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Monday, September 7, 2009

III. (cont. de Natalia de Pies a Cabeza)


III.

Una mañana de agosto, Natalia abrió sus ojos y me acarició el pecho. “Vámonos de aquí, quiero ver un Tepuy”. Yo, mitad dormido, pensé que estaba soñando. Las palabras que acababa de escuchar no tenían mucho sentido para ser algo verdadero. Y sin embargo, lo eran. Eran las palabras que daban forma a uno de sus tantos antojos. Quería conocer los tepúes, a más de 20 horas de la ciudad capital y yo, al darme cuenta de su seriedad, me desperté y casi inmediatamente empezamos a empacar. Tenía que trabajar el día siguiente, pero eso poco importó. Reuniones con clientes importantes se cancelaron mientras nos besamos apasionadamente una última vez antes de partir en nuestra primera gran aventura.

Tal era nuestra ingenuidad que no llevábamos carpa. Ni cava. Ni cobijas. Ni cámaras. Sólo un par de traje baños, un suéter y una toalla. Salimos en mi camioneta, una Caribe del 87, y la escuché hablar sin parar casi todo el trayecto. Empezó hablándome sobre su infancia, recuerdos remotos de su abuela que echaba los mejores cuentos que ella había escuchado en su vida. Varias veces intentó contarme estas anécdotas pero a la mitad se rendía y se justificaba diciendo que nunca serían iguales y que tan sólo intentarlo era un crimen. Se arrepentía de no haberlas escrito una por una cuando pasaban las tardes hablando y compartiendo historias.

Eventualmente se quedaba dormida por ratos y yo me entristecía con el silencio absoluto que inundaba el carro. Pensaba en todas las cosas que me había contado y en lo extenuante que debería ser hablar tantas horas seguidas. No entendía cómo no estaba ronca o afónica de tanto hablar. Manejé corrido a La Gran Sabana. Cómo no tenía ni mapas, ni gps, ni experiencia en esto nos perdimos un par de veces en el camino. Sorprendentemente todos los caminos llevan a Roma y unos cruces eran suficientes para encaminarnos en la dirección correcta.

Llegamos después de casi 25 horas manejando. Yo estaba exhausto, Natalia no tanto. Eran las tres y cuarenta de la madrugada y ahí, en lo que en la oscuridad parecía un abismo absoluto presenciamos el cielo más estrellado que jamás habíamos visto. Natalia salió del carro, corrió hacia la inmensidad, regresó y lanzó una toalla sobre la grama (o tierra? Ni se). Sólo sé que nos echamos boca arriba y nos amamos hasta que el sol salió y reveló un paisaje sencillamente indescriptible y la sinfonía de animales (de los cuales prefiero no pensar) nos reveló la naturaleza de la sabana que nos envolvía con pasión y consentimiento.

Su próximo antojo era el de subir el Roraima. De casualidad y teníamos los zapatos adecuados para dicha excursión pero optamos por pasar por Santa Elena de Uairén primero a equiparnos mejor con comida, carpa, suéteres y demás utensilios. Para Natalia, nada de esto hacía falta, y sin ánimos de quitarle el romance a nuestra escapada logré convencerla de la gran falta que no harían una vez en la cima del Roraima.

Acompañados por un par de pemones que cargaban con todo nuestro equipamiento, subimos el Roraima sin más entrenamiento que el amor que sentíamos uno por el otro. Ingenuos los dos, desconocíamos que la duración del trayecto para ameteurs era de 4 a 6 días, dependiendo del ritmo de escalada. Pero este pequeño obstáculo no nos impidió que disfrutáramos de semejante experiencia, y a pesar de que sabía que seguramente me estaba metiendo en problemas en la firma donde trabajaba, eso tampoco importó.

Explicarle a Natalia que ella era tan única como aquellas especies de flores y fauna que sólo existen en el Roraima era casi tan imposible como hacerle entender a un bebé cómo había llegado a este mundo. Su incapacidad para apreciarse a sí misma la hacía humilde y vulnerable ante la naturaleza y esto resaltaba mi necesidad de amarla y protegerla sin precedentes.

Al llegar a Caracas perdí mi trabajo pero gané una experiencia inolvidable. Aprendí que actuar impulsivamente no siempre lleva a las mejores consecuencias pero ¡qué tremenda energía la que te brinda! Natalia se sentía mal por mí, lloraba y me pedía perdón cada media hora. Esto fue probablemente lo único que lamenté y sin embargo, ni que pudiera ir atrás en el tiempo cambiaría esta experiencia que tuve a su lado. Había vivido sin duda la mejor de las aventuras.

Monday, August 31, 2009

II. (cont. 'Con Natalia de pies a cabeza"



Cuatro o cinco días después – ya no recuerdo bien- en una tarde de a ratos lluviosa, me encontré con una Natalia sonriente, feliz, ligera y amable. Es extraña la sensación que sentí al encontrarme sólo con ella en el gazebo de su jardín. Estaba seguro que esa que tenía en frente era otra muchacha, mucho más simpática y feliz con el mundo que la rodeaba. Decía chistes a diestra y siniestra y se reía mostrando aquellos hoyuelos que empezaban a volverme loco. Ella seguía con sus monólogos y yo seguía anonadado admirando su forma tan extrovertida de ser. Su estado de ánimo era incompatible con el clima, sin duda un día gris y oscuro por lo general tiende a hacernos sentir un poco apagados pero no, con ella todo era diferente. Me pregunto si ella sería siempre la excepción de la regla, o lo inverso a lo común. Creo que eso era lo que me atraía más de esa creatura, que sin duda era única. Nadie en el mundo entero se podría parecer a ella y eso me hacía sentir afortunado de haberla encontrado en mi camino. Terminó su monólogo con un “y tú? Por qué estás tan callado? Cuando te obstines de mi me lo dices, eh?” .
Ella era completamente incapaz de comprender el efecto que tenía sobre mi, o sobre cualquier persona, no entendía por qué a veces podía quedarme callado por horas solo viendo y escuchándola hablar. Yo tenía en ese entonces 24 años y nunca antes había sentido nada igual. Era pues un chico emocionalmente virgen y finalmente había llegado el día en el que todo eso quedara atrás.
A veces me divierte pensar que he vivido dos vidas o una dividida en dos. Pre- Natalia y Post-Natalia. Al segmento Pre-Natalia lo he titulado “dormido” y al segmento post, Despierto. Esto es así porque ella despertó mis sentidos, los acentuó, los refinó al extremo de no reconocerme en el espejo. Vivir para otra persona no es lo que muchos se imaginan, no es fácil pero tampoco difícil. Tiendes a olvidarte de ti, de tus sueños, de tus ambiciones y dejas de hacer todo lo que hacías antes de conocerla para hacerlo todo para ella. Si me despertaba era para hacerle desayuno, si hablaba era para entretenerla, si leía era para que escuchara mi voz. Era exhaustivo vivir así, y sin embargo lo hacía, todos los días lo hacía y era feliz haciéndolo porque para mí, Natalia era tan necesario para vivir como el oxígeno. Ella era una droga y yo ya era el ser más adicto del planeta.
Si no fue fácil vivir con ella, más difícil aún se me ha vuelto vivir sin ella. Sin su olor. Sin sus hoyuelos. Sin su tristeza. Sin su constante tararear de canciones que hoy no dejo de escuchar. Todo lo que me rodea me recuerda a ella y me atrevo a decir que su constante recuerdo es lo único que me mantiene vivo, respirando. Mi familia no aprueba de esto. Quieren limpiar mi casa y dejarla sin rastros de su existencia. Quieren que me vaya a vivir a otro país. Que empiece una nueva vida. Que entienda que hay un mundo más allá de Natalia y que yo sólo tengo que conseguir mi camino sin ella. Conocer a otras mujeres, enamorarme de otras personas. No entienden lo infinitamente imposible que es para mi imaginarme una vida sin que su presencia esté conmigo en cada instante. No quieren comprender que al menos con su recuerdo puedo vivir, que sin eso no soy nada ni nadie y que el rompecabezas de mi vida sólo está completo con ella.
Con los años he perdido mi identidad. Y con ella el apetito hacia la vida. Los días para mi son un lapso de horas en las cuales me obligo a inhalar y exhalar aire mientras hago cualquier estupidez para que el tiempo no se me haga tan insoportablemente lento. La agonía que siento a veces es imposible describir en palabras. Imagina escuchar la canción Comfortably Numb infinitas veces y tal vez agarres una ojeada de lo que siento 24/7. Muchos piensan que es una lástima y una tristeza horrible esta situación en la que me encuentro. Yo respondo que para mí la vida de cualquier persona que no tuvo la dicha de compartir con mi Natalia es una absoluta tristeza. Por supuesto que ellos no me entienden. Y tampoco espero que lo hagan. Después de todo, ellos no saben lo que era vivir con alguien así.
A menudas veces Natalia escribía para mí y sobre mí. Aquellas cartas, cuentos, poemas y dedicatorias las atesoro como pocas cosas en esta vida. Me las se, todas me las he aprendido palabra por palabra, respiro por respiro. Ellas me alimentan el alma y la esperanza de que sigue conmigo, porque existe através de ellas. ¨Las palabras son inmortales, ergo soy inmortal cuando plasmo lo que soy en papel” solía decirme, sobre todo en sus últimos días cuando ya ambos sabíamos lo que el destino tenía guardado para ella. “No estés triste. Sonríe. Sonríe para mí”.
El día de su despedida Natalia intentó hacerme jurar que yo seguiría adelante con mi vida. Que vería el tiempo que habíamos pasado juntos como un capítulo del libro de mi vida, y que todavía quedarían muchos más por venir. Yo me resigné a no jurarle nada que sabría no podría cumplir. “Júramelo, sólo júrame que vas a intentar volver a enamorarte de otra persona”. Y yo no respondía. Sólo reía entre lagrimas amargas tratando de aferrarme de lo poco que quedaba de ella.

Sunday, August 9, 2009

Con Natalia, de pies a cabeza


1.

Natalia me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Según ella, nuestros sentidos, estupefactos ante una nueva experiencia tienden a mandarle señales equívocas al cerebro, maximizando una serie de situaciones y acciones que en realidad, sólo fueran la infinitésima parte de lo que realmente sucedió. Esos, sólo esos momentos son los que recordamos mientras el palpitar de nuestro corazón se acelera y sentimos – o pensamos sentir, mejor dicho- una serie de sentimientos absurdos que nos pone un tanto vulnerable ante lo que sucede alrededor de nosotros. “Vaya hipótesis” le contesté. Después de todo, me había enamorado de ella precisamente por esta clase de ocurrencias, y como ésta tenía miles. Todos los días sacaba a la luz una nueva, entreteniendo mi corazón y alimentando mis neuronas de dosis concentradas de ella, porque era ella y sólo ella la persona capaz de generar tales afirmaciones y era lo que la diferenciaba del resto del mundo. Cualquiera diría que sus pecas en lugares tan bizarros como en sus rodillas, nudillos, muñecas y codos, eran lo que la haría única y especial pero para mí eso era sólo un detalle de su exuberante y espectacular físico que a veces alimentaba mi ego al hacerme sentir el ser humano más afortunado del mundo por contar con semejante compañía a mi costado.

Ante tales comentarios era imposible preguntarme a mis adentros si ella tenía algún recuerdo memorable conmigo? Si lo había diminuido con su hipótesis y si pensaba que todo lo que vivíamos juntos era una serie de acontecimientos insignificativos e ilógicos que poco tendrían que ver con el amor y el compañerismo. Casi inmediatamente luego de hacerme tales cuestionamientos me arrepentía e intentaba ocupar mi mente con cualquier otro pensamiento que sustituiría el anterior sólo para no preocuparme de ser tan poca cosa para ella.

En el verano del 2006, tres meses después de habernos conocido, pasábamos todas las mañanas, tardes y noches juntos – por no decir todas las horas del día-. Era extraño compartir tanto y no aburrirnos el uno del otro. Me atrevo a decir que desde entonces vivía y existía sólo para ella. Para acompañarla. Para alimentarla. Para besarla. Para darle todo el amor y todo el afecto que una persona puede darle a la otra. A veces le leía cuentos, otras ella me ponía música y nos echábamos en el sofá, abrazados, a cantar y tararear las canciones que poco a poco fueron formando parte del soundtrack de nuestras vidas y de nuestra historia juntos. Una historia que duraría poco pero que sería la única historia que realmente conocí. La que viví junto a la mujer que me completó y me llenó lo suficiente como para vivir una eternidad sintiéndome afortunado por el tiempo que pude compartir con ella.

Natalia era una chica bizarra. Pasaba días felices y otros tristes. Tal vez piensas que todos somos así y que todos vivimos felices y tristes a veces, pero con ella era diferente. De repente de lunes a miércoles era el ser más feliz del universo, y luego de jueves a domingo era el ser más miserable. A veces en un mismo día la observaba despertarse triste y acostarse feliz. Nunca pensé que alguien pudiese cambiar de estado de ánimo tan drásticamente, porque más que sentir tristeza ella sentía desmotivación hacia todo en la vida. No tendría ganas de hacer nada ni de opinar –cosa bien extraña para ella-. Cuando estaba ‘desmotivada’ sus afirmaciones eran pesimistas, de humor negro y para muchos, difíciles de digerir. Su bipolaridad no afectaba el cariño que le tenía, más bien acentuaba las ganas que tenía de protegerla y cuidarla durante toda una vida. Y eso, toda una vida, fue precisamente lo que faltó para tenerla siempre a mi lado, siempre conmigo. Porque verás, yo aprendí a querer, a realmente amar con ella, pero no aprendí que a veces el mundo tiene un destino planeado para nosotros y que, no importa lo que hagamos, él siempre va cobrar vida al final. No, yo siempre fui de los que pensaba que el destino lo va construyendo uno mismo en el camino, pero dado a cómo ocurrieron las circunstancias hoy en día prefiero pensar que estuve siempre equivocado, ya que me niego a aceptar que Natalia construyó su destino, un destino que la llevaría a la muerte antes de cumplir los 26 años.

La conocí una mañana de marzo. Yo estaba en el centro médico esperando que me atendiera el doctor por una otitis aguda mal curada que me estaba volviendo loco. Ella estaba ahí, en la sala de espera, intentando leer un libro que al parecer era bastante aburrido porque al ratito me empezó a buscar conversación. “No te parece un absurdo que le exijan a uno pedir una cita para igual tener que venir y esperar 3 horas para que te atiendan? Quién entiende a esta gente.. yo sé que yo nunca lo haré.” ‘Cierto, yo tampoco entiendo nada’ respondí, sin saber mucho qué decir ante una situación como esa. Ella seguía hablando sobre el tiempo que tenia esperando, el libro mal escrito que tenía en las manos, la poca paciencia que Dios le había otorgado, y quien sabe qué otras ridiculeces. Por un momento sentí que era la profesora de Snoopy que habla y dice palabras sin sentido. Yo estaba estupefacto, viéndola hablar y hablar por minutos sin parar, sin preguntarme nada. Aquello era lo más cercano a un monólogo que yo había presenciado y una parte de mi estaba encantado ante la presencia de semejante creatura. Tenía el pelo negro, los ojos miel y la piel blanca como una porcelana. Cada vez que sonreía se le formaban dos hoyuelos al borde de cada extremo de sus labios. Poco tiempo después la enfermera llamó a Natalia Martínez y ella se levantó, sacó una tarjeta casera de su bolsillo y me la entregó mientras me preguntaba cuál era mi nombre. “Alfredo Vegas” le contesté, inmediatamente me contestó “Un placer”.

La tarjeta probablemente la diseñó ella misma y la imprimió en casa. Decía “Natalia Martínez, escritora independiente” acompañado de una dirección de correo electrónico y una página Web que asumí era un blog donde publicaba sus escritos. Al llegar a casa prendí casi impacientemente la computadora e ingresé en su blog, extraña página llena de citas, ensayos y cualquier ocurrencia de la susodicha. Pasé horas leyendo sus escritos, recuerdo haber pensado que la carrisita tenía mucho talento y procedí a escribirle un correo dándole las gracias por compartir su escritura conmigo e invitándola a un café la semana siguiente. Dos días después –como quien no quiere la cosa- me respondió el correo con la cita concretada “Café Olé, Las Mercedes, martes 4:00 PM”. Esa fue la primera de muchas tardes que pasaríamos juntos, hablando de cualquier tema y compartiendo –sin saberlo- los pocos meses que nos quedarían juntos por vivir.

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