a tu lado, en los buenos y malos momentos.

Me puse el vestido de flores y creo que no me arrepiento. Salí triunfante de la tercera prueba y en efecto, me amaron, sí, en el momento. Luego les vino la sorpresa, cuando un día, pocos meses después, inesperadamente me vieron, de jeans rotos y converse y no entendieron, quién era yo y qué había pasado con la delicada niña del vestido de flores…

Tuesday, April 13, 2010

Tonic for the Vodka soul

His name was Jake. He reached the bar wearing spiderwebs over his eyes, and a deep wrinkle in his forehead. Everything about him smelled like defeat and as I looked at him through the glasses, empty bottles and lonely hearts, I could tell he was having a day from hell. Two of my regulars were in that night. And drinking like there was no tomorrow. I felt bad for Mr. newbie, who was still clearly sober. He just sat there looking like a lost penny. With my 'this is nothing, I've seen worse' expression in my face, I stared into his eyes while I asked 'What would you like tonight?', in my attempt to find out with what it was he wanted to drown his sorrows in. 'Anything. Give me anything to stop the pain'. As these words escaped his mouth, I knew I needed more information to prepare the remedy. 'Only if you tell me where it hurts and who is resposible for the pain', I sentenced. He gave me a tiny smile, that made happy I was there that night and after much hesitation, Mr. Newbie started telling me about the agony hidden in his scars...

Her name was Rachel. She was perfect: smart, pretty, nice, good person.... We met when I went to visit the Grand Canyon. She was there, by herself, had driven eight hours from San Diego just to look at the inmensity of the Canyon. I was there by myself too, and everything just fell right into place. Her smile, my eyes, it was like we were built for each other, you know? Have you ever had that feeling you've known that person from long before you actually saw her for the first time? Anyway. We clicked. And talked. And kissed. It was like being in a friggin' movie. Just perfect.

'But...' I couldn't help but say.

But -he continued- when the trip was over, she said she wanted to come with me to New York. I invited her to trust her instincts and come, and so she did. Two weeks after she moved in, walking back home from work I take a glimpse of this beautiful woman on a bar. I could only see her back. It looked familiar. I see this person talking closely to a man, who's whispering something in her ear, and seconds later, kissing her neck. Something in my gut told me to keep staring. Something was wrong. She kissed him back. I went inside the bar. Walked past the man. Turned around. It was her. And here I am.

I tried not to give him the "pity look". Even though inside I wanted to hold him like a little boy and tell him the typical"everything is gonna be alright. There are plenty of fish in the sea". For some reason, though I've listened to hundreds of sad stories, I never get used to them and always feel bad for my customers. My friends. So I didn't give him the "pity look". Instead, I poured the remedy -vodka, tonic, and lime- inside a frosted glass. And told him the truth.

'Drink up, buttercup. It's the only thing that will get you through'.

Friday, April 9, 2010

Fabricando memorias

Fabiana se despierta a las seis, el primero del año. Solitaria se pasea por su cuarto rosado, paredes forradas de animalitos celestes que traviesos se ríen de ella, ya de ocho años y todavía invadida de barbies y una infinidad de peluches de colores pasteles que tanto aborrece. A principios de diciembre se había prometido a si misma soportar su cuarto infantil un tiempo más si el niño Jesús se portaba bien y le regalaba aquella cámara fotográfica que tanto quería. 

Una diminuta sonrisa se dibuja en su rostro, haciendo hincapié en los bordes de sus labios, al recordar esa mañana de siete días atrás, en que fue sorprendida por una caja de zapatos forrada de papel periódico, que abrazaba una cámara clásica. ¿Nueva? ¿Usada? ¿Antigua? Eso poco le podía importar. Era de ella. Y era una cámara. Agradecida besó el bebé del nacimiento que adornaba el nicho de la entrada de su casa y corriendo fue a mostrarle a su papá el grandioso regalo que le había obsequiado el niño Jesús. Su papá, con una sonrisa de satisfacción personal entre diente y diente la felicitó. "ya sabes, mi amor, cuídala mucho, seguro le costó una pequeña fortuna".

Desorientada por el comentario de su padre (siempre pensó que el niño Jesús tenía privilegios gratuitos en el mundo entero) se regresó a su habitación a experimentar con su nuevo juguete. Encontró un rollo en la caja de zapatos, acompañado de una pequeña nota "Princesita, te regalo junto con la cámara un rollo fotográfico de 24 fotos. Adminístrala bien, son dos al mes. La próxima navidad te traigo dos rollos si te portas bien." Cerró los ojos. Intentó recordar cómo era que hacían en las comiquitas, y ayudada por su intuición y el ensayo y error, logró introducir la cinta en la cámara. Sigilosa observaba a su alrededor. Sin duda alguna que en esa habitación no había nada bueno que fotografear, sólo pruebas de que era, en efecto, todavía una niña. Ya la lucha contra el tiempo se estaba haciendo pesada, no importaba cuanto lo intentase, nunca iba poder alcanzar a su hermana, Clara, que en ese momento se encontraba en la cumbre de la adolescencia, a sus 16 años de edad.

Ahora, con su cámara en mano, Fabiana tenía una sóla ilusión: viajar por el mundo fotografiando aquellos lugares magníficos y todas las personas posibles, personas que de seguro tenían una vida más interesante que la de ella. O por lo menos más bonita.

En el momento se encontraban veraniando en su casa de la playa, en Punta del Este, en mes y medio se regresarían a Montevideo. Era una pequeña fantasía dentro de un mundo lleno de tristeza. La casa era una pequeña cabaña que su papá había comprado poco tiempo después de que muriera su esposa y madre de sus hijos años atrás, cuando Fabiana era todavía una bebé. Necesitaba un lugar que no estuviese impregnado en ella para poder superar la pérdida. Y también era una distracción para sus hijas, sobre todo para Clara que en ese momento tenía siete años y el corazón destruido.

Esa última semana del año pasó rápidamente mientras Fabiana observaba cada detalle que la rodeaba, en su cuarto infantil, en la cabaña agrietada, en el cuarto abandonado de su padre, en la habitación húmeda y traviesa de su hermana adolescente. Se abrieron clósets, latas, puertas que chillaban con el crujido de la madera y terrazas que absorbían el sol y la salitre para recordarle que no estaba en cualquier lugar, ella se encontraba en la playa. Observaba todo. Quería ver algo magistral. Y cuando pillara esa hermosa figura, persona, objeto, o momento, ese iba ser el intante del click. Mientras tanto se encontraba en una búsqueda perpetua de conseguir la perfección. Hasta ese primero de enero.


Su papá tenía un plan de pesca en la madrugada con sus mejores amigos que se quedaban unas casas atrás. Advirtió que no regresaría hasta las cuatro de la tarde e instruyó a Clara que cuidase de su hermanita y que le diera de almuerzo. Pero Clara, adolescente al fin, no desperdició la oportunidad para estar a solas con su novio, con quien se encuartó desde que su papá desapareció de la vista. 

Luego de escribir una pequeña nota sobre su cama, diciendo, "estoy bien, me fui con papá", entre temerosa y emocionada, Fabiana salió por el patio frontal de la cabaña para la playa. Eran las 6 am. El sol apenas anunciaba su llegada alumbrando el cielo mientras dejaba una estela fucchsia y naranja. en su andar. En sus manos tenía una carterita tejida de mamá que su papá le regaló un diciembre anterior y adentro la cámara. Este era el momento que quería capturar para el resto de su vida. Su primera escapada. La sensación de libertad así sea coartada y la adrenalina que sentía por miedo a que alguien la reconociera y le llamara la atención. Sacó la camarita. Disparó la fotografía luego de varios segundos enfocando e intentando entender cómo un aparatito así podía captar el cielo, algo que  era completamente intangible para ella. Maravilloso, pensó. Esta cámara puede hacer de lo imposible lo posible." Voy a fabricar mis recuerdos", sentenció.

Siguió caminando por la orilla del mar. No había casi nadie en la playa, nunca la había presenciado tan solitaria. En el horizonte veía los peñeros. Todos practicamente uno encima del otro buscando lo mismo, lo mismo que esa tarde probablemente iba a almorzar. Con su papá a la distancia, sin saber si era él, sin saber a quiénes estaba captando, Fabiana volvió a sacar su cámara de la cartera. Sabía que en ese instante su papá estaba feliz, pasándola muy buen con sus dos amigos. Toda su vida le tocó vivir sin conocer a su propia madre y con un papá deprimido y nostálgico de ver a su hija y no poder compartirla con su creadora. Ahora por fin hacía planes con sus amigos e invertía tiempo con ella para amapucharla y acompañarla siempre. Esa sonrisa, esa del papá a la distancia, a pesar de que no sabia si realmente era él, era una memoria que quería fabricar. Disparó una última fotografía.

Sunday, March 28, 2010

A su encuentro

Ella viaja en el bus, ese de la fotografía desteñida. Lo hace por su amor. Lo hace por su vida. Con una sonrisa de punta a punta, se encuentra sentada entre niñas malcriadas, hombres sudados, viejas chismosas y un loco conductor que al parecer ignora cualquier velocidad inferior a los ciento cuarenta kilómetros por hora.  El miedo y el terror reflejado en los rostros de las señoras mayores sólo consigue manifestarse como emoción y anticipación en el rostro de ella. Menos tiempo, cada vez falta menos tiempo- pensó.
Su torso está erguido, abrazando su mochila, lo único que puede sostener mientras piensa en él. Tararea la canción, esa que él le escribió hace unos meses en aquella carta, la única evidencia física de su amor.  
Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción

 En este momento siente un antojo inagotable por abrir su mochila y sacar aquel sobre añejado con la carta de amor, leer las palabras que ya conoce mejor que su propia vida para sentir de nuevo esas endorfinas que se pasean por su estómago a una velocidad similar a la del bus. 

El sol entra por la ventana derecha, calentando su mejilla, resaltando sus reflejos rojizos que sólo se ven con el sol y que a él tanto le gustan. Siente una brisa entrar desde atrás. Renuncia a la idea de sacar aquella carta por miedo a que se la lleve el viento. Cierra sus ojos. Piensa en su amor. Recita la carta en su imaginación.

Los minutos pasan lentamente. Poco a poco va atravesando ciudades satélites, campos de trigo, carreteras de tierra. Respira aire fresco, polvo, tierra, mientras se pasea por diferentes olores y roza una infinidad de texturas palpables a su vista. Sueña con él.

 Una cadena de cornetas interminables la despiertan. ¿Dónde estoy? - se pregunta. Sus ojos se hacen agua al ver en su alrededor una autopista colapsada de carros, unos vidrios ahumados y su madre en el puesto al lado, conduciendo para llevársela lejos, muy lejos de él.

Friday, March 26, 2010

Mami, perdón




Mami, perdón. Perdón por haber utilizado tu pintura de labios Chanel como creyón, por darle tus tacones predilectos a Malta y por creer que la afeitadora era un instrumento mágico para suavizar la piel. Quiero pedirte perdón porque sé que uso mis ojitos mágicos más de lo que debería, porque no puede ser que me ponga a llorar cada vez que no me quieres regalar algo que quiero.

Perdón por manchar tantos vestidos. Por negarme a comer vegetales. Por no colorear dentro de los márgenes negros. Por no querer dormir en la cama, si no en la cuna, y por complicarte tanto la vida con el señor ese, que tu dices que quiero pero que yo tanto odio.

Quiero que me perdones por haber llorado tantas noches seguidas, me doy cuenta que sin ti no podría vivir porque cada vez que me despierto llorando es porque sueño un mundo sin ti y lo horrible e imposible que sería. Perdona, mamá, por sacarte de cama a las seis de la mañana todos los días para prepararme desayuno y llevarme al colegio. Por no dejarte dormir ni siquiera en viajes o fines de semana.

Ya sabes que no me puedo aguantar dos horas despierta sin ti.

Anoche, después de que me leíste por quinta vez Margarita, cerré mis ojitos para que descansaras la voz y pensaras que estaba dormida. Sentí algo extraño. Te fuiste del cuarto y te seguí al ratito. Asomada por la pequeña ranura de la puerta, te escuché llorando. Tus ojos despedían lágrimas saladas y yo inmediatamente empecé a sentir algo extraño en mi pecho. Algo había hecho mal. Por mi culpa tu estabas así y yo sólo quería abrazarte fuertemente para que no te sintieras así.

Sabía que si me veías despierta, y viéndote, te ibas a molestar. Regresé a mi camita muy triste y no podía dormir. Sólo podía pensar en ti.

Perdóname, mami. Espero que sepas lo mucho que siento por ti.

Sunday, March 21, 2010

Mi realidad nublada

Aunque lo parezca, no siempre he sido un cuatro ojos. Por años deambulaba por la vida, guapo y soso, como un papa sin sal pero hermosa en su redondez, diferente a todas las demás e ignorante de tanta belleza. Vivía la vida sencilla, todo me parecía bien, a falta de distinción y de conocer un mundo mejor me conformaba con lo que veía, a través de la nada, pelando los ojos ante lo que me rodeaba (si es que algo me rodeaba). A los trece años, ya había pasado por trece novias, las más memorables: Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea.

Siempre fui muy estudioso, esto se lo debo a mi apellido "Acosta," motivo por el cual siempre me sentaron en el primer puesto de la fila izquierda del salón. Esto dificultaba mi proceso de aceptación en el grupito de los ratúbelas, casi todos adueñados de apellidos que empezaban por  R, S, T, V e inclusive, Z.  Ellos se metían con el resto del salón, sobre todo aquellos desafortunados que habitaban en la primera mitad del aula de clase. Dichosos ellos, siempre ganaban la atención de las chicas más bonitas del colegio, incluso muchas mayores que nosotros. Aunque les confieso que yo,  con mi personalidad e inteligencia, por no decir mi "nerdidumbre" nunca tuve problemas en materia del amor. Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea también estaban bien chévere.

Después de que la Primaria pasó, velozmente, como un abrir y cerrar de ojos para acabar con una horrible pesadilla, vino el peor día de mi vida: jueves 18 de Septiembre de 1994. Trece años. Entrando en la adolescencia, y ahora por fin en Bachillerato, finalmente con libertad de puestos, corrí por ese aula en el primer día de clases para apoderarme del último puesto de la derecha. Ahí se sentaban los más cool, o por lo menos eso recordaba. Me instalé sobre el asiento, lo único que me faltaba era mear sobre él para marcar  mi territorio.

Al rato llegó el profesor de matemática y en lo que empezó a desplazarse por la pizarra, escribiendo aquellos garabatos que hasta el sol de hoy ignoro en su totalidad, realicé que algo andaba mal.  Volteé a mi derecha, ahí estaba Corina, igualita que siempre, fajada escribiendo  en su cuaderno aquellos garabatos que permanecían misteriosos. A mi izquierda la pared se reía de mí.  Un murmullo en la vista que me fastidiaba, era así como ver por un vidrio empañado y no poder distinguir círculos de triángulos. Me mareé ante la incertidumbre y al rato no podía faltar el dolor de cabeza. Me sentía perdido, nublado. La verdad es que no me lo esperaba. Todavía desorientado ante lo que ocurría a mi alrededor, levanté la mano y pedí permiso para ir a la enfermería, aún sabiendo que eso podía poner en peligro mi prestigioso puesto dentro del salón. El profesor me vio con ojos juzgones, como quien estaba seguro yo era el peor de los hipocondríacos y me señaló la puerta con sus dedos, algo así como queriendo decir "dale pues mijo, vete ya, pero vete rápido". Yo me fui, rapidito, y bajé aquellos escalones que sentí como interminables hasta llegar al pequeño cuartillo titulado "enfermería", donde apenas había una cama súper estrecha y una cesta con ibuprofeno, acetaminofen y más na'.

Monté un melodrama. Exageré la falla de mis signos vitales. Le prometí a la recepcionista (que en estos casos, se disfrazaba de enfermera) que me sentía mal, demasiado mal como para seguir inserto entre esas cuatro paredes. Le rogué, supliqué, que me dejara llamar a mis mamá, para que me llevara de emergencia al hospital. Hospital, esa fue la palabra clave. En cuanto la recepcionista escuchó esa palabra de tres sílabas y ocho letras, inmediatamente, me llevó a la recepción (ahora sí, en su rol original) y me pasó el teléfono para que llamara a mi madre. Luego, procedió a escribirme  una nota, excusándome de las actividades académicas, para presentársela al profesor antipaticón de la mirada juzgona.

Peor que la mirada del profesor fue la que me dio mi madre mientras me acercaba al carro cuando me vino a buscar. Estaba un poco histérica porque la había sacado de su clase de Yoga e incrédula que me sentía tan mal como le dije por teléfono -de otra manera nunca jamás hubiese dejado su clase de Yoga por irme a buscar-. Le pedí que me llevara a un oftalmólogo de inmediato. Mira mijito, ¿más o menos qué te picó? A mi no me des órdenes, ¿ok? Ubícate. Aquí la que manda soy yo. ¿Y qué fue lo que te pasó? ¿Más o menos por qué quieres que te lleve a oftalmólogo de la nada?" Le expliqué, con tono melodramático (si no, no me cree) que no veía nada más allá de lo que tenía a poca distancia y una cara de pánico fue suficiente como para convencerla, en efecto, me llevó al oculista.

Sentado en la consulta con el doctor Jakubowicz, el miedo a que me confirmaran mi temor más grande me puso a temblar, y les confieso, nunca en mi vida me había sentido tan gay. Estaba dudando, a ciencia cierta, de mi sexualidad. Otro golpe para mi autoestima.

Un sin fin de lentecillos ladillas, colocados sobre mi ojo izquierdo, luego sobre el derecho, para tratar de leer una infinidad de letritas y números que se encontraban reposados sobre la pared, a una distancia abismal, me disiparon de nuevo el dolor de cabeza. Uno de esos lentecillos, sin embargo, representó un momento mágico y a la vez, traumático. Me hizo entender que toda mi vida había visto  a través de un vidrio empañado, nublando cualquier cantidad de detalles sobre todo lo que me rodeaba. Mi mamá tenía pecas. Vaya usted ha saber. No tenía ni puta idea antes del lentecillo número ochocientos cinco.

Cuarenta minutos después, una sentencia de -3.75 grados de miopía fue suficiente para mandarme a hacer los lentes más baratos que vendían en el recinto, aquellos con la montura de pasta negra que chocaba con mis pómulos, marcando la división de mi rostro en dos partes de igual tamaño, pero nunca de igual estética.

Ante el diagnóstico, mi madre se quedó muda. Y yo sólo tenía una de esas miradas chocantes que en verdad nunca han servido de nada, pero igual no me pude aguantar verla con ojos de  te lo dije. Los lentes estaban listos a los dos días. En el ínterin me negué a asistir al colegio, ¿para qué? Igual no podía ver nada, y si los profesores se daban cuenta de mi incapacidad para leer lo que estaba escrito sobre la pizarra, me iban a obligar sentarme adelante otra vez.

¿Cómo explicarles mi mundo, una vez que busqué esos lentes? De repente,  me di cuenta que los árboles tenían hojas con trazos en el medio; las calles tenían rayados peatonales, huecos, alcantarillas  y gatos negros que atravesaban sin pedir permiso. Las aceras eran más oscuras, en ellas había una enorme cantidad de basura de la cual nunca antes me había percatado. De repente las nubes hacían formas de osos y casas, mesas y flores y la pintura que cubría mi casa no era amarilla, era un ocre oscuro, casi tirando a naranja tostada.

Pero lo peor, peor de todo, fue el primer día que regresé al colegio con mis lentes puestos. Darme cuenta, por ejemplo, que todos los nerdos estábamos atrás, y todos los populares estaban adelante, no fue para nada agradable. Una vez más habría una línea divisora en el salón que me impediría pertenecer al grupín de los ratúbelas. Darme cuenta, por ejemplo, de la asquerosidad de baños donde toda mi vida hice cómodamente mis necesidades, tampoco fue muy agradable. Sobre todo la cachetada que sentí al ver mi reflejo en el espejo  y cómo éste se burlaba de mí.  Las chicas todas me preguntaban: ¿y entonces? ¿qué pasó? ¿cuánto tienes? Entre risas y burlas tipo "cuatro ojos."

Pero nada, nada que les cuente fue peor que la sensación que tuve al realizar, con mi nueva visión archiarrecha que Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea eran más feas que pegarle a mi madre. 

Fue entonces, sólo entonces, cuando mi autoestima -rápidamente- se fue por la alcantarilla, sin decir adiós y sin promesas de regresar en una eterna y mísera década.

Friday, March 19, 2010

Sandía para la vida

 Aurora duerme al revés. Inquieta se pasea por su solitaria cama matrimonial, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, por debajo y por fuera de las sábanas ya húmedas y pegadas a su piel. El calor no la deja soñar ni pensar en otra cosa que el sudor que se resbala de sus mejillas. Cobijas y almohadas terminan en el piso, en su desesperación y múltiples desplazamientos que al final sólo garantizan que Aurora, en efecto, durmió al revés. Se despertará con la cabeza y los pies a lo ancho del colchón, y no a lo largo, como el resto de los mortales que ha conocido en sus 28 años de existencia.

Se levanta cansada y bañada en sudor, como quien ha pasado las últimas tres horas matándose en un gimnasio. Ella se concentra en el hecho de haber pasado la noche quemando calorías -no importa cómo- y se olvida de las pocas horas de sueño y el cansancio que poco a poco se va acumulando en su cuerpo, dejando huellas que acarician sus ojos y que según ella, no son más que el reflejo de su gran sabiduría y proactividad ante la vida.

Los minutos actúan como catalizadores de sus obligaciones diarias, aquellas que la mantienen siempre de pie, impulsando la excelencia así sea en su labor de vendedora ambulante en una carretera al pie de las mejores playas del litoral central. Luego de dejar a su pequeña hermana Lucía y sus tres primas hermanas en el liceo a las seis de la mañana, se dirige a contar las frutas del día, aquellas de las que procura sacar una buena tajada que la ayude a pagar esa pequeña habitación donde vive. La misma  que alberga la cama matrimonial, la del inicio, que por cierto ocupa casi el ciento por ciento de los escasos metros cuadrados con que cuenta.

El calor y la humedad le hinchan los pies, sin embargo en su mente sólo hay espacio para una fotografía mental de lo que a diario consume, sin duda alguna, en los mejores quince minutos del día. La foto es aquella de sandías: picadas y frescas, rosadas y verdes, triangulares, dulces pero a la vez, refrescantes. Se le hace agua la boca mientras anticipa esos quince minutos gloriosos en los que sentada, al pie del asfalto, entre tierra y palmeras, transeúntes y un vacío vehicular misterioso, del cuál todavía no existe explicación, se devora una a una esos trozos de sandía, patilla, o como se quiera llamar al fruto que de cierta manera le da sentido a su día. Ella la llama "sandía para la vida", así la vende y así la comprende, después de todo tiene el poder de dividir su día en un firme e impaciente antes y un glorioso después.

Ana Cristina Sosa M.

Thursday, March 18, 2010

Noche de arcoíris plástico


Recuerdo con mucha precisión ese lunes. Querías hacer algo diferente, sacarme de la rutina en la que estaba inmersa nuestra relación. Una y otra vez, vivíamos siempre lo mismo: un cine, una cena, una película en casa, un almuerzo familiar. Ya los temas de conversación no giraban en torno a acontecimientos interesantes, chismes siniestros, ni anotaciones literarias de nuestras lecturas individuales. Ésto probablemente producto y causa de nuestras repetidas, extensas y monótonas conversaciones diarias al teléfono que sin duda asesinaban cualquier posibilidad de novedad al vernos. No dejábamos de hacerlas porque nos sentíamos extraños cuando no lo hacíamos, prueba de que somos, en efecto, animales de costumbre que difícilmente pueden vivir sin la certeza que brinda la rutina.


Me buscaste a las siete en punto. Nunca lo olvidaré. Cargabas una franela manga largas, tus jeans inmundos que sabes detesto, y aquellos Converse negros, también inmundos, pero que son probablemente la única marca asociada a nuestra relación. Me repicaste cinco veces al celular, no habías querido contarme a dónde me ibas a llevar, y como dijiste era un plan completamente diferente, yo cambié los Converse por tacones, los jeans rotos por una falda y la chaqueta por un escote. Mi esfuerzo por cambiar el look fue tal que tras salir de mi casa quince minutos tarde (mientras tú esperabas sin clemencia) te quedaste observándome por lo que me pareció una eternidad, sonreíste y no me pediste que me cambiara. Querías verme así.

Yo también te vi: estabas tan zarrapastroso y desaliñado como siempre y esto me hizo sentir una rabieta tan grande que a mitad de camino casi te pido que te devolvieras y me dejaras de nuevo en casa. Probablemente sentiste salpicar mi decepción con el trancazo de la puerta que dejó el carro vibrando unos cuantos segundos a posteriori. Trataste de calmar las aguas poniendo aquella canción de Depeche Mode "Enjoy the silence" que tanto me tranquiliza. Maldita sea, me conoces demasiado bien.

Cedí ante tu mano acariciando mi pierna con mucha ternura durante todo el trayecto, mientras maniobrabas con la mano izquierda la palanca de tu carro sincrónico y con el codo hacías magia para direccionar el volante. Te negaste rotundamente a revelar el destino, sin embargo las autopistas no mentían al informarme que nos estábamos despidiendo de la capital, lo que me hizo sonreír a mis adentros: por lo menos, pensé. Por lo menos estamos saliendo de este infierno.

Era una de esas noches húmedas. Tras haber llovido toda la tarde, el pavimento estaba cubierto por una tenue baba transparente que lamía los cauchos del carro advirtiéndonos de su peligro. Yo sin embargo estaba tranquila. Sabía que no nos íbamos a colear, no sé cómo ni por qué, pero siempre me has inspirado seguridad tras el volante. Está bien, sí, lo reconozco: tienes talento para conducir.

Cinco salidas y cuarentaicinco minutos más tarde llegamos a nuestro destino final. Fui sorprendida por un pequeño parque de diversiones ambulante tan triste como el que existía en el Poliedro de Caracas hace diez años, Ciudad Mágica. Por ti hice el mejor esfuerzo de falsificar una sonrisa que se dibujó en el reflejo de tus ojos como un logro, a medias, todavía no en su totalidad. Te apretujé el brazo, quería que me abrazaras. La neblina entraba a mis pulmones con cada inhalar y el frío me helaba los huesos, además de la piel expuesta por mi inapropiada pinta sensual.

Menos mal eres rápido para captar indirectas. Me abrazaste fuertemente y en cuestión de segundos me tenías cargada bajo el pretexto "esos tacones deben pesarte más que el frío". Yo no me quejaba: ¿cómo hacerlo? A pesar de estar rodeada de luces multicolores, payasos diabólicos y algodones de azúcar que contaminaban mi vista y el apetito de comer lo que fuese, contaba con tu presencia en un momento muy diferente a cualquier otro que habíamos compartido.

Y como lo diferente, a veces también raya en lo cliché, no podíamos irnos sin viajar por la rueda mágica, solos tú y yo, acompañados de las ochocientas lucecitas de colores, como fuegos artificiales estáticos que burlaban permanentemente nuestras vistas mediante una infatigable persistencia retiniana.

No sé en qué parte del país estábamos, en qué suburbio. No sé, tampoco, qué era todo aquello que estaba detrás del arcoíris plástico, de la neblina fugaz, de los sueños multicolores y el columpio que se balanceaba sobre un eje ordinario, inestable, y aterrador. En segundos olvidé todo aquello. Los dedos de mis manos se aferraban a los tuyos, mientras compartíamos el más apasionado beso que tres años de relación no habían podido presenciar: aquel era nuestro lugar en el mundo. Dentro de lo falso, lo auténtico. Dentro del cliché, tú y yo rompiendo con lo cotidiano. Cerramos la noche en tu carro. Para este entonces ya el logro era total.

Más nunca volvimos a ir a aquel lugar. Estoy convencida de que esa era precisamente la idea porque han pasado ya quince años y todavía no consigo olvidar la noche del arcoíris plástico.

Ana Cristina Sosa M.

Friday, March 12, 2010

Psicótica

Ricardo, para bien o para mal, desde hace muchos años yo realmente no estoy contigo.  No sé cómo no te has dado cuenta, debe ser que no quieres realizarlo: tú y tu extraña manía de idealizarme absurdamente. No sé cómo te entró en la cabeza la idea de que yo era la mujer maravilla. Siempre aparentabas estar convencido de ello. 

¿Recuerdas ese día que nos íbamos a ir a la playa a descansar del caos citadino y compartir más en familia? Yo al final no fui. Te inventé un cuento raro y me quedé en casa, mientras tú corrías las playas de higuerote con nuestro hijo. La verdad, Ricardo, es que me acostumbré a estar encerrada entre estas cuatro paredes, las mismas que con los años han ido marcando vilmente  los límites de mi existencia. Los disfrazo con cuadros, estanterías llenos de literatura, pantallas planas y tapetes ecclécticos para dismular su verdadero signficado. 

Sé que estas palabras no tienen ningún sentido para ti. Salgo, todos los días a buscar a Eduardito al colegio, sí, pero es un trayecto infinito y molesto que me dispara la neurosis que me trago, por aquello de aparentar ser cuerda y todo lo demás. Es una enfermedad. Lo sé. Desde ese día (tu sabes muy bien cuál, no te hagas el loco), hace tantos años que lo único que pude hacer fue aferrarme a este hogar.  Será porque esta casa siempre ha representado lo único sólido en mi vida, lo único que me inspira seguridad y permanencia, la certeza de saber que es mía, pues fui yo quien la heredó de mis padres.

Aunque no lo sepas,  Ricardo, yo nunca he podido aferrarme a las personas. Será, tal vez, por tantas historias que he leido donde mueren seres queridos, hombres abandonan a sus mujeres por rameras, hijos se desentienden de sus madres, hermanos que hacen las peores traiciones... En fin, es el miedo de depender de ese cariño o ese amor -que por lo que veo es lo único de lo que no se puede estar seguros en esta vida- me ha jodido emocionalmetne hasta el punto en el que te digo, sinceramente, yo no quiero a nadie. Sólo a mi casa.

Te escribo esta carta y sé lo mucho que te están doliendo estas palabras. Sé que me amas por y sobre todas las cosas, que no imaginas una vida sin mi. Yo no te estoy botando, ni te estoy pidiendo el divorcio. Simplemente estoy siendo sincera porque tú das tanto amor, te dedicas tanto a mí y a tu hijo que me parece injusto estés con alguien que no te pueda reciprocar.  Yo contigo soy feliz, sí. Me haces la vida más fácil. Me complaces con cada pequeña cosa que te pido, provees por la familia y no me exiges mucho a cambio. Sabes que no me gusta salir, te quedas en casa conmigo.

Imagino que te frustra a veces. Y no creas, a veces a mi también me frustra enormemente que estés conmigo, y tan perdidamente enamorado de mí. Quisiera que salieras con otras chicas. Que te divirtieras. Que viajaras a Paris con tus amantes (que desafortunadametne no tienes) y que fueses más feliz. Yo sé que lo mío no es algo normal, y no entiendo como tú no te das cuenta de ello. Estás tan ciego, Ricardo, tan ciego... ¿tus amigos no te lo dicen? ¿Nadie sospecha que tu esposa está loca?

A veces te quiero matar. Me invade una frustración tan grande como mi enfermedad y mi fobia al mundo. Quisiera que lo entendieras. Que hicieras algo. Pero no, tu sonries, me complaces, y nunca buscas sacudirme del todo.

¿Por qué no me sacas de aquí? Por qué no me obligas a salir de casa, no me forzas así sea a un psiquiatra que me ayude? Me desespera tu idiotez. No te odio porque es imposible. Pero me desespera saber que contigo nunca lo voy a poder superar. Fue tu culpa, ¿lo sabes? ¿Es por eso que me tienes tanta paciencia? Sé que aquello también fue duro para ti, pero yo fui el único resultado atípico y tu no entiendes que antes no era así. O es que acaso, esta mujer que duerme a tu lado todas las noches, sólo porque mi lado de la cama está al costado del tuyo, ¿siempre fue así?

Labels

Acing the GRE (2) adicción (1) amigas especiales (1) amistad (1) amor (6) anitadas (7) aprendizajes (10) AWARDS (3) Bandas (1) BLOG DAY (1) Boston (1) BP nominee 2010 (10) Broadway Musicals (1) cabrones (1) canciones (1) canta conmigo (1) Carrie quotes (1) cartas de desamor (2) checklist (1) Cine (20) Cine nacional (1) Conciertos (1) Confessions (1) Contigo pero sin tí (1) cortázar (1) Crónica (14) cronicas viajeras (3) cruceros (1) Cuento (27) cultura (1) cumpleaños (1) curiosidades (5) cursiladas (2) desahogo (1) despecho (6) Diario de un drogadicto (36) Discursos (1) Disney (1) Distancia (1) druken (1) En Drogas (1) En español (1) Ensayo (4) ensayo corto (1) Enterteinment (1) Escrito (2) Escrito Corto (18) Existencialist mood (1) farándula (1) ficción (66) Fiction (4) Film (6) Fotografía (11) frases (1) Halloween (1) heartbroken (1) hidden messages (1) Hollywood (6) idiotas (1) imágenes (1) In English (12) In Memoriam (4) Información (2) initials (1) Invierno (1) John Mayer (1) Lecturas (libros) (7) lenguaje gíglico (1) Let's sing it (2) letras (4) letters (1) literatura (1) lyrics (4) melancolia (1) montejo (1) Movies (3) Music Profiles (7) Musica (5) Música (9) NaNoWriMo (1) natalia (3) No - Ficción (85) no ficción (6) Noticias Nacionales (1) NYC (1) Oldies (1) olvido (3) Opinión (1) People (1) perfil (3) photography (2) pictures (1) playlists (1) Poema (3) poemas (3) Premio (3) qué más puedo decir? (1) Quotes (7) random (1) realidad (1) RECONOCIMIENTO (2) Recuerdos (2) recuerdos cercanos (1) Reflexión (15) Reggae (1) Reportaje (2) Reviews (3) Road to the Oscars 2010 (17) SAY (1) Shows (2) Stanford (1) sueños absurdos (1) Teatro (1) teconología (1) TOP 6 fotografías de la semana (9) trastornos mentales (1) Turismo (1) TV (1) USA (1) Venezuela (2) versos inversos (1) Viajes (2)
 
Real Time Analytics