Hace un par de días regresé de una auténtica escapada a la isla de mi infancia, la inigualable Margarita. El plan, como los mejores, salió a última hora. Semana y media antes nos dimos cuenta de que el primero de noviembre era feriado y en vista de que una de nosotras no conocía Margarita, ésta lanzó la sugerencia, y no pasaron dos segundos antes de que la asimiláramos como la mejor idea que pudo tener en lo que va de año. Empezamos a buscar pasajes en las distintas (y temibles) aerolíneas venezolanas, que últimamente han tenido una mala racha, y dimos con las tarifas más económicas: Rutaca y Láser.
Nos aventuramos a comprar esos pasajes sin pensarlo dos veces y oh sorpresa, el día antes de irnos nos enteramos de que ese fin iba haber una tormenta tropical, puesto que se acercaba el huracán "Thomas". Y aquí fue cuando, como en Súper Cable, 'al mal tiempo: buena cara', no cambiamos pasajes y nos llenamos de energías positivas y "buenas vibras"---- THOMAS NO VA A TOCAR ESA ISLA, ¿OK? Un pacto con Dios, el cielo y el mar, que sellamos con ron y ponche crema en el avión, con las manos apretadas y la emoción a mil.... Y resultó que Thomas no era Thomas, era Tomas, te tomas ese trago y te tomas este viaje como lo mejor que nos pudo pasar en pleno comienzo de semestre, y más ná...
Llegamos y por supuesto, nada de lluvia, las maletas salieron de primeras y empezó la aventura entre tragos, risas, música alegre, reencuentro con viejas y nuevas amistades, y la agradable y apreciada brisa de mar. Recorrimos las "inmensidades" de Playa El Agua, Caribe, El Yaque, Parguito y unas visitas express a Guacuco, que aunque poco exitosas, sirvieron por lo menos para que nuestra amiga conociera una playa más -que lamentablemente se llevó la marea-.
Los días, en su gran mayoría, cubiertos de sol y llenos de olas valientes, entre arena mojada, vendedores ambulantes (por cierto, lamento informar que los vendedores artesanos argentinos, chilenos y uruguayos emigraron de la isla), braceletes de amistad y empanadas dulcitas y bien 'tostaditas' como siempre. Tuvimos la suerte de bañarnos en el jacuzzi y piscina del Lidotel (muy recomendado), conocimos también un poco de la nueva gastronomía margariteña, un restaurant japonés bajo el nombre de KOI, en el nuevo C.C. La Vela. El sushi: exquisito. Lo único TACKY: los anfitriones plasmados en afiches de baja calidad en la entrada: Winston Vallenilla y Marlene Andrade (JAJJAJAJAJAJA, déjenme reírme un rato por favor).
El taxista Schumacher que nos llevó y nos buscó en tiempo récord, la tormenta que llegó a la isla a la hora que supuestamente salía nuestro avión, ocasionándonos una pequeña angustia cuando, luego de dos horas de retraso por el huracán, escuchamos al piloto decir "Tobogán y cobertor listos por favor", los bolsos arriba, los cinturones apretados y la azafata caminando por todo el pasillo con una pila de salva vidas (AAAAAAHHHHHH, ¡qué susto!)----- lo que hace la paranoia! Y en el medio de todo esto la felicidad de que mi hermana querida, a miles de kilómetros de Margarita, dio luz a su primera hija, y mi primera sobrinita, un angelito que llegó para volverme chocha, así sea vía web (quiero que me manden fotos nuevas de la bebé cada tres horas).
En fin... un viaje my divertido y acontecido que siento merecía un espacio en esta bitácora. Como me gustaría echarme estas escapaditas más y más a menudo.
Lunes, 5:10 pm. Salgo del trabajo. Me monto en mi carrito. Canto Alanis Morrisette a todo pulmón. Voy con el flujo de los carros. Extrañamente no hay casi tráfico. Me salgo de la autopista a mi zona. Empieza un poco de tráfico. En eso un motorizado me cachetea el vidrio delantero derecho. Volteo. ¡Es mi hermano! Nos saludamos. Primera vez que nos vemos coincidentemente en la calle. Le mento la madre (nuestra madre) porque él está en moto, y yo atascada en un carro. Ohh well. Sigo cantando. Lo veo que me pasa y se para y un tipo le dice algo y voltea y se regresa. What? No entendí nada. Bajo mi vidrio. "Brotheeeeeer, que rolo e tranco de teta tienes en el caucho". What? medio asomo la cabeza. La veo. Véanla por favor. Está aquí. En la fotito de abajo. Tan grande que no tuve ni que salirme del carro para verla.
Mi hermano me escolta. Dale lentico, vamos a ver si llegamos a la casa para cambiarte el caucho (yo, por dentro, seguía incrédula. Que depinga, mi caucho está a punto de explotar y tengo a mi hermano atrás escoltándome para cambiármelo). Sigo como a 20 km/hr (igual el tráfico me hubiese impedido ir a una velocidad mayor) y vamos dándole, en cada semáforo bajo el vidrio para ver si la teta sigue creciendo, o qué... Ya a 200 mts de mi casa, casi llegando a una bomba que está en todo el camino, le pregunto a mi hermano: ¿pero tu crees que llegue a la casa? ¿no será mejor pararnos en la bomba?. Mi hermano: "No vale, yo creo que llegamos a la casa mejor". Yo: "¿Tú crees?. Él: "No broother, esa vaina va explotar ya, salte salte, vamos pa' la bomba".
Nos paramos en la bomba. Me salgo del carro. Le tomamos fotos al caucho. Procedemos a abrir la maleta, en lo que mi hermano saca el cauchito de repuesto BAAAAAAAAAAAAAAAAAMMMMMMMMMMM (sonido explosivo, similar al de las bombas de Misión Imposible). Explotó el caucho. Mi hermano: cara de alivio. "MENOS MAAAAAAAL. Eso es lo que me tenía nervioso. Que me explotara esa vaina en la cara."
Jajajajajaj....
And so, God loves me, or what? Que otra explicación puede haber? Es como dice mi mamá:
Suerte N. 1: que mi hermano y yo saliéramos a la misma hora y nos topáramos en el camino. Generalmente tenemos horarios muy diferentes.
Suerte N.2: Que por obra del destino, el panita que estaba dos carros más adelante se haya dado cuenta, no de la teta porque ese tamaño creo que brincaba a la vista de todo el mundo menos yo (por despistada), si no que se haya pillado el saludo entre mi hermano y yo. Y que de ñapa, le naciera bajar el vidrio en una ciudad tan insegura, para decirle a un chico en moto "pana, ¿viste la teta en el caucho de la amiga que acabas de saludar?"
Suerte N. 3: Que la teta no haya explotado antes de llegar a la bomba.
Suerte N. 4: Que la teta haya explotado un minuto antes de que mi hermano estuviese pegado al caucho destornillándolo para cambiarlo por el de repuesto.
Cuatro suertes de esta magnitud en media hora sólo pueden ser obra de alguien: DIOS.
Recuerdo el olor a tarde achocolatada como si todavía estuviese ahí. Debí haber tardado una eternidad cubriéndome con el sueter, la bufanda y la chaqueta, mientras mis amigos esperaban impacientes: "¡apúrate Ani!, ¡ya son tres para las cinco!".
Corrimos por esas escaleras como si no hubiese mañana y entusiastas salimos a la calle para atravesar el Boston Common seguido por el Windy Corner mientras nos deslizábamos por las aceras cubiertas de nieve como expertos que éramos ya, evitando caídas resbalosas y pichaques de barro.
En el trayecto, numerosos carteles coloridos del distrito teatral de Boston nos saludaban ansiosos invitándonos a observar aquellos shows, por supuesto, luego de pagar una pequeña fortuna. Nosotros los veíamos con envidia, queríamos formar parte de ellos, pero estudiantes que éramos y con un presupuesto acortado, seguimos corriendo para el Double Tree.
Ahí vivía Tomo. Nuestro gran amigo japonés a quién la universidad ubicó en el hotel por falta de cuartos en los dormitorios internos. Él nos esperaba en el Lobby.
Sonrientes hicimos nuestra entrada triunfal a las cinco y cinco, como si fuésemos partícipes de alguna de esas películas pavosas con horas repetidas donde ocurren cualquier cantidad de cosas. Ellas estaban ahí: redondas, doradas, esponjosas y a la vez crujientes, con pequeños lunares esparcidos por toda su piel. A su lado una elegante porcelana despedía un cálido humo que siluetaba mi nombre, o al menos eso observé en mi imaginación.
Era el lugar, el momento, y la sustancia que llenaba nuestros seres de un dulce casero, casi como el de la nana o mamá, aquellos consentimientos que no apreciamos lo suficiente hasta que huimos de nuestro país, nuestro hogar. Nuestra comidita casera.
El té nos calentaba los huesos de inmigrantes tropicales mientras las galletas nos alimentaban de amor, llenando nuestros bolsillos del dinero que no tuvimos que gastar gracias a la generosidad del Double Tree.
Juntos reíamos de nuestro abuso y de cómo lo íbamos a seguir haciendo mientras fuésemos extranjeros, estudiantes, y seres que viven en la ciudad de Boston, sin ningún remordimiento. Tomo disfrutaba de nuestra compañía, aunque sus mejillas rosadas lo delataban un poco sonrojado con las miradas insinuantes de otros habitantes del hotel, que como él, viven entre cuatro paredes frívolas e inmodificables pero contentos, igual, por la inigualable merienda de chocolatechip cookies a tres para las cinco...
Después de ver quince películas, escribir 13 críticas, ir al cine ad nauseam, leer blogs y artículos sobre los premios de La Academia, finalmente llegó el día más esperado del año hasta la fecha: OSCARS 2010! Día en que se reunieron los más famosos, los más talentosos, y los más guapos bajo un mismo techo y sobre una misma alfombra para una sóla cosa: honorar el cine. En esta octogésima segunda entrega de los Oscars, los anfitriones fueron los mismos de It's Complicated: Alec Baldwin y Steve Martin. Una vez que inició la ceremonia, este par de locos simpáticos nos dieron la bienvenida con un discurso muy divertido en el que se metieron con tutti mundi, como siempre suelen hacer los animadores, comentando sobre los nominados a mejor actor/actriz principales y de reparto, y también sobre las mejores películas nominadas. Lamentablemente, como dice el pana Toto, luego de este opening speech casi no los volvimos a ver y es una lástima porque han podido aligerar la ceremonia, que por cierto, se extendió más de lo debido y por esta misma razón, se nos hizo ETERNA.
En esta oportunidad vi el evento con nina y otra amiga, las tres muertas de la risa, leyendo los twits con un ojo, viendo la pantalla con el otro, hablando hasta más no poder de cualquier vaina, criticando, riendo y gozando una #$%/$.
Eso sí. Me molestó enormemente cuando no le dieron el Oscar a Morgan Freeman. Sé que parezco una niñita, pero su actuación como lo dije en la crítica de Invictus me pareció ÉPICA y digna a una estatuilla. De esta semana no pasa que vea Crazy Hearts. Ya les comentaré qué me pareció la actuación de WIlliam Hurt, quien esta ocasión resultó ganador. La verdad, él fue la única sorpresa en el plano actoral, porque era obvio que iban a ganar Sandra Bullock, M'Onique y Cristopher Walzch en los demás reglones que premian el desempeño actoral. Los tres tienen sus premios más que bien merecidos. POr cierto que me encantaron las palabras de agradecimiento de Sandra Bullock. Aunque hubiese querido que llorara más, me pareció bastante humilde y me encantó que habló sobre cada una de las nominadas.
Lo que sí sorprendió y me complace muchísimo es que AVATAR a diferencia de mis predicciones (y las de medio mundo) no ganó sino 3 premios escuetos (bueno sí, no tan escuetos pero distan de estar en el top 3) demostrando que el OSCAR no siempre se lo lleva la película más comercial o taquillera, un "batacazo" como dice mi amiga Ana Stegner. Me encantó que Kathryn Bigelow ganara Mejor Director, marcando un hito en la historia de la cinematografía como primera mujer en ganar esta categoría tan prestigiosa. Y la verdad, aunque sí fue todo un SHOW que la ex-esposa de James Cameron le arrebatara todos los Oscars, la satisfacción la siento porque hizo su trabajo muy bien además de que me encantó la ironía de que una mujer hiciera una película de guerra, versus un hombre que hizo una película de "azules maricos" (joking but not really) y que ella fuese la ganadora de la noche, porque de alguna manera rompió un paradigma, demostrándole al mundo entero que cada vez hay menos espacio para las etiquetas y los lugares comunes en este mundo del SXXI. Es una lástima que los últimos (y más esperados) premios los dieron tan apresurados que practicamente ni nos dimos cuenta. AMÉ ver a Kathryn Bigelow con un Oscar en cada mano y encima devolviéndose a buscar el tercero. La cara de ponchado de James Cameron fue priceless. Uno de esos momentos gloriosos de la noche.
Esta entrega dista mucho de ser la más entretenida de todas, aunque confieso que tengo memoria de Doris y no recuerdo detalladamente cómo fueron las últimas dos o tres (odié la vez, o las veces que animó Conen O' Brien. Me cae PÉSIMO). En todo caso, es primera vez que veo todas las películas nominadas ¡y eso que este año duplicaron la lista! Primera vez que sabía de qué estaban hablando y, llámese compañía, Cosmopolitans, blog, Twitter, o cualquier otro factor que influyó en la noche, ésta edición fue, sin lugar a dudas, el Oscar que más disfruté.
Gracias a todos los que comentaron en las críticas y revisaron este blog para tener alguna referencia de las películas nominadas. Me encantó escribirles y compartir con ustedes en este espacio.
Bajo un cielo sin estrellas, ajena a mis circunstancias e indiferente a los escasos hilos que me tejen a esta ciudad del mal, me vi en el reflejo del retrovisor. Parpadeé una, dos, tres veces, en un intento de reconstruirme en el reflejo, pero no, de repente ya yo era otra persona. Viéndome de frente. Juzgándome. ¿Qué carajo haces aquí todavía? No entiendes que el mundo es infinito. Que en vez de estar inmersa en un mar de automóviles, pensando en no pensar que el motorizado de al lado le tiene el ojo puesto a tu celular, puedes estar caminando por las calles de Praga, escribiendo sobre la última exposición de arte del Guggenheim, e incluso, bailando al ritmo del mejor tango en Buenos Aires. Qué manera de enfrascarte la vida en un lugar que no te ofrece la mitad de lo que tú le brindas.
El doble discurso se hacía cada vez más pesado y cada vez más certero. En mi cabeza las ideas se repetían como ecos de una fuerte disonancia cognitiva: por un lado el nacionalismo y las ganas de combatir los peores males y echarle bolas (es decir, una vida entera intentando construir una mejor Venezuela), y por el otro lado, mis sueños y ambiciones de convertirme en una estupenda e increible periodista cultural. Escribir de arte, música, teatro, en fin, de todas las facultades intelectuales del hombre que hacen del planeta un lugar sin igual. Estaba obstinada de la política. De la corrupción. De las constantes promesas sin cumplir y los atardeceres bañados en sangre, en una ciudad que recibe a la violencia como única opción de vida.
Qué arrecho es no ver más allá y conformarse con vivir una vida que no le permite a uno alcanzar su máximo potencial. Pienso en Gandhi. En Mandela. Sé que la cárcel sólo existe en la mente, ¿pero es que acaso el temor a que te maten no es una limitación tan arrecha como una cárcel? Sí. Sé que el temor también está en la mente. Pero lo que ocasiona el temor se hace cada vez más tangible y real ante nuestra mirada. Está ahí. Es un hecho. Una amenaza sin igual. Y yo ya no sé qué hacer con un mar de ambiciones y un metro cuadrado de posibilidades –en este país–. Siempre he odiado la gente que vive aquí sin ganas de echarle bolas, siempre anhelando la vida de quienes emigran. Critican y no dan lo mejor de sí. Pana, para eso vete. Este país no necesita gente así. (¿y es que acaso yo me estaba convirtiendo en esa persona tan detestable?) Cada vez más se me hace imposible juzgar a quienes buscan diferentes tierras dónde puedan abarcar el horizonte. ¿Egoístas? Por supuesto que lo son. Pero es su vida y por ahí uno debe empezar. “Hay que ser el cambio que uno quiere ver en el mundo” dice Gandhi. Los procesos deben empezar desde adentro.
Más allá de los límites, de las fronteras, no puedo evitar sentir un hambre voraz, un apetito hacia el mundo. Quiero ver la Monalisa, no en mi mente, no en un libro, lo quiero ver ahí, sobre la pared del Louvre, reccorrer el camino de Santiago, montar bicicleta a orillas del Danubio, visitar la ciudad de Los Ángeles y ver a nuestro querido Dudamel, que maldita sea nunca encuentro entradas para verlo aquí.
Es Caracas. La misma Caracas que a diario me devora. La Caracas que me empuja, cada día más, como si lo hubiese pensado, como si lo hubiese decidido. No te quiero, me dice. No te necesito. Muérete. Lárgate. ¿Qué prefieres? Juro que a veces siento que vivir aquí me plantea una única posibilidad: vivir de la ficción. De la creatividad. Inventar para no rozar la realidad. Crear un mundo alternativo dentro de uno caótico.
Y entonces, ¿Por qué no me voy? Será mi familia. Mis amigos. La universidad. La carrera. El trabajo. La rutina. El idioma. El clima. El Ávila. El pabellón. El bienmesabe. Mis raices. Mi identidad. Mi país.
Al final, claro que estoy atada. Y no es fácil. Nunca lo es.
Hasta hace poco nunca me llamó la atención saber qué hay ni cómo es el Oeste de Caracas. No me quitaba el sueño, no me intrigaba. De chiquita pensé que el Este lo era todo, es decir, Norte, Sur, y Oeste también. Crecí y al entrar en la universidad, me vi obligada a salir de mi burbuja, este nuevo mundo me incentivó a querer saberlo todo. A conocer más.
Así empezó mi paseo hacia una zona poco frecuentada por los que vivimos en el Este, tanto que en algunos casos llega a convertirse en un tabú. Son muchos los que piensan que al bajarse del metro, inmediatamente serán amedrentados con una pistola. Yo hice el intento de borrar cualquier barrera mental en mi primera experiencia.
Venía de Chacaíto, donde corrí disimuladamente por las aceras de la Av. Francisco de Miranda. Intenté cruzar la calle varias veces. No fue fácil. Los semáforos peatonales no son más que una utopía en una ciudad que no fue pensada en quienes caminan.
Confieso que pocas veces en Caracas me ha tocado usar el Metro. Cuando el vagón llegó a la estación Agua Salud me asombré. No sabía que me ofrecería una vista así, viva y directa, de lo que había fuera de ese encierro subterráneo. Era intimidante. Una especie de “vista previa” que se asomaba desde la ventana y venía acompañada de una canción: la música provenía de la guitarra de un señor que movía sus labios al compás de “No te enamoraste de mí”, de Ricardo Arjona. Ese fue el soundtrack del temible 23 de Enero, donde se bajaron unos cuantos y se subieron muy pocos. En breves minutos llegué a mi destino final: Gato Negro. Al salir me sentí como una extranjera en mi ciudad. Encontré una avenida iluminada por un sol radiante –una figura poética que engaña, pues ese sol fue el mismo que me derritió conforme pasaban las horas.
En la extensa Avenida Sucre de Catia se observan esos viejos y “auténticos” comercios que funcionan desde que abrieron sus puertas hace cuarenta años: frigoríficos, panaderías árabes, pastelerías, peluquerías, quincallerías, y abastos, establecimientos que no se han visto obligados a sumarse a la red de las grandes cadenas. Y un dato para el recuerdo: en el Supermercado Quincallería Tai abundan arroz, café, huevos, papel toilette, caraotas negras, leche descremada; productos que, en tiempos de revolución, no se consiguen en las principales cadenas de auto mercados del Este. ¿Será porque ahí trabajan únicamente 3 asiáticas que, en efecto, no entienden ni papa español?
En Catia, todo pareciera haber quedado estático desde su creación, o casi todo. No encontré, por ejemplo, ni un edificio moderno. El deterioro de la pintura en sus fachadas, las filtraciones y la inmundicia, traiciona a su arquitectura, delatando la falta de mantenimiento que se ve en innumerables rincones del lugar. Seguí mi camino, paseando, intentando descifrar lo desconocido, y la mirada de curiosa me delató ante los ojos de un extraño, que al verme, preguntó: “mija ¿y a ti qué te pasó? ¿Estás perdida?”.
En minutos llegué a Plaza Sucre, donde un inmenso mundo invadido de vendedores ambulantes se desplegó ante mis ojos. Nunca había visto tanta diversidad de corotos amontonados. Es un lugar donde no existe la clasificación ni el orden. Desde ropa interior, frutas, ganchos, franelas, kits de manicure y pedicure, cachuchas, zapatos de cualquier tipo, hasta cables, dvds, vestidos, música, libros, maquillaje, pasando por las cosas más absurdas que se puedan imaginar, como implantes de silicón para quienes no poseen suficiente busto. “Todo esto y más en el Bulevar de Catia”.
En la Plaza Pérez Bonalde, un jueves a las 3 y media de la tarde, resulta notable el gran movimiento de personas hablando y compartiendo. A un lado está un señor que canta con devoción –testigo de Jehová– al son de una música religiosa. Y los más pequeños todavía juegan a la “ere”, mientras algunas mamás practican su talento de chismógrafas.
Claro que hubo momentos con pocas personas alrededor, pero eso no me hizo sentir menos segura. Me conformé con sentir las inclinaciones del asfalto bajo de mis pies; ver los tendederos de alambre y escuchar los ruidos de algunos carros desesperados. A esa hora, el olor a perro caliente de los kioscos vecinos me aceleraron el apetito, hasta que vino un camión –de esos que escupen humo negro, demasiado humo negro– y me provocó náuseas.
Encontré un fuerte contraste del movimiento urbano de Catia, en el Parque del Oeste, a pocos metros de Gato Negro. Ahí todo es color de rosas. O mejor dicho, color verde. A diferencia de los edificios, el parque sí tiene un excelente mantenimiento; es un jardín que invita a disfrutar del paisaje, con sus pequeñas colinas y lagos, árboles, parejitas (siempre recordándote de lo que tú no tienes), y diversas obras de arte encontradas a lo largo del terreno. Me sentí relajada y feliz. Es el lugar de un mundo paralelo.
Esta experiencia me dio una visión del Oeste que antes era inexistente. El salvaje Oeste puede ser un lugar accesible para quienes están dispuestos a experimentar algo nuevo. Un sector olvidado por la modernización, pero que preserva su carácter único. Un lugar que pareciera haberse quedado en el tiempo, cubierto de polvo y de falsas amenazas ante una ciudad que se desborda y que, cada vez más, marca las diferencias pero también las semejanzas.
Ana Cristina Sosa M.
*Esta crónica fue publicada en la primera edición de la Revista Ojo
De lunes a viernes, todas las mañanas parecieran seguir la misma rutina. A las 5:50 estoy profundamente dormida cuando mi sueño se convierte en un tormento; la música del despertador actúa en ellos como soundtrack, y poco a poco el sueño angelical se transforma en pesadilla: es cuando me doy cuenta de que es hora de despertar.
Con los ojos cerrados y borracha del sueño, camino cual zombie hacia el clóset y me pongo lo primero que veo, esto me ha convertido en la persona más descombinada del salón, pero no me importa porque por lo menos sé que duermo 5 minutos más. A las 6:05 rápidamente agarro mi bolso, me cepillo los dientes y salgo hacia la calle para montarme en el carro. Es en este proceso el que, dormida e intentando despertar, me doy cuenta de que he dejado mi cuaderno de apuntes, el pendrive que necesito usar en la oficina, el libro de historia, el termo para el auto con café negro para despertarme, etc. Ya van 15 minutos de retraso.
Apurada y pegando gritos me monto en el carro a las 6:25 y agarro la Av. Enrique Erazo – con sus cinco semáforos que parecieran dilatar una eternidad- y como soy víctima de la Ley de Murphy, las luces esperan el momento que yo esté de primera en la fila para ponerse en rojo. No son muchos los carros que se ven a esa hora, pero qué curiosa es la gente que me rodea. El otro día vi a un señor, que conducía una lujosa camioneta último modelo, cortándose las uñas de lo más feliz; a mi izquierda tenía una pareja devorándose a besos (qué intensos, es demasiado temprano para pensar en amor), a mi derecha una mamá con cara de trasnochada – seguro que haciendo car pool - y atormentada con los 5 niñitos que parecían estar gritando; y en frente tenía a un fiscal conversando con la chica que vende El Nacional. Yo también aprovecho: me peino, me tomo mi café, me echo colorete, e intento mejorar el atuendo con las chaquetas que tengo en el asiento de atrás.
Una vez en la autopista, el trayecto por lo general es rápido. Sin embargo, hay días en los que hay tráfico y uno nunca termina por enterarse de qué fue lo que ocasionó esa varianza. Yo me siento como un robot, a esa hora realmente no pienso, solo sigo recto y cuando veo que las luces del carro que me antecede se ponen rojas: freno. No me cambio de canal y no sé ni a qué velocidad voy. Solo sigo mi camino, como quien hace lo mismo todos los días y no piensa en qué está haciendo.
A las 6:50 estoy entrando en la universidad, ¡Oh no! Tengo que estacionar en el Auyantepui (también conocido como Esequibo 2). Lo odio a muerte pero tengo que admitir, bajar una montaña –corriendo como una loca- con el fin de llegar a tiempo a clases, es clave para finalmente despertar, una vez por todas...Ana Cristina Sosa M.
Hoy amanecí con un leve dolor de barriga. Pensé en todo menos en ti, te juro que no por fin no pensé en ti. Quería algo pero no sabía qué. Quería quitarme ese dolor que sentía por dentro, "quizá me tomo una pastilla" pensé. Y es que yo pensaba que tenía que ver con un dolor intestinal, con una mala digestión. Poco sabía yo que era otro tipo de dolor. Un dolor que tal vez tenía todo que ver con lo que sentía por dentro, pero yo, tan perdida en mi rutina pensaba que ya todo estaba bien, que ya otra vez estaba feliz, con otro alguien que llenaba el breve espacio en que ya no estás.
Me paseaba por la universidad con un sentimiento extraño que aún no lograba identificar. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo hacerte sentir aquello? Algo así parecido a un susto inesperado, como aquel que una vez me echaste para quitarme el hipo. No recuerdo que tenía puesto, ni recuerdo que hacía en ese momento pero, tan inesperado cómo fue el haberte conocido, voltié el pescueso y ahí estabas tú. Tan sonriente, tan rosagante, tan tú. Riendo, echando cuentos cómo si aquí no ha pasado nada y tu sigues siendo el ser mas feliz del mundo. No, no sentí rabia ni melancolía ni envidia ni nada que se le parezca. Sentí impotencia. Impotencia porque lo único que quería era correr hacia tus brazos, abrazarte fuerte contra mí y decirte lo mucho que te quiero y la maldita falta que me has hecho. Sin embargo me aguanté las ganas de correr a tí. De besarte. De abrazarte. De quererte y adorarte. Me aguanté todo, pero no pude evitar gritarte, a los 15 metros que quizá nos separaban "Fulanito.. Fulanito " Pero tu seguías riendo, seguias echando tu cuento, tan concentrado como siempre, como un niño con cara de pillo. No me viste, no me escuchaste. Y yo, yo me sentía tan desnuda, tan frágil, tan cruda.. y ahí empecé a sentir el nudo en mi garganta, y eché a correr, pero en la otra dirección. Bien lejos de tí.
Poco a poco fui entendiendo, el malestar siempre fuiste tú, el presentimiento de que sabía te iba a ver después de tanto tiempo, de tantos besos. Y es que todavía sigues impregnado en mi piel, entrecruzado en mi corazón. Sigues estando en cada idea que me viene a la cabeza, en cada palabra que sale de mis labios, en cada beso que me niego a darle a cada clavo que me ofrece el olvido. Sigues estando de conductor de mi carro. En mi casa y en mis pensamientos. Sigues estando conmigo cada vez que me eche en la orilla del mar a contemplar la vista, sigues estando dentro de las historias de Caseopea, sigues en mi celular, en cada cuaderno y en cada escrito que escribo sobre este teclado. Sigues siendo tú, y sigues estando aquí.. y a mí no me queda más que esperar, esperar que algún bendito día te recuerdes de mí y decidas regresar.
Protegida cual si fuera una niña de 10 años, intento escapar de las paranoias familiares y me dirijo hacia mi café predilecto: El Moma. Me monto en la autopista que va hacia el centro de la ciudad, y me salgo en la salida de la Av. México. Poco después me estaciono en frente al Teresa Carreño. Me aseguro tres veces de haber trancado bien el carro y camino hacia el Ateneo de Caracas. Observo con lentitud las diferentes pancartas publicitarias anunciando las obras de teatro que están por estrenarse. En mi camino, diversos vendedores ambulantes de la economía informal que ha invadido la ciudad de punta a punta, también, aunque lamentándolo mucho, veo que hay una serie de mendigos pidiendo limosna. Continúo con mi trayecto, bajando una serie de escalones y sé que en cuestión de segundos estaré entrando en el café.
Efectivamente, entro en el Moma y observo a mi alrededor: lo usual, varias personas sentadas en los sofás que están a mi izquierda, leyendo el periódico y diversas revistas. En las mesas, a mi derecha, encuentro diversos grupos sentados, charlando y riendo. Algunas personas comen, otras prefirieron beber. Me siento en una mesa que está completamente rodeada de gente y saco mi cuaderno y una pluma con la cuál pretendo estar escribiendo. Realmente estoy un poco ida, pensando en no pensar y al mismo tiempo escuchando las diferentes conversas que me rodean. Todas se unen entre sí y hacen una gran bulla que es dificil identificar y estratificar en diferentes palabras y oraciones.
Hago un intento de concentrarme a lo que vine, y veo que cerca de mí está un señor mayor muy flaco y con unos bigotes blancos muy largos, que tiene un estilo muy particular y carga en sus manos un juego de cartas del tarot. Se pasea de mesa en mesa mientras busca quién le interese ser su próximo cliente. Se acerca a mí, y lo observo fijamente. No sé como explicarles lo que vi en su mirada pero fue algo que me recordó a la canción de Maná "En el muelle de San Blas" cuando describe a una mujer cuyos ojos se le llenaron de amaneceres. Por fin entendí esa frase ya que así mismo tenía la mirada éste señor, creo que fue lo que más me conmovió y asenté con la cabeza para que me leyera el tarot. Se sienta en la silla al lado de la mía y le ofrezco algo de tomar, me acepta un agua con azúcar porque siente que tiene un leve bajón de azúcar. Se presentó como Hugo Márquez el Azzi, me preguntó mi nombre y yo le respondí <>. Hablamos un poco sobre la vida y poco a poco comenzó a dividir las cartas en dos pilones. Me pidió que hiciera una pregunta, que bien podía hacerla en mi mente o decirla en voz alta. Preferí decirla en voz baja (no me escuchó) y lo callé para mí. Fue volteando varias cartas y hablándome sobre lo que depara de mi futuro, frases que bien podían contestar la pregunta que me hice. Me planteó que yo estaba confundida entre dos chicos, y que muy dentro de mí yo sabía cuál debía de escoger, que sólo tenia que esperar que el río de calmara hasta que el agua fuese lo suficientemente transparente para poder saber la respuesta y lo que hay en ello. "Es bueno" pensé hacia mis adentros. Lo siguiente fue increíble, no sé cómo lo supo, pero me dijo que yo estudiaba periodismo y que me veía con mi propio programa de televisión. Le agradecí esto pero le aclaré que realmente no estoy interesada en la TV sino más bien en la prensa escrita. Me dijo que entonces tal vez sería una columna personal pero algo relacionado con los medios era. No se pueden imaginar la hermosa sonrisa que se dibujó en mi rostro de punta a punta. Estaba ya contentísima, poco me podía importar lo que me dijera ahora de los amores, ya eso pasó a ser un segundo plano. Hice otras preguntas a las cuales me respondió cosas buenas e intermedias.. Nada del otro mundo realmente, pero se notaba que te leía la mente aquel hombre. Hablamos un buen rato y al final me dijo que él no cobraba, que le diera lo que quisiera y que, si algún día no tenía nada que ofrecerle de dinero, esto poco importaba, que él lo que pedía era una pequeña ayuda para poder continuar con su trayecto. Muy agradecida le di 10 mil Bs., y me quedé en aquél café pensando sobre todo lo que me había dicho.
Me quedé hasta que cerraron, observando cada de detalle de lo que ocurría a mi alrededor. La interacción entre los mesoneros y los clientes, las diferentes parejas que habían, en la mesa al lado mío había una que consistía en un hombre moreno –mayor- y una barbie catira, con un cuerpazo que lucía tremendo escote que poco dejaba a la imaginación. Algo en su conversación, en la cuál discutían sobre alguna eventualidad, parecía decirme a gritos que eran amantes, esto no lo se a ciencia cierta pero fue la impresión que me dio. El mesonero que me estaba atendiendo estaba bastante impaciente, tal vez porque yo ya llevaba 5 Cocacolas y aún no me había molestado en pedir la cuenta, me dice que ya la caja está cerrando, y yo procedo a decirle que me la traiga. A mi izquierda hay un chamo que luce un tremendo afro lleno de rasta, acompañado de una mujer morena, muy oscura, pero bastante atractiva. Bohemios, pensé, ahora seguro van a proceder a fumar narguile o algo por el estilo.
En frente a mí está colgada del techo una pequeña televisión, en la cual se puede observar el canal HTV, sólo observar ya que está en mute, proyectan unas mujeres cuyos rostros se dividen y se van poniendo cada vez más borrosas hasta que parecen nubes en mi mente. Veo como ya la cocina está cerrada, y los cocineros van saliendo. Hay un señor que escribe impacientemente en su celular, está sólo y viste casualmente. "A este lo embarcaron" pensé. Ya no queda casi gente. Sólo una pareja más, de la cual el señor se levanta y se dirige hacia el baño, la señora se queda pensativa en aquella mesa, mientras termina el último sorbo de café que queda en su copa. Me despido de Mildred, la meitre y salgo. Subo los escalones y me dirijo hacia el carro. Ya no hay vendedores ambulantes y la noche está espectacular. En el cielo: una bella luna llena que alumbra a la ciudad de este a oeste, acompañada de estrellas que nos recuerdan que no todas las noches son tan amargas como a veces pensamos. ¡Qué noche tan buena! pensé. Ojala todas fueran así.
Carlota. Una mujer como pocas. Una mujer de pocas palabras. Tan preocupada por emprender diversos caminos, que nunca logró culminar uno solo.
Carlota, siempre estuvo ahí en las buenas. Sí, de esas mujeres que pretenden saberlo todo, pero que en verdad, no saben nada. Poco le importaban las apariencias y tenía la capacidad de ver más allá de una mirada. Era de esas intelectuales que se llenan la boca hablando de libros y de autores, pero que en verdad, nunca comprendía el significado entre sus letras.
Se enmascaraba de ser perfecta, pero por dentro ella misma sabía que no lo era. Yo bien estaba al tanto que no lo era, porque yo sí conocí a la verdadera Carlota. Yo viví con ella. No era fácil. Era muy buena en las buenas, pero pésima en las malas. Conocía el verdadero significado de una sonrisa, y la eterna agonía detrás de una tristeza.
La última vez que vi a Carlota, recuerdo bien, era el segundo del primero del año. El reloj marcaba apenas las 3 de la mañana, aún por venir. Se volteó, y me pregunté si era realmente ella. La persona que yo vi, estaba totalmente invadida de soledad y en su mirada se veía un mar de profundas tristezas adueñadas del olvido.
La vi, mientras la luz se enredaba entre sus cabellos, y me veía con esa mirada tan penetrante y adueñada de tristezas, que me pegó como un fuerte grito de auxilio al oído. Así, al menos por un instante, fui sintiendo su desconsuelo. Sus ojos, hechos agua, derramaban una lágrima que poco a poco se iba resbalando sobre sus mejillas. Una lágrima que proyectaba su miserable angustia y su tan desesperante ahogo.
Carlota ya no hablaba. ¿Hablar? ¿Para qué? Carlota ya no tenía nada que decir. Su vida se había convertido en una constante búsqueda de algún significado más allá de lo ordinario, ya fuese de amor, felicidad o vida; quizás de cualquier otra cosa que la alejara fuera de ese camino al abandono de si misma.
La verdad es que Carlota añoraba en su vida todo aquello sobre lo que constantemente leía dentro de sus novelas de ficción. Pero Carlota poco sabía lo irreal que era esa vida sin ninguna acción.
¿Vivía? Si, vivía, pero sólo en una eterna agonía de sufrimientos y de soledad. Se inyectaba la tristeza, mientras ésta iba dejando la marca en su piel. Marcas que la mortificaban, recordándole a cada momento sus constantes tormentos.
Muchas fueron las veces que traté de ayudarla, pero Carlota, Carlota me abandonó. Me dejó en consecuencia de las malas lenguas y de las malas juntas. Me dejó pocas cosas, entre ellas un pero, un ¿por qué? Y por supuesto, la promesa de no volverla a ver nunca más. Lamenté eso, pero nunca me rendí. Nunca dejé de ayudarla, de llamarla, de quererla, en fin, de buscarla.
La conocía, la conocía bastante bien. Sabía lo que pensaba poco antes de hablar. Se dejaba llevar por las influencias, pero también se hacía pensar. Sentía nuestro afecto de amigas, de hermanas, de compañeras que se ayudaban pero que además, nunca se debían dejar olvidar. Carlota rompió nuestro pacto, pues con el tiempo se alejó de mí y no dejó rastro. Me dolió, me dolió su ausencia, su engaño, su tristeza, su abandono, pero más aún su indiferencia.
Se me pasa la vida recordándola, pensándola, extrañándola. Aún me duelen los minutos sin ella.
Carlota se distanció para sumergirse en su soledad. Para hundirse en su tristeza y olvidarse de los demás. Ella simplemente dejó de buscar. Se consumió entre sus malos vicios y también dejo de pensar, de sentir, de querer y de amar.
Carlota, Carlota ya no tenía nada ni nadie en quién pensar.
Aún la recuerdo en cada instante en que no está. La vida sin ella pasó a ser algo ordinario, dentro de lo normal. La siento en cada espacio y en cada cuerpo que veo en mí andar. Más aún la quiero y la buscaré por siempre, porque siento que la vida sin ella……. la vida sin ella ya no tiene nada que dar.
Y así, Carlota se fue de este mundo, para no volver nunca más.
Lo conocí un sábado en La ‘Isla. Aquella que se caracteriza por juntar a la gran mayoría de los jóvenes venezolanos sobre la misma arena, contemplando el mar caribeño; todo esto, en Semana Santa. Él es joven y él es feliz. Al principio me pareció un poco tímido. No obstante, las horas pasaron rápido y la timidez fue absorbida quizás por el alcohol, quizás su sonrisa.
Entre palabras entrecortadas fui conociendo al gran Alberto Carrillo, quien no paraba de defender sus posturas sobre el amor y la vida, mientras hacía todo por defenderse ante una critica constructiva sobre un amor que según él… había dejado en el pasado. Tomando tragos amargos de licor, y desviando el tema hacia otros que me parecían tener mucha relevancia con el escapado, lo vi enfrentarse a la verdad existente sobre su primer amor: sigue siendo su amor (esta vez, en presente). No podía tolerar que le dijeran que él la hizo sufrir. Muchos fueron los chistes que fueron hundiendo ese sentimiento. Alberto, con su orgullo, parecía ser un poco pedante pero por dentro era todo menos eso. Todas lo sabíamos.
Un fin de semana intensivo caracterizado por mucha diversión: discoteca, parque de toboganes de agua, playa, piscina, cyber cafés, billar con narguile, entre otras actividades; fueron las puertas que abrieron esa grande amistad que sabía no iba ser pasajera. Un amigo capas de correr, reír, querer y compartir. ¿Cómo olvidar esos momentos?
Llegamos a Caracas y aunque, no nos vemos con mucha frecuencia, las veces que nos vemos el cariño siempre es igual. Alberto una vez dijo “El que no me saluda primero, yo no lo saludo a él” fue advertido que si esto llegase a pasar, se iba encontrar en serios problemas. Esto nunca pasó pues siempre saludó. Aunque hay quienes dicen que se caracteriza por sus comentarios “pedantes” una vez que lo conoces bien, ya ni parecen pedantes.
Ahora lo veo y, a pesar de tener una que otra pequeña cicatriz, sigue siendo el mismo: rodeado de mujeres bellas (novia, amigas, hermanas y mamá), de amigos y de familiares, pilas como él solo y con unos chistes que nos divierten a todos. Aunque clínicamente (por los momentos) no esta viendo, física y psicológicamente pareciera verte pues, Alberto tiene un corazón y un sentido del humor capas de vencerlo todo.
Él. Él es dos, y él es uno. Nunca se cuál es cuál. Me confunde. Se asemeja a un laberinto. Basta que pienses haber encontrado la salida cuando te das cuenta que tienes un muro en tu nariz. Maldito muro que no me deja entrar. Malditas paredes llenas de tristezas absurdas que no tienen sentido. Pero él.. él todavía no entiende. No entiende que yo no escogí entrar en este laberinto. En este mar de tanto trabajo (gratis, porque ni sueldo me paga) y de confusión. Él me busco. Y me encontró (probablemente sin quererlo, sin saberlo). En mis sueños me persigue. ¿Por qué, coño, por qué? Las canciones me buscan. Carajo no se ni cómo duermo en las noches. Me trago el asombro. Me atraganto el shock. Mientras busco digerirlo todo, espero tan solo una llamada. Una señal de vida. De interés. Alguna palabra, porque tal vez una estrofa sea mucho pedir. No puedo más. No puedo sentarme a esperar. ¿Qué hago pues? ¿Si no soy así? Cristina me lo pide. Cristina me ruega que lo haga. Cristina lo busca, lo entiende. ¿Yo? Yo solo soy el puente que hace uso de la razón y el sentimiento.
Él piensa que me equivoco. Piensa que lo juzgo. Él... Él no termina de entender que Carlota fue mucho peor que él. Que anita no juzga, solo entiende. Que su vida y la mía son iguales. No. No bastan las coincidencias. Ni los escritos. Ni las canciones para él. Yo.. yo tengo que tragarme la verdad que veo en su nariz. En mi cara. No. No pienso que soy el centro de su vida, no creo que sea ni la mitad de importante para él, como él es para mí. No comenta nada. No hace preguntas. No le interesa conocer, opinar. Yo hago todo por él. Y él no hace nada por mí.
Piensa que soy una mentira. Me quiere ver llorar. Sufrir. ÉL no termina de entender que toda mi puta vida sufrí. Lloré. Que por primera vez en mi vida estoy feliz. Para él, eso no existe. Malditas películas que lo hacen sentirse así. Él no quiere ver fuera de su laberinto. A veces siento que hasta quiero sumergirme en su dolor. Así sea por un instante, para ver si al menos así, consigo entender algo que aún no he logrado procesar. ¿Por qué tanto miedo? Miedo a la vida. Miedo a la muerte. Miedo a creer. Miedo a vivir algo diferente. A tener una conversación atípica. Miedo a la aventura. A lanzarse a la deriva. AL mar fuerte. A la muerte. Pero sobre todo, miedo a ser auténticamente feliz. Encima de todo, tiene las agallas de verme a los ojos y decirme que el es feliz. No sabes lo que es ser feliz. No tienes ni puta idea. Máscaras. Máscaras y más mascaras. Pantallas. Silencios. Mentiras. Vacíos. Arrogancias que no vienen al caso.
No lo suelta, no deja que nadie lo vea. Lástima para él que yo si lo veo. Lo ví mucho antes de saber quién era. De verlo. De conocerlo. Lo sufrí. Lo sentí. Lástima que eso lo cohíba. Lo intimide. Lo haga odiarme cada segundo de su existencia. No le gusta que le hablen de su verdad en su cara. No quiere reconocer que a lo mejor, alguien sí lo conoce, mejor de lo que él pueda entender. Se jodió. Me importa un bledo si me odia. Que me odie pues. Que me mate. Que lo intente. Nunca lo logrará.
Él. Él piensa que se está comiendo al mundo. Que todos estamos equivocados. No se come bien ni sus propias uñas. No entiende ni lo que él mismo escribe. No sabe ni quién es él.
Me importa un bledo quien ha llorado más aquí. No me interesa en realidad. Que se joda. Aquí nadie es mejor que nadie. Cada quién es como es.
Sin encontrar explicación alguna, y en contradicción a las ganas que tengo de pellizcarlo hasta morir, siempre busco la manera de respirar su propio aire. De sentir su alma. De escuchar lo que tenga que decirle a la mía. Se buscan. A cada instante se buscan. Quiero protegerlo. Ayudarlo. Abrazarlo. Quererlo. Hacerlo reír auténticamente. Hacerlo sentir. Amar. Querer. Apreciar. Despertar. Brindarle una amistad y que sin decirle que hacer o que sentir, haga y sienta. A lo mejor, cantarlo de vuelta a la vida.
Pero no, él no se deja.
Sumérgete en tu mundo mísero si es lo que crees que te hace feliz. Búrlate en la cara del destino, si es lo que te provoca. Sigue creyendo que hay que ver para creer, para que veas como nada en la vida se te va dar. Sigue perdiendo, sin aceptar ganar : Amor. Cariño. Amistad. Comprensión. Sigue así. Pronto seré yo la que te verá a ti enterrado en el cementerio de la cobardía y el engaño.
Estaba rodeada de un murmullo constante que pasó de ser un ruido interruptor de ideas, a una conversación ajena de la cuál me hice partícipe como chismosa oficial. Estaba pues, esperando (ahora, con mucha paciencia) que mi número S-227 apareciera en la pequeña pantalla digital de Seguros Mercantil para poder reportar un siniestro. Como toda sala de espera, ésta estaba conformada por sillas que rodean una mesa. La mesa, es testigo de todo lo que ocurre alrededor de ella. Sobre las sillas, se sientan los protagonistas de la historia que, según los dígitos de la pantalla anunciante, cambiará para bien o para mal.
El reloj marcaba las 2:20 cuando me senté en esa sala de espera rodeada de personas que nunca antes había visto. A mi derecha tenía un señor mayor (Juan), de esos que disfrutan del arte de hacer preguntas casi sin parar, y a mi izquierda, una señora morena (Armenda) cuya boca no paraba de moverse para ejercitar el arte de hablar con el señor de al lado que, por educación y casi obligación, no abría su boca si no para responderle lo estrictamente necesario.
- Que fastidio esta espera chico.
- Bueno pero, ¿qué se hace?
- Qué fastidio Caracas
- Y entonces, ¿por qué está aquí ahora?
- Bueno vale, las obligaciones. Tú sabes que yo soy una mujer muy ocupada, cuando estoy en Caracas yo no paro porque siempre estoy en los tribunales.
Es cuando no puedo evitar voltear mi cara y verla directamente, ella: una mujer trigueña, con la cara marcada de huecos, el pelo pintado de rojo sirenita, la nariz: flaca y casi pegada a la cara (se nota que es operada), y vestida con un atuendo casi burlesco de colores: magenta (la camisa, los zapatos y la cartera patente) y negro (los pantalones). Tenía en sus manos unas hojas con información que asumo, por lo que dice a continuación, tiene algún valor numérico importante.
- Bueno, déjame examinar esta cuenta para ver si todo está en orden, no vaya ser que no me estén pagando lo que me dijeron.
En ese instante, tal habrá sido mi cara de horror que la señora tapó su cara con la hojas (ahora dobladas y haciendo función de abanico de chismosa) para “susurrarle” al señor:
- La chama ésta como que me está viendo mucho, ¿verdad?
- No sé, yo creo que usted piensa que todo el mundo la está viendo (lo dice entre risas)
- ¿Tú estás asumiendo que yo soy bruta? Bruta no soy mijo, de serlo no estaría aquí.
- Nunca he dicho que usted es bruta.
- Ay… ya quiero que sea martes para ver que tal es China.
El señor Juan, a mi derecha, empezó su interrogatorio cuando observó minuciosamente que mi ticket dice S-227.
-Entonces, ¿chocaste?
- Si, son dos siniestros los que vengo a reportar, uno adelante, y uno atrás- respondí casi sin pensarlo.
- Jajajajjaja, o sea, sándwich
-Así es
- ¿Qué carro?
Ya era imposible tratar de escuchar lo que la señora de al lado decía pues, el Sr. Juan no paraba de hacerme preguntas que considero no tienen por qué importarle.
- Un Yaris
- Cónchale, ¿cuánto te costó?
Me hago la loca, la que no sabe, y le digo:
- Coye, no me acuerdo, es el modelo viejo.
- Déjame ver la póliza
-
En fracción de segundo, ya el señor había agarrado mi póliza y averiguado cuál era el monto por el cual el carro estaba asegurado. No conforme con esto, el señor seguía buscando conversación. Me hizo toda clase de preguntas, desde qué carrera estudio (Universidad, Edad, por qué escogí la carrera, en qué colegio estudié, etc) hasta dónde vivía y qué hacía en vacaciones. Ya para ese entonces, la señora se había dirigido al mostrador donde parecía ser atendida por la señorita que esta trabajando a la izquierda del mostrador.
El señor Juan hace silencio, por un momento, y después me aconseja talleres y de más para arreglar el carro. Yo, ya involucrada en una conversación que nunca busqué tener, decido preguntarle a él, también, toda clase de preguntas.
-¿Qué carro chocó?
-Un New Beatle – me respondió rápidamente pero me hizo la siguiente aclaratoria:
-No lo choque, ayer caí en un hueco horrible y no solo el caucho está dañado sino que, hay un daño interno que quiero que me arreglen bien. Tengo miedo que el perito no sepa identificarlo.
Ya estaba lista para preguntarle en qué trabajaba cuando el mismo señor me señala la pantalla digital que mostraba, en rojo y titilando, S-227. Me despido de mi nuevo amigo preguntón, y voy hacia el mostrador. Me atendió la joven del medio. Estaba entre la señora Armenda y el señor con el cuál ella no paraba de hablar. El proceso tardó mucho pues, la señora Armenda sólo estaba entablando conversación con la señorita del seguro, quejándose del café y otras estupideces, mientras que, el que estaba realmente siendo atendido fue el señor con el cual ella hablaba. Ahora la conversación que empiezo a escuchar es iniciada por la señorita que atiende al señor:
-¿Qué relación tiene usted con la portadora del carro asegurado?
El señor, en tono de burla, empieza:
- Bueno, como te explico: chofer, guarda espaldas, asistente personal, “escuchador de quejas”, en fin, el que se cala todos los problemas. Jajá, me clavaron una china.
Todos nos reímos, incluyendo la señora, que le dijo –Agiliza, yo te espero en el carro-
Sale por la puerta de vidrio y se monta en una camioneta monstruosamente grande y negra. El señor, aliviado de que la señora salió, empieza hablar con todas las señoritas (incluyendo la que me debería de estar atendiendo a mí)
-No vale por fin, esa señora no para de hablar, yo les digo una cosa, (de nuevo, con tono burlón) no hay mujer fea sino mujer que no tiene los reales para ponerse “bella,” la jefa se hace una cirugía nueva todos los días.
- Jajá jajá- se ríen
- Conchales, ustedes se ven cansadas, seguro trabajan todo el día y ganan sueldo mínimo.
Todas se ven, se ríen, y una responde:
- No vale, no sueldo mínimo, jajaja, ganamos 20 mil Bs más.
Se ríen. El señor se despide, les promete traerle chocolatitos el día siguiente, y yo por fin soy atendida mientras pienso en la triste realidad de mi país.
Ese día me encontraba invadida por la angustia. Eran ya las 11 de la noche y no había podido ir al lugar donde tanto quería escribir la crónica, pues la lluvia inoportuna una vez más consiguió arruinarlo todo. Entre trabajos, reuniones de plancha y mucho estrés me encontraba en una situación incómoda. En mi cabeza, varias interrogantes: ¿Realidad o ficción? ¿De qué escribo si no pude deambular en mi perfecto y bohemio lugar planeado? En ese instante recibo una llamada. "Hola Anita, ¿en qué andas?" Mi mejor amigo que siempre me llama a saludar estaba casualmente jugando pool en su casa con unos amigos. Desde que me dijo eso, no pude dejar de preguntarme: ¿De qué carajo hablan 5 hombres mientras toman y juegan pool? La situación me resultó algo tentadora. No me resistí.
Antes de saberlo, ya había llegado. Un apartamento como cualquier otro situado en el Este de la ciudad. Aire Acondicionado. Piso de parqué. Pequeña terraza. Decoración algo extravagante, pero fina y con clase. En el fondo una canción cuya letra repetía constantemente las palabras Turn Around, every now and then I fall apart, Turn Around. Los muchachos, todos tomando vino blanco y riéndose. Lo primero que hice después de saludarlos y sacar mi libreta fue aclararles “Yo no existo”. "De pinga, tu no estás" me respondieron.
Mr. Anfitrión, el niño maduro bello que estudia Medicina y tiene 21 años, estaba vestido con una pijama de Mickey Mouse que le abrazaba el cuerpo. Sus tres amigos: Chicken Little (con sus lentecitos me comprobó que las apariencias engañan), el Zamuro (ya se imaginarán por qué le dicen así) y el Mr. Casanova que estaba entablando una conversación muy importante con la ex de Chicken Little, mientras ésta estaba acostada en su sofá boca abajo revelando su interesante trasero a la humanidad.
Durante risas y mucho vino blanco, pude observar –con mucho asombro- el descaro de los hombres. Realmente son todos unos salvajes. Estoy AHÍ (en calidad de omnisciente, pero igual me están viendo) y el desbarajuste que tenían, aunque actuaban con mucha tranquilidad con sus "jodas" y conversaciones ambiguas, no era normal.
-Chicken little, métele el palo a la pelota y deja de hablar- dice el Zamuro - Estoy pelando bolas - le responde
No entendía si estaban hablando del juego, o de la ex que seguía coqueteándole a Mr. Casanova mientras Mr. Anfitrión le piropeaba su hermoso trasero, y ella sólo reía.
En ese instante, de la nada, se abre la puerta del pequeño estudio que estaba anexo a la terraza donde estaban jugando pool, y salen dos personajes nuevos: el hermanito de Mr Anfitrión, llamémoslo MINI CASANOVA (es un Dios), y su amiguita, que lucía una risita que sólo reflejaba su vergüenza al ver que todos tenemos sentido de la intuición.
Entre hombres se preguntaban y comentaban cosas como "Mira, ¿y tú tienes pecera o no?," (¿de qué carajo hablan?), Mr. Anfitrión hablaba de su hermanito (sí, Mini Casanova) con mucho orgullo a sus panas "La semana pasada fue la profesora de castellano! Caramba hermanito.. estoy ORGULLOSO" Se podrán imaginar mi cara de asombro mientras mi mano rápidamente se deslizaba por las páginas de mi libreta para que no quedara fuera ni un solo comentario.
A uno de ellos (realmente no recuerdo cuál) se le ocurrió prender la televisión que mostraba dos mujeres rubias besándose y tocándose, la ex y la amiguita se reían y querían saber al respecto, yo no sabía si salir corriendo de ahí o seguir apuntando estos comportamientos que aún me mantenían llena de asombro. Poco a poco fui encontrando refugio en la Frontera (vino blanco, muy bueno) y mi libreta. En mi cara: una sola sonrisa que reflejaba un poco los efectos del vino, la felicidad de enterarme de aquellos chismes que llovían a cada segundo, y lo bien que la estaba pasando mientras me reía del plan que salió a última instancia.
Escritora empedernida, Comunicadora Social (Ucabista), mágister en escritura creativa, bailarina frustrada, lectora de revistas de crónicas, de los mil y un blogs, y adicta al Google.
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"Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo, que andábamos para encontrarnos" Cortázar, Rayuela.