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Tuesday, July 5, 2011

(Cuento-Ficción) Esperando a Elena

Son las 4:15. Espero, impacientemente, a que Elena me pase buscando. Ella nunca es puntual, yo eso lo sé, pero esta vez habíamos quedado en que me pasaba buscando a las tres y media y ya ha pasado casi una hora y nada. Su impuntualidad es algo que yo difícilmente puedo tolerar. Estoy tan acostumbrada, que hoy, a las tres y cuarto fue que me metí a bañar. Pero la verdad es que yo soy rápida. Coqueta, pero rápida. A las cuatro en punto ya yo estaba bañada, vestida, maquillada, con el cabello secado, las piernas depiladas, perfumada y con cartera en mano. Se supone que hoy vamos a ir a un bazar y luego a un bautizo de un libro en la librería esta chévere de Los Chorros.

Reviso el Blackberry pero nada, no hay ninguna señal de ella. No quiero ser la comadre fastidiosa que la presiona, porque después de todo, ella es la que me está dando la cola a mí. Yo mejor espero pacientemente y me doy con un peñazco en los dientes porque tengo una amiga que me viene a buscar hasta La Florida (cuando ella vive en Prados del Este). La verdad es que mi carro está malo, lleva como tres semanas en el taller y yo no me acostumbro a andar en taxi en esta ciudad. Primero porque es un peligro. Segundo porque es una pérdida de glamour total.

Así que realmente, llevo casi tres semanas sin salir de mi casa. Con la suerte de que tengo una tienda de exquisiteces a una cuadra y he podido subsistir haciendo el mercado ahí. De vez en cuando le pido el favor a mi hermano que me saque a hacer diligencias y he salido dos o tres veces con Elena, cuando me pasa buscando. Del resto, he estado aquí, aburridísima pero aquí. Y te digo, no ha sido del todo mal. He descubierto muchas cosas. Antes, cuando me metía en internet, sólo veía Facebook y mi correo electrónico. Ahora, me he acostumbrado a leer las noticias, las críticas de cine, a hacer un rompecabezas diario, a ver los videos más vistos en Youtube, a pasearme por la cartelera de teatro de esta ciudad y a buscar recomendaciones gastronómicas también. Como no he podido ir a mi clases de Yoga, ahora veo una instructora por Youtube y hago los ejercicios en mi sala.

Saqué un millón de cosas que tenía guardadas en un baúl de recuerdos y me he paseado por fotografías antiguas. He tomado todo el vino que tenía en la despensa. He reído. He llorado. Pero la verdad, es que no la he pasado mal. Bueno, un poco aburrida porque a veces me provoca ir al cine, y no puedo. Al teatro, y no puedo. A la galería, y no puedo. Me perdí la Feria Internacional de Arte. Me he perdido como seis partidos de Bridge en el club. Y también que la soledad a veces me afecta. Yo tengo cincuenta y cinco años y sigo soltera, cosa que no me molesta mucho, porque por lo general me mantengo lo suficientemente ocupada como para que no me moleste, como para pensar, más bien, que con alguien no podría vivir la vida tan activa que llevo. Pero la verdad es que cuando te pasan estas cosas, y estás tres semanas prácticamente sin salir de tu casa, te das cuenta de que estás sola. Y los días pasan y te sientes más sola. Hasta que Elena me llamó animándome para ir al bazar y al bautizo, mira! Ya va una hora y media de retraso y no sé de ella. Me siento plantada. Ay, pero es que me da una calentera cuando me pasa esto. Es horrible. Es como que estás lista para salir de tu casa, con expectativas de salir de tu casa, desesperada por ver gente, por hablar así sea del huevo revuelto que te preparaste en la mañana, y en vez estás sola en un sofá viendo al otro extremo de la casa, esperando y esperando. Ayy. Qué horrible es la espera en verdad. Si Elena no me hubiese llamado, de seguro la estaría pasando mejor en este momento. Tendría, probablemente, mi pijama de seda puesta, y estaría echada en mi cama leyendo algo bueno. O sentada en la compu navegando la web. Algo estaría haciendo. Algo, definitivamente, mejor que esto.

No aguanto más. Saco de nuevo el celular. La busco entre mis contactos. Le escribo compulsivamente

Elena!! Dónde estás mijita? Estás bien? Dijiste a las 3:30. Son las 5:00. Qué te pasó?
PING!!!
PING!!!!

(No lee los mensajes)

Ay, chica. ¿Será que la asaltaron? ¡Ay!,¡no! Cancelado. Pobrecita. Que raro Elena que ni tenga el celular a mano para leer los mensajitos. Que cosa más extraña. Esa loca. Seguro tiene la música a todo volumen y el celular metido en el fondo de la cartera esa que tiene. Que además, es gigantesca. Y la llena de peroles como si fuese un fin de semana a la playa y tuviese sólo ese bolso para meter sus cosas.

Eso, debe ser algo de eso. Mejor la llamo. Los mensajitos normalmente no suenan casi. El teléfono, por el contrario, cuando te llaman, suena bastante. Bueno, si es que no lo tiene en silencio o vibrar, que es casi siempre mi caso. Bueno bueno bueno, la llamo. Speed Dial. E. Llamando. Repicando… ajá, ajá. Coño. Contestadora al tercer repique. Eso sí que es raro. Hmmm, ya no me está gustando esto pero en lo más mínimo. La incomunicación en su más elevada expresión.

¿Qué hago? ¿Me doy por vecida y me vuelvo a poner mi pijamas? ¿La sigo esperando? ¿Llamo a mi hermano a ver si me quiere sacar él y hacemos el mismo plan? Ay, Dios. No sé qué hacer. La voy a volver a llamar. Eso. Mejor la vuelvo a llamar que esa seguro me atiende en una de estas.

Ringggg
Riggggg
Ringggg

Otra vez la contestadora. Que fastidio vale. Llamo a mi hermano. Esta no me va a dejar embarcada así no más. Llamo a mi hermano, me responde con una voz de apurado y fastidiado, como le hubiese interrumpido algo.

-Alo?
- Alo hermano, cómo estás?
- Que pasó Ángela, todo bien?
- Si bueno, mas o menos, tenía ganas de salir a un bazar y bautizo de libro, pero sigo sin carro, tu que estás haciendo?
- Estoy ocupado hermanita. Te llamo en la noche

Y con esas me trancó el teléfono y me quedé con la palabra en la boca. Bueno definitivamente que no saldré de mi casa. Pero para qué me voy a poner la pijama otra vez. Tan linda que me puse. Mejor prendo la TV a ver si están pasando algo bueno por DirecTV. Paso de un canal a otro cuando de repente veo que suena el teléfono, y en efecto es, Elena.

Los ojos casi se me salieron de su órbita cuando vi que era ella. Atendí rápidamente el teléfono. "Miijiiita pero qué te pasó? Me tienes al borde de un ataque nerviosooo" le digo.

"Ángela, pero tu estás medio loca?! Estaba enseñando unos apartamentos. Recuerda que lo del bazar y el bautizo es el jueves. Estamos a miércoles, querida".

(No sé si llorar o reír)

Wednesday, December 22, 2010

Meet Cute

Melinda was running late. She had told her friends she would be there at 5:30, and she left her house at 5:35, and still had to stop by the outdoor market to buy some fruits for the fondue gathering. On her drive to the market, words and feelings from last night's phone conversation with Angela kept spinning through her head. Angela, one of Melinda's closest friends, who had moved to the west coast nearly five months a go, had called to announce her engagement. She couldn't avoid think about what her friend sentenced last night: "Melinda, I swear, if you don't move to another city,  or at least make some effort to meet someone, you're never going to find  anyone right for you". Angela always wanted to set her up with her guy friends but Melinda hated this because of it's "forced" nature. Eventually, Angela got the message and stopped trying to fix her up with people. Even though Melinda wasn't as superficial as her friend, she had always wondered why there was such a scarcity of good looking men in Claremont. At 5:43, she was parking her small sports car at the market. She quickly took several paper bags and started picking green apples, peaches, bananas, pears, and mandarin.   She was almost ready to go when she remembered one of the best fruits to combine with chocolate was strawberry.  She turned around, and quickly walked towards the berries area to grab some. She aimed directly to the strawberry basket without realizing there was a striking young man in the same spot, with his hands inside the basket. Their fingers touched in the midst of all those berries and she looked up to find a pair of emerald green eyes and an adorable-dimple-smile looking back at her. A tall, ghost white, black hair beau apologized, for what seemed like no good reason, and she didn't know how to respond. Her jaw fell open in astonishment and then, in embarrassment after a few giggles, she managed to say "No, I'm sorry, I'm in such a hurry I didn't see you until....". The instant these words escaped out of her mouth she regretted saying them. They had killed any possibility of an interesting conversation taking place. "Oh, ok, I'll stay out of your way, then"... but she was fast enough to tell him "No, It's ok! I'm already late anyways". He laughed. She laughed. And then asked the inevitable "why so many strawberries?" "Oh! I have a get together with my girlfriends, we're supposed to drink wine, eat cheese and chocolate fondue and talk about our unexciting and non-existing love lives." He kept looking at her with a question mark on his face, so she explained "the strawberries are for the fondue". But apparently, the strawberries were covered, his puzzled face was for an entire different reason, "How come a beautiful woman like yourself has an 'unexciting and non-existing' love life?" Melinda blushed at the question, but felt completely flattered and excited he thought she was beautiful. She took advantage of the situation and told him "that would take hours and many cups of wine to explain". The stranger looked deeply in her eyes, smiled and asked her "how about over dinner, Friday night?" Melinda couldn't believe it. In what alternate universe was living in? How did this happen? She felt like she was part of a movie. She quickly smiled back at him and told him "sure". They exchanged numbers, smiled at each other, said their good byes. And Melinda forgot she was in a hurry. As she walked back to the car she still couldn't believe what just happened. She turned the engine on, speed dialed her friend. She couldn't wait to tell her what had happened. Almost immediately she hung up. Maybe she should keep this to herself. At least until the date takes place.

Monday, December 6, 2010

El alma siempre sale a flote


Ricardo estaba cansado. Llevaba muchos años con la misma carga a cuestas. La promesa de ayudar a quien necesitaba de él, quien moría por él, quien respiraba por y gracias a él. Asumió esta responsabilidad como había asumido muchas otras en su vida, pero ésta en específico requirió de muchas cosas. Una de ellas olvidarse por completo de la palabra "yo". En un intento de ser generoso y caritativo, de olvidarse de si mismo para ayudar a los demás, vertió en un envase todas sus ambiciones personales, pasatiempos, pasiones, amigos, conquistas, mujeres, y sueños mojados. Cerró el envase herméticamente, por una causa noble, que de seguro lo ayudaría a convertirse en mejor persona y remendar el alma por las pocas cosas malas que había hecho en su vida. Esto tendría que desaparecer las viejas cicatrices. Sacrificaría su vida por algo mucho más puro. Y todo valdría la pena.

Pero la verdad es que ya han pasado tres años, y hoy Ricardo se encuentra frustrado y completamente deprimido. Entre tanto pensar en los demás y dedicarse a cuidarla, se había perdido en un laberinto de heridas y remordimientos, de quien se entregó a algo sin ver las consecuencias que esto traería. A menudo conseguía sentir satisfacción personal por el bien que había hecho, sólo para en ocasiones ser rebotado en su cara por la misma persona, que en momentos de ira y frustración, se quejaba de su caridad por no tratarse de acción consecuencia de un amor correspondido. 

Ricardo no entendía de dónde venían sus quejas. "Pero si estoy aquí para ella cuidándola y dándole mi compañía". Y es que ella nunca quiso su caridad. Lo único que ella quería era su amor. Por otro lado, en el fondo de su alma Ricardo había adoptado este trabajo pensando en lo que él podía sacar de esa experiencia, como por ejemplo que de alguna forma lo iba a ayudar a borrar el pasado, a sentirse bueno, a remendar su alma. Naturaleza al fin de una persona egoísta que no hace nada si a la hora de las chiquitas no es para beneficiarse a si mismo

Anoche Ricardo no cerró ojo. Se encontró echado en su estrecha cama, fantaseando con todo aquello de lo que había vertido en el envase. Quería una mujer para amar. Un trabajo que lo colocara en una posición prestigiosa a nivel profesional. Quería recorrer el mundo treinta veces, conocer hasta el último rincón a la derecha. Olfatear las flores más exóticas. Tirarse de paracaídas. Ricardo sólo podía pensar en todas las cosas que estaba perdiendo, al estar ahí, cuidando de alguien que no apreciaba sus intenciones y que sólo sufría al verlo tan cerca de ella sin poder tenerlo realmente. 

El cansancio y la tristeza de sentir que perdió tres años en vano lo llevaron a escribir una carta de despedida llena de frases bonitas que consiguieran consolar a quien leyera esas líneas tan inesperadas. Y en el camino largo y frío de regreso, en el que el autobús se tambaleaba de un lado a otro por las fuertes brisas decembrinas, Ricardo tuvo muchas horas para pensar en su alma. La realización del trasfondo de todo lo que había y no había pasado,  fue lo que lo golpeó duramente. Darse cuenta, por ejemplo, de que no se trataba de un alma caritativa si no de un alma sedienta de autosatisfacción, le revolvió las vísceras. Verse al espejo por unos cuantos minutos y entender que el reflejo está lleno de ego, era algo que desafiaba su mentira mental de todos los días, rompiendo en mil pedazos la superficialidad de su vida y llegando a entender que nunca se desprendió de si mismo. Esos años se trataron únicamente de él- presente y futuro de un eterno egoísta.


Friday, October 22, 2010

El mensaje que no se dejó leer.

El reloj marcaba las 10:10 am. Reinaldo se preguntaba por qué todavía Carlota no había leído sus mensajes, escritos hacia muchas horas del día anterior, abandonados en el chat con una d minúscula que indicaba que el mensaje había sido enviado. Mas no leído.

Se imaginó cualquier cantidad de situaciones. Se quedó dormida. Chocó. Le robaron el Blackberry en el tráfico y ahora los malandros se están haciendo los locos. Se le cayó cuando se bajó del carro y no se ha dado cuenta de que está debajo de su auto, estacionado en el garaje de su casa. O tal vez se cayó en la piscina, se quedó sin batería, el perro se lo llevó y lo mordió hasta volverlo trizas. Quien sabe.

Pensó, tal vez, que pudo leer la vista previa desde el chat con otra amiga y fue suficiente para espantarle la idea de abrirlo y enfrentarlo en la conversación cibernauta. Pensó y pensó. Muchas cosas. Pero la verdad era una. Redonda y absoluta. Carlota permanecía sin leer el mensaje. Y ella tenía que leer el mensaje.

Se recordó de sus clases de Teorías de la Comunicación. Marshall McLuhan. El medio es el mensaje. Y empezó a ver todo más claro. Dentro de su cabeza, sólo una palabra rondeaba en su cerebro. Medio. Y llegó a su conclusión definitiva "Aquí lo que está fallando es el medio, evidentemente, hay un emisor, hay un receptor, y sin embargo el mensaje no ha sido recibido. Evidentemente. Tengo que cambiar el medio."

Agarró el celular. Marcó el número que por supuesto no se sabía de memoria, pero que tenía grabado en su agenda. Empezó a repicar. Su boca se empezó a secar. Las manos empezaron a sudar. Su corazón empezó a latir más y más rápido con cada repique del celular. Hasta que por fin escuchó algo en el fondo. Una de esas voces automatizadas de la empresa telefónica pidiendo que dejara un mensaje después del tono.

-hhola Carlota. Cómo estás. Es Reinaldo. Necesito hablar contigo. Por favor llámame apenas leas mis mensajes. Un
beeep.

Y trancó el teléfono brúscamente. Mientras se observaba en el espejo del baño. Tan fastidiado, nervioso e inseguro que hace 20 minutos. Cada vez que veía el celular para ver la hora o para ver si tenía alguna respuesta la pantallaba anunciaba prácticamente la misma falta de información. Números que transcurrían lentamente. Como quien se sienta a ver la arena transcurrir de un extramo a otro en un reloj de arenas grande sobre la mesa. Pensando en no pensar. En agarrar el carro e ir a buscarla. Pero primero no podía dejar de intentar todo lo demás.
Facebook.
Twitter.
Blogger.
Flickr.
Msn Messenger.
Hotmail.
Google Talk.

Y pare usted de contar. No habían signos de vida en ninguno de los perfiles de Carlota. Por lo menos no en día y medio. El número de su casa era completamente desconocido. ¿Quién da el número de su casa hoy en día? Y empezó a buscar las llaves del carro, hasta que se montó en él y se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea en qué edificio vivía Carlota. ¿Cómo iba a ir a por ella?

Tenía meses hablando con ella todos los días a toda hora por el bendito chat. Se sabía hasta la historia de sus papás y primos. Quería invitarla a salir. Llevarla al cine, a cenar, a tomar, a bailar. Al parque. Quería agarrar su mano y conquistarla para siempre. Pero ella esperó y esperó.

Y ahora que llegó un nuevo mensaje, no sabe si le interesa leerlo.

Monday, June 7, 2010

(Cuento) Marrakech

Daniel tiene 27 años. Ciudadano de una Estocolmo fría y costosa, cinéfilo frustrado, contador público, solitario y soñador, se dedica a escribir guiones ignorados en sus minutos despejados de sumas, restas y multiplicaciones. Su vida tiene dos vertientes: la que vive en carne propia, y la que vive en sus películas clásicas predilectas, una vida junto con Ingrid Berman y Grace Kelly, donde el círculo cromático es sustituido por el Blanco y el Negro. Ahí, él no es un empleado más, no. Él es el protagonista.

En su día a día interactúa con pocas personas, una vida de quien fuese un soñador eterno, algo así como Amelie. La realidad es su obligación, el oficio lo que le da los insumos para pasar las noches inmerso en su soledad fílmica, acompañado de cotufas y calefacción máxima. Pero un día, uno de esos tantos días en el que su VHS proyectaba 'Casablanca', se quedó dormido cuando Rick Blaine llega a Marruecos con el objetivo de establecerse ahí y vivir una nueva vida.

A la mañana siguiente, todo era muy claro para Daniel. Una visión entre ceja y ceja lo despertó y de repente, él sabía qué tenía que hacer, cuál era su nueva misión. Fue un momento mágico, de esos en los que uno siente que todos los elementos del cerebro hacen click. No se levantó para ir al trabajo.  Se quedó en casa, dando vueltas alrededor de su cama maquinando hasta el último detalle para llevar esa visión, de lo abstracto, a lo concreto.

Sin mucha necesidad de esfuerzo, Daniel empacó sus pocas pertenencias, entre las cuales se hallaba su colección de películas clásicas, y le entregó la llave a la conserje del edificio para que se la devolviera a su dueña. Agarró el primer tren a Paris, la primera de muchas paradas que culminarían en su destino final: Marruecos. ¿Por qué no? Si Humphrey Bogart, disfrazado de Rick Blaine, lo logró, ¿quién dice que él no podía hacer lo mismo? Pues sí, el también alcanzaría a vivir su sueño y si no pues moriría en el intento pero se respetaría a si mismo por agarrar su vida por las riendas y tener los cojones de hacer lo que lo apasiona.

Después de mucho viajar, y conversaciones entusiastas con completos extraños para hablar del riesgo tan espectacular que estaba tomando en su vida, llegó a Casablanca. Una explosión de anaranjados en degradé vislumbró su vista y lo recibió con la certeza de que estaba viviendo su primera gran aventura.

Aquí Daniel ya no sería aquel contador público que sueña con ser cineasta y vive una vida ficticia. En Casablanca la ficción se convertiría en realidad y para ello Daniel empezó a presentarse como cineasta, guionista, director aficionado, captador de talentos, director de castings, editor profesional, lo que fuese necesario para posicionarse en la mente de la gente como un artista cinematográfico. 

Ante una ciudad de película pero con pocas personas conocedoras o especialistas en el área, Daniel surgió como sol en la playa y se llenó de éxitos en pocos meses. Ante la felicidad y disonancia de ser ahora, casi más grande que su ídolo,a veces siente la sensación de estar viviendo un sueño, o una experiencia completamente irreal porque casi pareciera demasiado buena para ser verdad. En estos momentos extraños, para sacurdise de esa impresión, siempre es necesario un momento para él. Un momento para recordarse que realmente él siempre fue ese artista grandioso, simplemente le tocó vivir una etapa de su vida bajo la sombra de números y fracciones, que realmente no tenían nada que ver con su esencia. Unos minutos en la terraza de aquel estudio, respirando el aire fresco marroquí, son suficientes para darle -cada vez que lo necesita- la seguridad de estar viviendo una magnífica realidad, de esas que sólo ocurren cuando uno las sueña y las desea por mucho tiempo y con toda la fuerza del mundo.

Saturday, May 1, 2010

(Cuento) Taste the rainbow

Me preguntaste muchas cosas ese día, algunas preguntas un poco más fastidiosas que otras. Querías saber todo sobre mí, fuiste de lo más general a lo más particular, como supongo es tu naturaleza.

Empezaste por la edad, luego querías saber cuál era mi ocupación, te paseaste por las distintas posibles religiones y me preguntaste cuál era el color de mis ojos. Querías que te enviara una foto, y yo te regañé. Ya sabes cuál es mi filosofía en este mundo de las citas virtuales. Lo primero es conocernos como persona, internamente. Si eso gusta, después de mínimo seis chats (en seis días distintos) entonces procedemos a enviarnos fotos. Si eso gusta, entonces ya sabemos que no estamos perdiendo nuestro tiempo. Te reías de mí. Claro, era tu primera vez en el mundo cibernauta. Yo soy de la generación Y, en el colegio me dicen “2.0”. Me abrí mi primer email cuando tenía cinco años, apenas acababa de aprender a escribir. Haz la matemática, claro que soy 2.0. Mientras mis hermanas mayores jugaban con muñecas, yo jugaba Tetris en la computadora, y tenía un avatar en Second Life. Tengo quince años y ya he pasado por 9 relaciones cibernautas, no todas han sido buenas pero supongo que he aprendido de las malas lo suficiente como para identificar cuáles son las fallas principales y reparar el sistema. Así tal cual como un disco duro. 

Por supuesto que lo primero que hice cuando me dijiste tu nombre fue googlearte y dar con tu partida de nacimiento. Cuando supe que no eras tanto mayor que yo me alegré, en el fondo creo que siempre tengo un poco de miedo de que al otro lado de la computadora esté un viejo verde pedófilo tratando de quitarse unos años de encima. Tenías, según mis cálculos, tres años más que yo y confieso, este pequeño dato me hizo querer saber todo de ti. Preguntas como ¿qué piensas de la venta de tierras en la Luna?, ¿quién es tu artista favorito? ¿qué canción cantas en la bañera? ¿cuál es la última imagen que se pasea por tu mente antes de dormir cada noche? ¿quién te entiende más, tu mamá o tu papá? , me pasaron por la mente pero tu seguías con tus preguntas básicas y no quería asustarte tan rápido. 


Confieso que me reí cuando me preguntaste si mi cabello era ondulado o liso. ¿Acaso importa? Tu obsesión por descifrar mi físico además de hacerme reir por tu inseguridad sobre mí, me irritaba un poco pues nunca me ha simpatizado mucho la gente muy superficial. Sin embargo, cuando te pregunté ¿por qué? Tu respuesta ‘sólo quiero tener una idea para dibujarte en mi imaginación’ me sacudió y robó una pequeña sonrisa. Me convenció lo suficiente para evitar colocarte dentro de algún estereotipo.
Ahí fue cuando te pusiste creativo, preguntándome cosas como ¿cuál es la primera cita que te viene a la mente? ¿qué país nunca me gustaría visitar? ¿cuántas veces has saltado seguido? y ¿cuándo fue la última vez que  te caíste o que te reíste sin parar por más de tres minutos seguidos? Ya en ese momento me estaba la cosa. Muchas de tus preguntas no las supe responder, por ejemplo que si conocía el Protocolo de Kyoto o  cómo se dice 'me gustas' en mandarin.  Quería quedarme toda la noche chateando contigo y riéndome de tus extrañas ocurrencias. Me sentía como Amelie cuando conoce al otro freak igual que ella. 

La mejor parte vino cuando me preguntaste la pregunta más bizarra de todas, o bueno, la que nunca nadie me había preguntado: ¿Skittles o M&Ms? Si te dijera que me dio risa y miedo tu pregunta, ¿me creerías? 
En la gaveta de mi mesa de noche hay tres bolsitas de Skittles. Esta extraña manía se repite en mi escritorio, cartera, bulto del colegio, y mesa de la sala de mi casa. Soy adicta a los pequeños caramelitos de colores que explotan sabores exquisitos en mi boca mientras se mascan casi como un chicle y se tragan como cualquier caramelo. 
Me dio risa la coincidencia y me dio miedo sólo pensar en la posibilidad de que no fueses un extraño en mi vida si no alguien que me conoce de fondo.  Debes saber de mí que suelo ser muy positiva. Al minuto de haber pensado eso me tranquilicé y te respondí con una carita feliz, no quería darte la respuesta en ese momento, prefería esperar esos seis chats y demostrártelo en una foto, aquí adjunta, por si no la has visto.

Me ha encantado hablar contigo y conocerte.  Estos seis chats han sido inborriables de mi disco duro. Tienes una personalidad muy fácil de llevar, un sentido del humor admirable y temas de conversación casi tan bizarros como los míos. Si no te gusta mi foto y por ende, quieres dejar de hablar, sólo te pido una respuesta al e-m@il. Sin ningún texto en el cuerpo o sujeto. Sólo "RE:      "


Un beso nervioso,

ÌhiÓacQp^imiVtic" 2.0

Thursday, April 15, 2010

El vestido de flores


Me puse el vestido de flores. Ya los Converse y los jeans rotos desteñidos habían emigrado –momentáneamente– a tierras lejanas, informales y de mucho caminar. Me puse el vestido de flores, y me sentía como una niña disfrazada de Audrey Hepburn, una sensación de belleza clásica sin duda muy peculiar.

Me puse el vestido de flores y desde el espejo, una joven coqueta, femenina y sofisticada me sonreía sin clemencia. Quería agradarme. Quería que me quedara con ella. En mi mente se dibujaba el leit motiv de aquel atuendo, sorpresa de agrado en sus rostros, y una sensación de aceptación genuina de parte de la más pequeña.

Me puse el vestido de flores, y aunque nada de esto hubiese pasado, si por ejemplo, después de esa cena en la playa, tus labios no hubiesen dado forma a esas palabras, en el fondo, yo quería tener un motivo para ponerme el vestido de flores. Porque lindo, como sabrás, tus palabras, o mejor dicho tu intención, me hizo sentir halagada. Después de escuchar tanto de ellos y saber lo especial que son en tu vida, sentía una mezcla de emoción con temor y añoranza por conocerlos.

Ese día llegué a mi casa y busqué en el closet el vestido de flores. Me lo había comprado hace un par de años –cuando lucía tres punto cinco kilos menos–en aquella boutique del Tamanaco, porque sabía que en algún momento de mi vida alguna fecha especial vendría, brindándome una oportunidad para lucirlo y demostrarle al mundo que yo también podía ser femenina, si quisiera, porque la madera estaba ahí, tejida entre mi piel. Escondida y camuflajeada por los converse y los jeans rotos que habían ganado la conquista de mi atuendo diario, porque sin duda iban más con mi personalidad bohemia, mi afán por sentirme cómoda y mi mala costumbre de sentarme en el piso a esperar, porque parada me canso muy rápido.

Así que me puse el vestido de flores, después de dos meses de dieta y una rutina diaria de bíceps, tríceps, cardio, entre otros ejercicios cuyas etiquetas aún desconozco, porque quererte a ti era también querer estar bella para ti, saludable para ti, flaquita para ti, y en forma para lucir con glamour aquel vestido de flores. Durante esos meses tu nunca sospechaste cuál era mi motivación, lindo, y aunque me decías que me amabas así, gordita como estaba, nada me hacía más feliz que trabajar para quitarme esos tres punto cinco kilos de más, para que vieras que yo también podía ser una flaquita linda, y más cuando me vieras con el vestido de flores.

Finalmente llegó el día, la ocasión para ponerme el vestido de flores. Tras deslizarse el cierre rápidamente por el eje cardinal sur – norte de mi espalda, una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi rostro: ahí estaba la primera prueba de que tanta dieta y gimnasio habían valido la pena. No quise enmascararme el rostro de maquillaje, ni alisarme el cabello, ahí lo atípico era el vestido de flores, lo demás era yo, la Sofía de siempre, de quien te enamoraste: con cabello ligeramente ondulado, labios pomposos y rosados, pestañas cortas, nariz afilada, uñas intactas y la misma personalidad de siempre, llevada por las mismas pasiones. Tú, el arte y la literatura.

Luego vino la segunda prueba. Tu cara al verme con el vestido de flores. Tus ojos redondos y brillantes, tu sonrisa de asombro, tus labios despegados infinitamente ante tal sorpresa, tus manos congeladas con temor a tocarme y dañar aquél vestido de flores que sin duda dejaría una gran impresión, según lo que me contabas en el carro, emocionado y yo nerviosa porque ya en pocos minutos sabríamos si tal vestido haría me quisiesen, así sea un poquito, para estar a tu lado, en los buenos y malos momentos.

Me puse el vestido de flores y creo que no me arrepiento. Salí triunfante de la tercera prueba y en efecto, me amaron, sí, en el momento. Luego les vino la sorpresa, cuando un día, pocos meses después, inesperadamente me vieron, de jeans rotos y converse y no entendieron, quién era yo y qué había pasado con la delicada niña del vestido de flores…

Tuesday, April 13, 2010

Tonic for the Vodka soul

His name was Jake. He reached the bar wearing spiderwebs over his eyes, and a deep wrinkle in his forehead. Everything about him smelled like defeat and as I looked at him through the glasses, empty bottles and lonely hearts, I could tell he was having a day from hell. Two of my regulars were in that night. And drinking like there was no tomorrow. I felt bad for Mr. newbie, who was still clearly sober. He just sat there looking like a lost penny. With my 'this is nothing, I've seen worse' expression in my face, I stared into his eyes while I asked 'What would you like tonight?', in my attempt to find out with what it was he wanted to drown his sorrows in. 'Anything. Give me anything to stop the pain'. As these words escaped his mouth, I knew I needed more information to prepare the remedy. 'Only if you tell me where it hurts and who is resposible for the pain', I sentenced. He gave me a tiny smile, that made happy I was there that night and after much hesitation, Mr. Newbie started telling me about the agony hidden in his scars...

Her name was Rachel. She was perfect: smart, pretty, nice, good person.... We met when I went to visit the Grand Canyon. She was there, by herself, had driven eight hours from San Diego just to look at the inmensity of the Canyon. I was there by myself too, and everything just fell right into place. Her smile, my eyes, it was like we were built for each other, you know? Have you ever had that feeling you've known that person from long before you actually saw her for the first time? Anyway. We clicked. And talked. And kissed. It was like being in a friggin' movie. Just perfect.

'But...' I couldn't help but say.

But -he continued- when the trip was over, she said she wanted to come with me to New York. I invited her to trust her instincts and come, and so she did. Two weeks after she moved in, walking back home from work I take a glimpse of this beautiful woman on a bar. I could only see her back. It looked familiar. I see this person talking closely to a man, who's whispering something in her ear, and seconds later, kissing her neck. Something in my gut told me to keep staring. Something was wrong. She kissed him back. I went inside the bar. Walked past the man. Turned around. It was her. And here I am.

I tried not to give him the "pity look". Even though inside I wanted to hold him like a little boy and tell him the typical"everything is gonna be alright. There are plenty of fish in the sea". For some reason, though I've listened to hundreds of sad stories, I never get used to them and always feel bad for my customers. My friends. So I didn't give him the "pity look". Instead, I poured the remedy -vodka, tonic, and lime- inside a frosted glass. And told him the truth.

'Drink up, buttercup. It's the only thing that will get you through'.

Friday, April 9, 2010

Fabricando memorias

Fabiana se despierta a las seis, el primero del año. Solitaria se pasea por su cuarto rosado, paredes forradas de animalitos celestes que traviesos se ríen de ella, ya de ocho años y todavía invadida de barbies y una infinidad de peluches de colores pasteles que tanto aborrece. A principios de diciembre se había prometido a si misma soportar su cuarto infantil un tiempo más si el niño Jesús se portaba bien y le regalaba aquella cámara fotográfica que tanto quería. 

Una diminuta sonrisa se dibuja en su rostro, haciendo hincapié en los bordes de sus labios, al recordar esa mañana de siete días atrás, en que fue sorprendida por una caja de zapatos forrada de papel periódico, que abrazaba una cámara clásica. ¿Nueva? ¿Usada? ¿Antigua? Eso poco le podía importar. Era de ella. Y era una cámara. Agradecida besó el bebé del nacimiento que adornaba el nicho de la entrada de su casa y corriendo fue a mostrarle a su papá el grandioso regalo que le había obsequiado el niño Jesús. Su papá, con una sonrisa de satisfacción personal entre diente y diente la felicitó. "ya sabes, mi amor, cuídala mucho, seguro le costó una pequeña fortuna".

Desorientada por el comentario de su padre (siempre pensó que el niño Jesús tenía privilegios gratuitos en el mundo entero) se regresó a su habitación a experimentar con su nuevo juguete. Encontró un rollo en la caja de zapatos, acompañado de una pequeña nota "Princesita, te regalo junto con la cámara un rollo fotográfico de 24 fotos. Adminístrala bien, son dos al mes. La próxima navidad te traigo dos rollos si te portas bien." Cerró los ojos. Intentó recordar cómo era que hacían en las comiquitas, y ayudada por su intuición y el ensayo y error, logró introducir la cinta en la cámara. Sigilosa observaba a su alrededor. Sin duda alguna que en esa habitación no había nada bueno que fotografear, sólo pruebas de que era, en efecto, todavía una niña. Ya la lucha contra el tiempo se estaba haciendo pesada, no importaba cuanto lo intentase, nunca iba poder alcanzar a su hermana, Clara, que en ese momento se encontraba en la cumbre de la adolescencia, a sus 16 años de edad.

Ahora, con su cámara en mano, Fabiana tenía una sóla ilusión: viajar por el mundo fotografiando aquellos lugares magníficos y todas las personas posibles, personas que de seguro tenían una vida más interesante que la de ella. O por lo menos más bonita.

En el momento se encontraban veraniando en su casa de la playa, en Punta del Este, en mes y medio se regresarían a Montevideo. Era una pequeña fantasía dentro de un mundo lleno de tristeza. La casa era una pequeña cabaña que su papá había comprado poco tiempo después de que muriera su esposa y madre de sus hijos años atrás, cuando Fabiana era todavía una bebé. Necesitaba un lugar que no estuviese impregnado en ella para poder superar la pérdida. Y también era una distracción para sus hijas, sobre todo para Clara que en ese momento tenía siete años y el corazón destruido.

Esa última semana del año pasó rápidamente mientras Fabiana observaba cada detalle que la rodeaba, en su cuarto infantil, en la cabaña agrietada, en el cuarto abandonado de su padre, en la habitación húmeda y traviesa de su hermana adolescente. Se abrieron clósets, latas, puertas que chillaban con el crujido de la madera y terrazas que absorbían el sol y la salitre para recordarle que no estaba en cualquier lugar, ella se encontraba en la playa. Observaba todo. Quería ver algo magistral. Y cuando pillara esa hermosa figura, persona, objeto, o momento, ese iba ser el intante del click. Mientras tanto se encontraba en una búsqueda perpetua de conseguir la perfección. Hasta ese primero de enero.


Su papá tenía un plan de pesca en la madrugada con sus mejores amigos que se quedaban unas casas atrás. Advirtió que no regresaría hasta las cuatro de la tarde e instruyó a Clara que cuidase de su hermanita y que le diera de almuerzo. Pero Clara, adolescente al fin, no desperdició la oportunidad para estar a solas con su novio, con quien se encuartó desde que su papá desapareció de la vista. 

Luego de escribir una pequeña nota sobre su cama, diciendo, "estoy bien, me fui con papá", entre temerosa y emocionada, Fabiana salió por el patio frontal de la cabaña para la playa. Eran las 6 am. El sol apenas anunciaba su llegada alumbrando el cielo mientras dejaba una estela fucchsia y naranja. en su andar. En sus manos tenía una carterita tejida de mamá que su papá le regaló un diciembre anterior y adentro la cámara. Este era el momento que quería capturar para el resto de su vida. Su primera escapada. La sensación de libertad así sea coartada y la adrenalina que sentía por miedo a que alguien la reconociera y le llamara la atención. Sacó la camarita. Disparó la fotografía luego de varios segundos enfocando e intentando entender cómo un aparatito así podía captar el cielo, algo que  era completamente intangible para ella. Maravilloso, pensó. Esta cámara puede hacer de lo imposible lo posible." Voy a fabricar mis recuerdos", sentenció.

Siguió caminando por la orilla del mar. No había casi nadie en la playa, nunca la había presenciado tan solitaria. En el horizonte veía los peñeros. Todos practicamente uno encima del otro buscando lo mismo, lo mismo que esa tarde probablemente iba a almorzar. Con su papá a la distancia, sin saber si era él, sin saber a quiénes estaba captando, Fabiana volvió a sacar su cámara de la cartera. Sabía que en ese instante su papá estaba feliz, pasándola muy buen con sus dos amigos. Toda su vida le tocó vivir sin conocer a su propia madre y con un papá deprimido y nostálgico de ver a su hija y no poder compartirla con su creadora. Ahora por fin hacía planes con sus amigos e invertía tiempo con ella para amapucharla y acompañarla siempre. Esa sonrisa, esa del papá a la distancia, a pesar de que no sabia si realmente era él, era una memoria que quería fabricar. Disparó una última fotografía.

Sunday, March 28, 2010

A su encuentro

Ella viaja en el bus, ese de la fotografía desteñida. Lo hace por su amor. Lo hace por su vida. Con una sonrisa de punta a punta, se encuentra sentada entre niñas malcriadas, hombres sudados, viejas chismosas y un loco conductor que al parecer ignora cualquier velocidad inferior a los ciento cuarenta kilómetros por hora.  El miedo y el terror reflejado en los rostros de las señoras mayores sólo consigue manifestarse como emoción y anticipación en el rostro de ella. Menos tiempo, cada vez falta menos tiempo- pensó.
Su torso está erguido, abrazando su mochila, lo único que puede sostener mientras piensa en él. Tararea la canción, esa que él le escribió hace unos meses en aquella carta, la única evidencia física de su amor.  
Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción

 En este momento siente un antojo inagotable por abrir su mochila y sacar aquel sobre añejado con la carta de amor, leer las palabras que ya conoce mejor que su propia vida para sentir de nuevo esas endorfinas que se pasean por su estómago a una velocidad similar a la del bus. 

El sol entra por la ventana derecha, calentando su mejilla, resaltando sus reflejos rojizos que sólo se ven con el sol y que a él tanto le gustan. Siente una brisa entrar desde atrás. Renuncia a la idea de sacar aquella carta por miedo a que se la lleve el viento. Cierra sus ojos. Piensa en su amor. Recita la carta en su imaginación.

Los minutos pasan lentamente. Poco a poco va atravesando ciudades satélites, campos de trigo, carreteras de tierra. Respira aire fresco, polvo, tierra, mientras se pasea por diferentes olores y roza una infinidad de texturas palpables a su vista. Sueña con él.

 Una cadena de cornetas interminables la despiertan. ¿Dónde estoy? - se pregunta. Sus ojos se hacen agua al ver en su alrededor una autopista colapsada de carros, unos vidrios ahumados y su madre en el puesto al lado, conduciendo para llevársela lejos, muy lejos de él.

Sunday, March 21, 2010

Mi realidad nublada

Aunque lo parezca, no siempre he sido un cuatro ojos. Por años deambulaba por la vida, guapo y soso, como un papa sin sal pero hermosa en su redondez, diferente a todas las demás e ignorante de tanta belleza. Vivía la vida sencilla, todo me parecía bien, a falta de distinción y de conocer un mundo mejor me conformaba con lo que veía, a través de la nada, pelando los ojos ante lo que me rodeaba (si es que algo me rodeaba). A los trece años, ya había pasado por trece novias, las más memorables: Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea.

Siempre fui muy estudioso, esto se lo debo a mi apellido "Acosta," motivo por el cual siempre me sentaron en el primer puesto de la fila izquierda del salón. Esto dificultaba mi proceso de aceptación en el grupito de los ratúbelas, casi todos adueñados de apellidos que empezaban por  R, S, T, V e inclusive, Z.  Ellos se metían con el resto del salón, sobre todo aquellos desafortunados que habitaban en la primera mitad del aula de clase. Dichosos ellos, siempre ganaban la atención de las chicas más bonitas del colegio, incluso muchas mayores que nosotros. Aunque les confieso que yo,  con mi personalidad e inteligencia, por no decir mi "nerdidumbre" nunca tuve problemas en materia del amor. Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea también estaban bien chévere.

Después de que la Primaria pasó, velozmente, como un abrir y cerrar de ojos para acabar con una horrible pesadilla, vino el peor día de mi vida: jueves 18 de Septiembre de 1994. Trece años. Entrando en la adolescencia, y ahora por fin en Bachillerato, finalmente con libertad de puestos, corrí por ese aula en el primer día de clases para apoderarme del último puesto de la derecha. Ahí se sentaban los más cool, o por lo menos eso recordaba. Me instalé sobre el asiento, lo único que me faltaba era mear sobre él para marcar  mi territorio.

Al rato llegó el profesor de matemática y en lo que empezó a desplazarse por la pizarra, escribiendo aquellos garabatos que hasta el sol de hoy ignoro en su totalidad, realicé que algo andaba mal.  Volteé a mi derecha, ahí estaba Corina, igualita que siempre, fajada escribiendo  en su cuaderno aquellos garabatos que permanecían misteriosos. A mi izquierda la pared se reía de mí.  Un murmullo en la vista que me fastidiaba, era así como ver por un vidrio empañado y no poder distinguir círculos de triángulos. Me mareé ante la incertidumbre y al rato no podía faltar el dolor de cabeza. Me sentía perdido, nublado. La verdad es que no me lo esperaba. Todavía desorientado ante lo que ocurría a mi alrededor, levanté la mano y pedí permiso para ir a la enfermería, aún sabiendo que eso podía poner en peligro mi prestigioso puesto dentro del salón. El profesor me vio con ojos juzgones, como quien estaba seguro yo era el peor de los hipocondríacos y me señaló la puerta con sus dedos, algo así como queriendo decir "dale pues mijo, vete ya, pero vete rápido". Yo me fui, rapidito, y bajé aquellos escalones que sentí como interminables hasta llegar al pequeño cuartillo titulado "enfermería", donde apenas había una cama súper estrecha y una cesta con ibuprofeno, acetaminofen y más na'.

Monté un melodrama. Exageré la falla de mis signos vitales. Le prometí a la recepcionista (que en estos casos, se disfrazaba de enfermera) que me sentía mal, demasiado mal como para seguir inserto entre esas cuatro paredes. Le rogué, supliqué, que me dejara llamar a mis mamá, para que me llevara de emergencia al hospital. Hospital, esa fue la palabra clave. En cuanto la recepcionista escuchó esa palabra de tres sílabas y ocho letras, inmediatamente, me llevó a la recepción (ahora sí, en su rol original) y me pasó el teléfono para que llamara a mi madre. Luego, procedió a escribirme  una nota, excusándome de las actividades académicas, para presentársela al profesor antipaticón de la mirada juzgona.

Peor que la mirada del profesor fue la que me dio mi madre mientras me acercaba al carro cuando me vino a buscar. Estaba un poco histérica porque la había sacado de su clase de Yoga e incrédula que me sentía tan mal como le dije por teléfono -de otra manera nunca jamás hubiese dejado su clase de Yoga por irme a buscar-. Le pedí que me llevara a un oftalmólogo de inmediato. Mira mijito, ¿más o menos qué te picó? A mi no me des órdenes, ¿ok? Ubícate. Aquí la que manda soy yo. ¿Y qué fue lo que te pasó? ¿Más o menos por qué quieres que te lleve a oftalmólogo de la nada?" Le expliqué, con tono melodramático (si no, no me cree) que no veía nada más allá de lo que tenía a poca distancia y una cara de pánico fue suficiente como para convencerla, en efecto, me llevó al oculista.

Sentado en la consulta con el doctor Jakubowicz, el miedo a que me confirmaran mi temor más grande me puso a temblar, y les confieso, nunca en mi vida me había sentido tan gay. Estaba dudando, a ciencia cierta, de mi sexualidad. Otro golpe para mi autoestima.

Un sin fin de lentecillos ladillas, colocados sobre mi ojo izquierdo, luego sobre el derecho, para tratar de leer una infinidad de letritas y números que se encontraban reposados sobre la pared, a una distancia abismal, me disiparon de nuevo el dolor de cabeza. Uno de esos lentecillos, sin embargo, representó un momento mágico y a la vez, traumático. Me hizo entender que toda mi vida había visto  a través de un vidrio empañado, nublando cualquier cantidad de detalles sobre todo lo que me rodeaba. Mi mamá tenía pecas. Vaya usted ha saber. No tenía ni puta idea antes del lentecillo número ochocientos cinco.

Cuarenta minutos después, una sentencia de -3.75 grados de miopía fue suficiente para mandarme a hacer los lentes más baratos que vendían en el recinto, aquellos con la montura de pasta negra que chocaba con mis pómulos, marcando la división de mi rostro en dos partes de igual tamaño, pero nunca de igual estética.

Ante el diagnóstico, mi madre se quedó muda. Y yo sólo tenía una de esas miradas chocantes que en verdad nunca han servido de nada, pero igual no me pude aguantar verla con ojos de  te lo dije. Los lentes estaban listos a los dos días. En el ínterin me negué a asistir al colegio, ¿para qué? Igual no podía ver nada, y si los profesores se daban cuenta de mi incapacidad para leer lo que estaba escrito sobre la pizarra, me iban a obligar sentarme adelante otra vez.

¿Cómo explicarles mi mundo, una vez que busqué esos lentes? De repente,  me di cuenta que los árboles tenían hojas con trazos en el medio; las calles tenían rayados peatonales, huecos, alcantarillas  y gatos negros que atravesaban sin pedir permiso. Las aceras eran más oscuras, en ellas había una enorme cantidad de basura de la cual nunca antes me había percatado. De repente las nubes hacían formas de osos y casas, mesas y flores y la pintura que cubría mi casa no era amarilla, era un ocre oscuro, casi tirando a naranja tostada.

Pero lo peor, peor de todo, fue el primer día que regresé al colegio con mis lentes puestos. Darme cuenta, por ejemplo, que todos los nerdos estábamos atrás, y todos los populares estaban adelante, no fue para nada agradable. Una vez más habría una línea divisora en el salón que me impediría pertenecer al grupín de los ratúbelas. Darme cuenta, por ejemplo, de la asquerosidad de baños donde toda mi vida hice cómodamente mis necesidades, tampoco fue muy agradable. Sobre todo la cachetada que sentí al ver mi reflejo en el espejo  y cómo éste se burlaba de mí.  Las chicas todas me preguntaban: ¿y entonces? ¿qué pasó? ¿cuánto tienes? Entre risas y burlas tipo "cuatro ojos."

Pero nada, nada que les cuente fue peor que la sensación que tuve al realizar, con mi nueva visión archiarrecha que Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea eran más feas que pegarle a mi madre. 

Fue entonces, sólo entonces, cuando mi autoestima -rápidamente- se fue por la alcantarilla, sin decir adiós y sin promesas de regresar en una eterna y mísera década.

Friday, March 19, 2010

Sandía para la vida

 Aurora duerme al revés. Inquieta se pasea por su solitaria cama matrimonial, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, por debajo y por fuera de las sábanas ya húmedas y pegadas a su piel. El calor no la deja soñar ni pensar en otra cosa que el sudor que se resbala de sus mejillas. Cobijas y almohadas terminan en el piso, en su desesperación y múltiples desplazamientos que al final sólo garantizan que Aurora, en efecto, durmió al revés. Se despertará con la cabeza y los pies a lo ancho del colchón, y no a lo largo, como el resto de los mortales que ha conocido en sus 28 años de existencia.

Se levanta cansada y bañada en sudor, como quien ha pasado las últimas tres horas matándose en un gimnasio. Ella se concentra en el hecho de haber pasado la noche quemando calorías -no importa cómo- y se olvida de las pocas horas de sueño y el cansancio que poco a poco se va acumulando en su cuerpo, dejando huellas que acarician sus ojos y que según ella, no son más que el reflejo de su gran sabiduría y proactividad ante la vida.

Los minutos actúan como catalizadores de sus obligaciones diarias, aquellas que la mantienen siempre de pie, impulsando la excelencia así sea en su labor de vendedora ambulante en una carretera al pie de las mejores playas del litoral central. Luego de dejar a su pequeña hermana Lucía y sus tres primas hermanas en el liceo a las seis de la mañana, se dirige a contar las frutas del día, aquellas de las que procura sacar una buena tajada que la ayude a pagar esa pequeña habitación donde vive. La misma  que alberga la cama matrimonial, la del inicio, que por cierto ocupa casi el ciento por ciento de los escasos metros cuadrados con que cuenta.

El calor y la humedad le hinchan los pies, sin embargo en su mente sólo hay espacio para una fotografía mental de lo que a diario consume, sin duda alguna, en los mejores quince minutos del día. La foto es aquella de sandías: picadas y frescas, rosadas y verdes, triangulares, dulces pero a la vez, refrescantes. Se le hace agua la boca mientras anticipa esos quince minutos gloriosos en los que sentada, al pie del asfalto, entre tierra y palmeras, transeúntes y un vacío vehicular misterioso, del cuál todavía no existe explicación, se devora una a una esos trozos de sandía, patilla, o como se quiera llamar al fruto que de cierta manera le da sentido a su día. Ella la llama "sandía para la vida", así la vende y así la comprende, después de todo tiene el poder de dividir su día en un firme e impaciente antes y un glorioso después.

Ana Cristina Sosa M.

Thursday, March 18, 2010

Noche de arcoíris plástico


Recuerdo con mucha precisión ese lunes. Querías hacer algo diferente, sacarme de la rutina en la que estaba inmersa nuestra relación. Una y otra vez, vivíamos siempre lo mismo: un cine, una cena, una película en casa, un almuerzo familiar. Ya los temas de conversación no giraban en torno a acontecimientos interesantes, chismes siniestros, ni anotaciones literarias de nuestras lecturas individuales. Ésto probablemente producto y causa de nuestras repetidas, extensas y monótonas conversaciones diarias al teléfono que sin duda asesinaban cualquier posibilidad de novedad al vernos. No dejábamos de hacerlas porque nos sentíamos extraños cuando no lo hacíamos, prueba de que somos, en efecto, animales de costumbre que difícilmente pueden vivir sin la certeza que brinda la rutina.


Me buscaste a las siete en punto. Nunca lo olvidaré. Cargabas una franela manga largas, tus jeans inmundos que sabes detesto, y aquellos Converse negros, también inmundos, pero que son probablemente la única marca asociada a nuestra relación. Me repicaste cinco veces al celular, no habías querido contarme a dónde me ibas a llevar, y como dijiste era un plan completamente diferente, yo cambié los Converse por tacones, los jeans rotos por una falda y la chaqueta por un escote. Mi esfuerzo por cambiar el look fue tal que tras salir de mi casa quince minutos tarde (mientras tú esperabas sin clemencia) te quedaste observándome por lo que me pareció una eternidad, sonreíste y no me pediste que me cambiara. Querías verme así.

Yo también te vi: estabas tan zarrapastroso y desaliñado como siempre y esto me hizo sentir una rabieta tan grande que a mitad de camino casi te pido que te devolvieras y me dejaras de nuevo en casa. Probablemente sentiste salpicar mi decepción con el trancazo de la puerta que dejó el carro vibrando unos cuantos segundos a posteriori. Trataste de calmar las aguas poniendo aquella canción de Depeche Mode "Enjoy the silence" que tanto me tranquiliza. Maldita sea, me conoces demasiado bien.

Cedí ante tu mano acariciando mi pierna con mucha ternura durante todo el trayecto, mientras maniobrabas con la mano izquierda la palanca de tu carro sincrónico y con el codo hacías magia para direccionar el volante. Te negaste rotundamente a revelar el destino, sin embargo las autopistas no mentían al informarme que nos estábamos despidiendo de la capital, lo que me hizo sonreír a mis adentros: por lo menos, pensé. Por lo menos estamos saliendo de este infierno.

Era una de esas noches húmedas. Tras haber llovido toda la tarde, el pavimento estaba cubierto por una tenue baba transparente que lamía los cauchos del carro advirtiéndonos de su peligro. Yo sin embargo estaba tranquila. Sabía que no nos íbamos a colear, no sé cómo ni por qué, pero siempre me has inspirado seguridad tras el volante. Está bien, sí, lo reconozco: tienes talento para conducir.

Cinco salidas y cuarentaicinco minutos más tarde llegamos a nuestro destino final. Fui sorprendida por un pequeño parque de diversiones ambulante tan triste como el que existía en el Poliedro de Caracas hace diez años, Ciudad Mágica. Por ti hice el mejor esfuerzo de falsificar una sonrisa que se dibujó en el reflejo de tus ojos como un logro, a medias, todavía no en su totalidad. Te apretujé el brazo, quería que me abrazaras. La neblina entraba a mis pulmones con cada inhalar y el frío me helaba los huesos, además de la piel expuesta por mi inapropiada pinta sensual.

Menos mal eres rápido para captar indirectas. Me abrazaste fuertemente y en cuestión de segundos me tenías cargada bajo el pretexto "esos tacones deben pesarte más que el frío". Yo no me quejaba: ¿cómo hacerlo? A pesar de estar rodeada de luces multicolores, payasos diabólicos y algodones de azúcar que contaminaban mi vista y el apetito de comer lo que fuese, contaba con tu presencia en un momento muy diferente a cualquier otro que habíamos compartido.

Y como lo diferente, a veces también raya en lo cliché, no podíamos irnos sin viajar por la rueda mágica, solos tú y yo, acompañados de las ochocientas lucecitas de colores, como fuegos artificiales estáticos que burlaban permanentemente nuestras vistas mediante una infatigable persistencia retiniana.

No sé en qué parte del país estábamos, en qué suburbio. No sé, tampoco, qué era todo aquello que estaba detrás del arcoíris plástico, de la neblina fugaz, de los sueños multicolores y el columpio que se balanceaba sobre un eje ordinario, inestable, y aterrador. En segundos olvidé todo aquello. Los dedos de mis manos se aferraban a los tuyos, mientras compartíamos el más apasionado beso que tres años de relación no habían podido presenciar: aquel era nuestro lugar en el mundo. Dentro de lo falso, lo auténtico. Dentro del cliché, tú y yo rompiendo con lo cotidiano. Cerramos la noche en tu carro. Para este entonces ya el logro era total.

Más nunca volvimos a ir a aquel lugar. Estoy convencida de que esa era precisamente la idea porque han pasado ya quince años y todavía no consigo olvidar la noche del arcoíris plástico.

Ana Cristina Sosa M.

Friday, March 12, 2010

Psicótica

Ricardo, para bien o para mal, desde hace muchos años yo realmente no estoy contigo.  No sé cómo no te has dado cuenta, debe ser que no quieres realizarlo: tú y tu extraña manía de idealizarme absurdamente. No sé cómo te entró en la cabeza la idea de que yo era la mujer maravilla. Siempre aparentabas estar convencido de ello. 

¿Recuerdas ese día que nos íbamos a ir a la playa a descansar del caos citadino y compartir más en familia? Yo al final no fui. Te inventé un cuento raro y me quedé en casa, mientras tú corrías las playas de higuerote con nuestro hijo. La verdad, Ricardo, es que me acostumbré a estar encerrada entre estas cuatro paredes, las mismas que con los años han ido marcando vilmente  los límites de mi existencia. Los disfrazo con cuadros, estanterías llenos de literatura, pantallas planas y tapetes ecclécticos para dismular su verdadero signficado. 

Sé que estas palabras no tienen ningún sentido para ti. Salgo, todos los días a buscar a Eduardito al colegio, sí, pero es un trayecto infinito y molesto que me dispara la neurosis que me trago, por aquello de aparentar ser cuerda y todo lo demás. Es una enfermedad. Lo sé. Desde ese día (tu sabes muy bien cuál, no te hagas el loco), hace tantos años que lo único que pude hacer fue aferrarme a este hogar.  Será porque esta casa siempre ha representado lo único sólido en mi vida, lo único que me inspira seguridad y permanencia, la certeza de saber que es mía, pues fui yo quien la heredó de mis padres.

Aunque no lo sepas,  Ricardo, yo nunca he podido aferrarme a las personas. Será, tal vez, por tantas historias que he leido donde mueren seres queridos, hombres abandonan a sus mujeres por rameras, hijos se desentienden de sus madres, hermanos que hacen las peores traiciones... En fin, es el miedo de depender de ese cariño o ese amor -que por lo que veo es lo único de lo que no se puede estar seguros en esta vida- me ha jodido emocionalmetne hasta el punto en el que te digo, sinceramente, yo no quiero a nadie. Sólo a mi casa.

Te escribo esta carta y sé lo mucho que te están doliendo estas palabras. Sé que me amas por y sobre todas las cosas, que no imaginas una vida sin mi. Yo no te estoy botando, ni te estoy pidiendo el divorcio. Simplemente estoy siendo sincera porque tú das tanto amor, te dedicas tanto a mí y a tu hijo que me parece injusto estés con alguien que no te pueda reciprocar.  Yo contigo soy feliz, sí. Me haces la vida más fácil. Me complaces con cada pequeña cosa que te pido, provees por la familia y no me exiges mucho a cambio. Sabes que no me gusta salir, te quedas en casa conmigo.

Imagino que te frustra a veces. Y no creas, a veces a mi también me frustra enormemente que estés conmigo, y tan perdidamente enamorado de mí. Quisiera que salieras con otras chicas. Que te divirtieras. Que viajaras a Paris con tus amantes (que desafortunadametne no tienes) y que fueses más feliz. Yo sé que lo mío no es algo normal, y no entiendo como tú no te das cuenta de ello. Estás tan ciego, Ricardo, tan ciego... ¿tus amigos no te lo dicen? ¿Nadie sospecha que tu esposa está loca?

A veces te quiero matar. Me invade una frustración tan grande como mi enfermedad y mi fobia al mundo. Quisiera que lo entendieras. Que hicieras algo. Pero no, tu sonries, me complaces, y nunca buscas sacudirme del todo.

¿Por qué no me sacas de aquí? Por qué no me obligas a salir de casa, no me forzas así sea a un psiquiatra que me ayude? Me desespera tu idiotez. No te odio porque es imposible. Pero me desespera saber que contigo nunca lo voy a poder superar. Fue tu culpa, ¿lo sabes? ¿Es por eso que me tienes tanta paciencia? Sé que aquello también fue duro para ti, pero yo fui el único resultado atípico y tu no entiendes que antes no era así. O es que acaso, esta mujer que duerme a tu lado todas las noches, sólo porque mi lado de la cama está al costado del tuyo, ¿siempre fue así?

Tuesday, March 9, 2010

Sombra de ti

Estaba ahí. Sola en medio del todo, de la nada, ya ni sé. En mi cabeza, tus palabras se repetían una y otra vez, convirtiéndose en  sombra de mis pensamientos.  La mañana estaba helada pero la luz del sol aún se hacía latente, recordándome de los dos solos bajo el cielo azul, como esa vez de la fotografía, de los besos furtivos, de la maraña de ideas que construimos como siempre lo hacíamos.

Caminaba lentamente, era un momento que quería preservar. Imágenes de postales, de recuerdos presentes, representativos de algo palpable entre los dos, invadían mis neuronas. Los minutos inciertos, se detuvieron, la brisa rozaba mis mejillas en un intento de recordarme dónde estaba y por qué esta parada sobre ese asfalto tan detestable en nuestras vidas. Soñábamos con días de verano, inmersos en campos de maíz. Soñábamos en un mañana que nos prometía un mundo de felicidad. Con nuestro amor, nos creímos capaces de abarcarlo todo: el universo entero, si era posible, eramos nosotros, ¿Cómo no iba serlo? Éramos tu y yo. Los mismos que se completaban las oraciones. Que se llamaban con la mente. Que lograban entrelazar los pies debajo de las cobijas y mantenerlos cálidos en medio del invierno más cruel. Éramos los que se reían en medio de un funeral. Los que hacían el amor en los lugares más prohibidos.

Mientras tanto, yo seguía allí: en el mismo lugar, paralizada para no olvidar, entre lágrimas que se evaporaban en milésimas de segundos y momentos mágicos que aún no han culminado. Las imágenes iban y venían en mi imaginación: semiosis de un amor infinito donde día a día rozábamos los márgenes de lo imposible para sentirnos vivos y presentes en un mundo que poco nos realizó. Recuerdo bien, la anoche anterior, como todas las noches, me había quedado hasta tarde intentando armar el rompecabezas de nuestras vidas. Siempre, siempre hay una pieza que falta y otra que sencillamente, nunca calza. Pero en ese momento, yo seguía allí, parada sobre el asfalto. No tenía más nada que hacer. Estaba ahí, de pie, pensando en todo y en nada, observando a los transeúntes con miradas vacías. En blanco. En sus caras veía reflejos de frustración y sueños perdidos. Ellos no se daban cuenta de ésto. ¿Por qué yo sí?

Inhalaba y el aire cada vez se hacía más frío en mis pulmones. Expulsaba todo lo malo, no quería nada de eso en mí. Sólo los buenos recuerdos y la promesa de que algún día te volvería a ver. Me reía. Dentro del caos, me reía. Qué ilusa fui al desestimar tres continentes de distancia que nos separaban en un intento de acabar con todo lo que un día fue verbo y sustantivo, palabra y significado, dos caras de una misma moneda. En algún momento, inseparables. Ahora víctimas de una sentencia de kilometros y circunstancias desafortunadas e inoportunas para nuestro amor.  El asfalto me congelaba las suelas de los pies pero era una sensación agradable. Un recordatorio de que aún estaba viva. Sintiendo 'algo'. Siempre algo por ti.

Wednesday, February 24, 2010

Rendez-vous

 
Me puse la falda de flores. Esa que tanto te gusta. Esa que me compraste hace unos meses en ese viaje que hiciste a Rio de Janeiro, con ella, y que de 'trabajo'. ¿Te acuerdas? Me trajiste muchas cosas, pero yo sólo quería una. Quería -más que nada en este mundo- ser yo quien amaneciera contigo todas las mañanas. Quien recorriera contigo las inmensidades de Copacabana, mientras reíamos, porque el amor era así, una excusa para reír. Quería que me grabaras mensajes prohibidos en mi moleskin - a escondidas- y descubrirlas en los momentos más inesperados.


Pues sí. Me puse la falda. Quería verte la cara. Quería que te estrujaras de arrechera cuando me vieras, hermosa, con esa falda, al lado de mi nuevo amante. Quería que pensaras en mí. Que te acordaras de mí. Que me amaras a mí.

Ese día me vestí, también, con la mejor cara. Cara de sonrisa 'auténtica' , mejillas rosadas, y ojos que 'brillan'. No quería ser la niña sola, despechada y deprimida que invoca lástima en los demás. Esta vez, no me lo iba a permitir. No señor. Además, ¿qué podría lograr? No quería que te sintieras mal. Quería que me desearas más allá de los límites del borde de tu cama. Que te acostaras esa noche pensando, coño, qué pendejo soy, cómo carajo la perdí. Eso. Quería eso.

Me puse los tacones más altos. Los tacones de aguja, estampados de flores y suela roja. Esos que -según tú- hacen ver mis piernas irresistibles. Los mismos que desatan lo peor (mejor) de tí (de mí). Me paseaba por la galería, agarrada de la mano de mi nuevo novio - por cierto, sí, es él, el profesor de francés que tanto odiabas- y cada vez que entraba alguien nuevo no podía evitar voltear la cabeza a ver si eras tú. Intentaba no hacerlo, lo juro, pero era imposible. Jean Pierre me preguntó, varias veces, ¿a quién buscas? y yo sólo reía. A nadie, amor. Sólo tengo ojos para ti.

Ahh, las mentiras. De mentiras también me vestí ese día. A mi novio le dije que lo amaba. Que estaba loca por ver la nueva exposición del artista este. El artista que tanto te fascina. Su nombre, ingeniosamente, se me escapaba de la mente cada vez que me preguntaba ¿cómo es que se llama, el pintor este, de la exposición que quieres ir conmigo? Maldito cerebro traicionero. Cuántas veces no me hablaste de él. De su arte. De su inspiración. De los mensajes ocultos en cada cuadro. Dublosky. Ese. Maldito. Ese.

El reloj colgado en la pared de enfrente vestía de minutos que transcurrían velozmente. Esa tarde yo intentaba evitar el tiempo, fotógrafos, conocidos, mesoneros. Evitaba cualquier comprobación del ridículo que estaba haciendo ahí. Encopetada. Hermosa. Excitada. Ilusionada de verte ahí, mirándome. Re-celoso, vuelto nada, ahí.

Mi cartera, al contrario, vestía de pocas cosas. Una de ellas: mi moleskin, aquella libreta de cuero desgatado que tanto me envidiabas. Lógicamente, no quería que sospecharas mis razones para asistir a dicho evento. Jean Pierre me miraba impacientemente cada vez que la sacaba y escribía cualquier tontería mientras observaba desconcentradamente alguna obra de arte. Él me da muchas cosas que tu no dabas, pero si hay algo que no me da es admiración por lo que hago. Maldita sea. Te extraño.

A las siete y media de la noche, mi sonrisa desgatada empezó a desvanecer y al ver que nunca llegaste, se empezó a vestir de melancolía. Mis ojos dejaron caer una gota de tristeza que me delató ante la mirada de mi novio. ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? -Pobrecito. Más bruto que es-. Por su mente nunca existió la posibilidad de que mis razones para ir a una galería de arte estarían vinculadas con aquel fotógrafo del que no paro de hablar. De escribir. De amar.

Los tacones me empezaron a hinchar los dedos de los pies, cansados de esperar por unos celos inexistentes. El rosado de mis cachetes se tornó rojo, de la furia que sentía. Incluso la cartera, casi desnuda, me pesaba. Pero de todo aquel disfraz, el rímel que cubría mis pestañas terminó siendo el mayor de mis enemigos. Ya el brillo hace rato largo se había opacado y en vez de una niña feliz, La Sayona se apoderó de mi rostro. Lista para espantar los sueños de quien nunca llegó para imaginar un mundo feliz conmigo.

Otro día, me dije. La falda la dejo para otro día.

Wednesday, January 6, 2010

Contigo pero sin ti

I.
Recuerdo bien ese día. El calor era extenuante. El aire estaba cargado de humedad y despedía una sensación de pesadez atmosférica capaz de hincharnos hasta los codos. Yo caminaba muy despacio, agotada y mareada de dichas condiciones climáticas, pensando en sólo llegar a mi destino y echarme así sea en el suelo a descansar. Todo a mi alrededor estaba envuelto por un aura amarillo, probablemente efectos del sol que nos agarró desprevenidos una mañana de diciembre.  Escuchaba un eco, “aguanta Carolina, no te duermas, aguanta que tu puedes” y me parecía un poco ilógica tu frase. Sí, yo era la misma de la mirada perdida, piel pálida y cabellos rizados por el calor; pero tampoco estaba al borde de la muerte y me pareció haberme reído de ti,  entre lágrimas de sudor y desesperación genuina.

Tú, que caminabas a mi lado despacio para no dejarme atrás, en un momento te arrodillaste, colocaste tus brazos alrededor de mis pantorrillas y antes de darme cuenta me tenías cargada, en el aire, haciéndome sentir tan liviana como el humo, que se ve y no se toca. Aquello fue lo más parecido a un acto de magia que había vivido.  Tus brazos color canela me envolvieron y me llenaron de cariño. Olvidé, de inmediato, el calor y el mal rato que había pasado unos segundos atrás. Comprendí, con la cabeza atada a tu pecho, escuchando una mezcla entre el palpitar de tu corazón y tu aliento, que ese era mi lugar más sagrado, dónde nada más me podría importar.

Te miré por unos segundos fijamente a los ojos, no sé si por antojo o por costumbre, y tuve la sensación más extraña; ya tú no eras la persona con quien salía sólo para evitar quedarme sola en casa. Te habías convertido, entre momentos incómodos, besos forzados y polvos mágicos, la persona con quien, por una fracción de segundo, quise compartir el resto de mi vida. Mis pupilas estaban clavadas en las tuyas pero tú mirabas el asfalto mientras caminabas y cargabas con mi peso. Tal vez, si nuestras miradas se hubiesen cruzado en ese preciso instante, entenderías lo que sentí. Tal vez, se hubiesen disminuido las discusiones que siempre giraban alrededor de la misma frase "es que tú no me quieres". Pero esta vez mi mirada no rozó la tuya y maldije infinitamente los sentimientos - nuestros sentimientos- en des sincronía. Y es que, tú y y yo, siempre fuimos como arena y espuma, unidos solamente por pequeños instantes;  tú, siempre estabas ahí; mientras yo, iba y venía, pero nunca logré detenerme y mucho menos revelarme por completo..

Thursday, June 18, 2009

Con antes y sin después

Esa tarde todo era diferente. Desde la sensación que sentía desde lo más adentro de mi ser, hasta el olor que despedía el aire en las calles de Chacao. En mi mente, un sólo pensamiento ocupaba mis neuronas y era el mismo que causaba esa sensación extraña. Esa tarde era la tarde que mi vida iba a cambiar. Junto con ella, nada volvería a ser como antes. Me había preparado para esa tarde toda mi vida. Había ensayado mi reacción, las palabras qué saldrían de mis labios y el orden en que surgirían. Sabía para ese entonces qué debía vestir, qué tacones eran los más apropiados. Qué comería de almuerzo y el tiempo que me tomaría el traslado. Todo, absolutamente todo, fue ensayado y premeditado. Todo menos esa sensación extraña que se aferraba de mi estómago, devorándose mis entrañas y generando en mí una ansiedad nunca antes vista.

Había pasado ya 8 meses clavada frente a la computadora, tecleando horas sin siquiera levantar la mirada del monitor, completamente entregada a la escritura de mi primera gran novela. Siempre pensé que mi vida estaría dividida en dos partes, así como la biblia que se divide en el antiguo y el nuevo testamento, mi vida se dividiria en antes y después de la publicación de mi primera gran novela. Esa sería la auténtica, la innovadora, la gran creación que marcaría mi estilo y me abriría las puertas al mundo literario.

Como podrán imaginarse mi pequeña cabecilla estaba llena de expectativas sobre lo que sería la primera reunión con el señor editor a quién le atrapó el texto narrativo y quien estaría entonces interesado en publicar mi novela. Pensé que el señor dedicaría minutos a alabar mi escritura, que se entregaría cuerpo y alma a la publicación de ese texto y que el propósito de esa primera reunión era sencillamente decirme que era una genia y que estaba loco por trabajar conmigo. Ja! Qué esperanzas. Llegue al café con 15 minutos de adelanto, con un sabor amargo en mi boca y con la certeza de que las cosas no iban a salir tan bien como me las había imaginado. Para empezar el señor editor llegó 45 minutos tarde, que sumandos a los 15 minutos de adelanto que tenía se convirtieron en una hora de espera. Una hora que se me hizo interminable, cada minuto transucrría tan lento que en mi apreciación eran horas que no cesaban, se me gastaba el reloj con solo observar las pequeñas manisillas y su lento movimiento concéntrico. Después de lo que sería una eternidiad, apareció el fulano señor editor, con el ceño fruncido y yo me pregunto ¿Después de una hora de espera, quién debería tener el ceño fruncido?

El señor editor, a quién decidí bautizar como "amargón" pasó los primeros 20 minutos criticando mi libro, metiéndose con mi estilo narrativo, los hechos que impactaron la vida de mi protagonista y hasta los nombres que le asigné a cada uno. Cerró su monólogo ininterrumpido con una frase que que causó muchas sensaciones diferentes en mi ser, "apartando todo esto, la historia me parece genial, si le hacemos unos cuantos cambios, a lo mejor podamos publicarla digitalmente". Lo quería matar. Y aunque tardé unos cuantos minutos en procesar lo que había escuhado, así lo hice. Cerré lentamente mis ojos y me imaginé colocando mis manos alrededor de su garganta, fuertemente, mientras veía su rostro ponerse cada vez más rojo hasta que explotaba sobre la mesa y todo lo que quedaría de él eran desechos. Abrí nuevamente mis ojos y sobre mi rostro se dibujaba una sonrisa infinita de plena satisfacción. Me levanté de la silla y me fui de aquel lugar sin mirar atrás. Sabía que la vida me había jugado una mala partida pero no era el fin del mundo. Definitivamente no fue el evento que interrumpió mi vida en un antes y después y muchos meses y eventos pasarían para que llegase ese momento.

Wednesday, March 18, 2009

Sin más ni menos

Recuerdo que escuchaba una canción de lifehouse en la radio mientras manejaba a 120 para llegar a tiempo a mi curso de fotografía. La autopista estaba vacía (ésto ocurre escasas veces en Caracas) y mi celular probablemente sonó 5 veces pero no lo escuché, la música estaba a todo volumen y además de eso he adoptado la extraña manía de mantener el celular en silencio últimamente. Como si no quisiera escucharlo, a propósito. El curso estuvo algo intenso. Igual que la gente que estaba ahí. Yo sólo quería salir de allí, encerrarme en mi cuarto y dormir, dormir, dormir. Últimamente siento que tengo dos vidas: la que transcurre cuando estoy despierta, y la que vivo cuando duermo en mis sueños. Déjame decirte que la segunda no tiene nada que envidiarle a la primera, por el contrario la primera tiene mucho que envidiarle a la segunda. En mis sueños vivo en una eterna utopía. Tengo al hombre perfecto, soy una escritora súper exitosa y hago lo que se me antoje, cuando se me antoje. En mis sueños soy real y auténticamente feliz. En mi otra vida, no tanto. Trato de no idealizar mi vida somnífera. Trato de entender que realmente no existe, que no es real, que no es auténtica, que no es verdadera. Sin embargo estos últimos meses mi vida de día sólo existe para que llegue la noche y pueda transportarme a ese otro mundo infinitamente más divertido que el anterior. El teléfono marca 4 llamadas perdidas. No quiero saber ni de quién son. No quiero tener un aparato que me persiga por la vida. Mis padres me obligaron a meterme en latitude para saber dónde estoy a cada momento del día (ya que como verán, no contesto el celular). Detesto el control. Detesto la perecución. Detesto estar despierta.

Tuesday, March 3, 2009

El karma de sufrir y el privilegio de ser felices

A lucho, que me iluminó con esta idea


Aquél no era un día cualquiera. Al alba del amanecer, en la ciudad de Ashgabat la poca iluminación que había era un crepúsculo cuya escasa luz hacía que todo pareciera del mismo color. Nawzad sabía que debía partir en ese instante, no antes y no después. Su esposa, Qalat, y sus tres hijos dormían en paz sin producir más ruido que el de sus respiraciones que parecían practicamente sincronisadas. Eran las 5y15 de la mañana y sabía que iba ser un día largo pero no había nada que hacer. Su deber era su deber.

Partió silenciosamente intentando no despertar a su familia. Caminó por varias calles desiertas hasta llegar al centro de la ciudad donde lo esperaba la construcción de una de las grandes obras de infraestructura que, bajo la presidencia de Niyazof, estaban convirtiendo Ashgabat en una especie de vanguardia mundial y a Qalat le gustaba ser parte de ese cambio. Así fuera un trabajo mal pagado, como todos los que podía ofrecerle su país. Allí sentía que su labrado trabajo como obrero iba dejando huellas en un monumento que sería luego visto y admirado por todo el mundo. Sus días estaban completos de 15 horas trabajando en las más arduas condiciones. El calor y la humedad solo ayudaban a otorgarle momentos de desesperación en el que el orgullo de su trabajo quedaba atrás y en lo único que podía pensar era en sumergirse en una piscina helada a nadar y refrescarse. Cuatro horas más tarde decidió echar una pequeña escapada a una bodega que quedaba a un par de cuadras de allí, donde compraría un agua para hidratarse. Sabía que estaba empañado en sudor y que la gente, o la poca gente que había en las calles, lo veían como un loco. No le importaba, en ese momento solo podía pensar en el vaso de agua que tanto anhelada. Mil pensamientos han podido pasarle por su mente, recuerdos de su familia, ambiciones de vida, observaciones ante lo que le rodeaba, pensamientos de cualquier tipo, pero no. Él sólo pensaba en el agua. Poco sabía Nawzad que sus minutos estaban contados, que iba ser víctima de una escena violentísima, en el que un hombre que había perdido todos los estribos, se vengaría de la traición de su esposa con el cajero de la bodega, tiroteando sin parar y matando a todo el que se le cruzara en el camino. Nawzad era uno de ellos. Un tiro le atravesó el corazón y lo mató en 1 segundo. No tuvo tiempo de pestañear, de pensar en sus familias, en la obra en la que dejaría de construir, y todo lo mucho, o lo poco que dejaba atrás.

La policía tardó una hora y 14 minutos en llegar a la bodega. Una vecina, que sintió los tiros y el escándalo de gritos y llantos llamó al cuerpo policial de Turkmenistán, quienes en el momento estaban ocupados atendiendo otros asesinatos, otros robos, otras muertes. La policía logró identificar la mayoría de los cuerpos que habían en el suelo de la bodega, casi todos cargaban su identificación en la billetera o en los bolsillos. Sabían que no se trataba de un robo y que estaban presenciando un crimen de naturaleza vengativa. Lo primero que debían hacer era notificarle a los familiares de las víctimas, lo sucedido. Quizá la parte más desagradable de la tarea policial.

Qalat y sus 3 hijos se encontraban en el patio lateral de la pequeña y humilde vivienda que habitaban. Los niños jugaban entre sí y ella los veía, y sonreía, convencida de que su familia era lo más preciado en su vida. Eran las 4 y 50 de la tarde cuando tres hombres uniformados tocaron furtivamente la puerta a la que rápidamente Qalat acudió para ver quién estaba enfrente. Cuando vio que estaba en presencia de tres hombres uniformados, sabía que nada podría estar bien. Las palabras del primer oficial le golpearon como un bálsamo al oido. No podía creer lo que estaba escuchando. Inmediatamente la desesperación la tumbó al suelo y sólo podia llorar de la tristeza que la invadió súbitamente al escuchar que su esposo había sido victima de un tiroteo y murió unas horas atrás. Los oficiales se fueron a los pocos minutos y la dejarón allí, sola y desamparada. Sus hijos seguían jugando inocente e ingenuamente en el patio lateral. Poco sabían que sus vidas estaban a punto de cambiar para siempre. Qalat se armó de valor y salió al patio. No pasaron dos minutos antes de que sus hijos se percataran de la palidez en su rostro y sus ojos hinchados de tanto llorar. A Qalat no le quedó otra que contarles lo que había sucedido. Ahora ya no sería ella la que lloraba sola y desamparadamente, si no los 4, en un llanto unísono de desesperación y shock al saber que la cabeza de la familia desaparecía para siempre.


A millones de kilómetros de Turkmenistán, un pequeño pueblo de Illinois, amaneció cubierto de nieve que no dejaba de caer del cielo. Ese sería el primer día, de muchos que quedaban, por nevar. Era el inicio de un invierno que duraría 4 meses y que aumentaría el consumo de gas en todo el estado. Rachel Johnson, madre soltera de 2 niñas rubias y preciosas se despertó ese sábado a prepararles el desayuno a sus dos hijas que pronto estarían pegando brincos por toda la casa, felices de ver nieve por la ventana y desesperadas por jugar en ella. Mientras cocinaba unas panquecas con cambur, el plato favorito de Zoey, la más pequeña, Rachel recordó su infancia al sur de California, sin nieve y sin frio y sin hermanas con quien jugar. Era hija única y como toda hija única fue muy consentida por sus padres que la adoraban por sobre todas las cosas. Extrañaba mucho a sus papás que hace años se fueron de los Estados Unidos con una promesa de recorrer el mundo- del que poco conocían. Escasas veces llamaban y Rachel, que sólo contaba con la presencia de sus dos hijas, los echaba mucho de menos.

Las niñas bajaron al tiempo en el que estaba la mesa servida y tuvieron un desayuno sensacional. Los fines de semana eran el momento predilecto de las niñas porque sabían que podian contar con la presencia de su madre full time, a diferencia de los días de semana en los que Rachel tendría que salir a trabajar de 9 a 6 de la tarde.

Después de comer, Rachel subió a sus niñas y las vistió bien abrigadas con suéteres y chaquetas de invierno, botas de nieve, gorritos, y guantes. Salieron al jardín de la casa y jugaron con la nieve. Las niñas abrian sus bocas y subian la cabeza para comer granitos de nieve que caian del cielo. Sabían que tenía prohibido comer de la nieve que ya estaba cubriendo la grama. Rachel veía a sus hijas y sabía que estaban super contentas y felices de estar allí, jugando y en presencia de su madre. Ella también estaba feliz de ver a sus hijas jugar y crecer y de poder estar con ellas ahí en ese momento. El día parecia sacado de un cuento de hadas. El cielo tenia un colo azul claro infinito y no había ni una sola nube en el cielo. El día estaba soleado y la temperatura era agradable. Entró un momento a la casa buscar la cámara para capturar ese momento para siempre. Sabía que era un día especial.


ACS

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