Tuesday, March 30, 2010

Looking at you

When I look at you
                          and listen to you
                                      Understand you
Feel you in between my hands
                             in between my lips
over my head
               underneath my soul

It’s when I know
          The sky’s the only limit 
for our love

Monday, March 29, 2010

Crackberry, te odio

Ojalá mi Blackberry tuviese tanto estilo como este, así por lo menos tendría una mejor para tenerlo. Si a mi celular le tengo aprecio es porque me lo regaló mi hermanito lindo. Pero el propósito de esta entrada es analizar sociológicamente el fenómeno Blackberry en Venezuela. ¡Ja! Sobre todo. Bueno, eso sería interesante, sin duda alguna, por algo todavía estas leyendo estas líneas, pero no creo que llegue a tal grado de profundidad.

Sin embargo, si diré lo siguiente.

La dependencia al Blackberry es fuerte. Bastante fuerte. Es insólito que no podamos sentarnos durante una comida completa sin revisar el celular por lo menos dos veces. No podemos ir al cine sin consultar en IMDB donde actuó el protagonista antes, porque la cara se nos es familiar pero no recordamos dónde fue que lo vimos. Insólito que alguien esté tratando de entablar una conversación cara a cara con nosotros y pareciera que estuviésemos más interesados en lo que celular tiene que decirnos. Increíble también como, desde que tenemos el fulano Blackberry, nadie tiene vida personal. ¿No se dan cuenta? Estamos disponibles para todo el mundo, todo el tiempo. Si no queremos responderle a alguien, ya no nos podemos hacer los locos “ay pana, que chimbo, no me llegó el mensaje”. No. El bendito Blackberry hasta te “sapea” que ya leíste el Blackberry y simplemente no te dio la gana de responder. Y entonces. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso siempre tengo que estar de humor para hablarte? ¿No puedo estar ocupada haciendo algo mejor con mi vida? Además de eso, minuto a minuto estamos publicándole al mundo todo lo que estamos haciendo por Facebook, Twitter, Messenger, etc. Como les decía, el Blackberry marcó el fin de la vida personal. 

Además de todos los efectos secundarios -nocivos a la salud- que tiene este aparatito en nuestra vida (sí, la adicción es nociva para la salud. si no, pregúntate cómo reaccionarías si estuvieses un mes en una isla desierta sin internet ni Blackberry?), me molesta enormemente que el servicio es inconstante y realmente incomunica más de lo que comunica. O cuántas veces no se han encontrado desesperados por comunicarse con alguien y pff no tiene EDGE, los mensajes no llegan, los e-mails no entran, las llamadas no se escuchan y uno se siente en un eterno monólogo. Es desesperante. Los benditos SMS eran mucho más efectivos. Nunca olvidaré cuando llegué de viaje y necesitaba avisarle a mi hermano que ya había llegado, que me buscara en la puerta tal y nada, Tuve que esperar con 3 maletas a las 12 de la medianoche en una puerta equis de Maiquetía (#miedo) a que milagrosamente mi hermano adivinara dónde estaba porque el bendito Blackberry no marcaba.

Impresionante, también, que Venezuela sea el país mayor consumidor de esta tecnología en América Latina. Incluso más impresionante es que consumimos más Blackberrys que México y Brasil juntos, que tienen una población muchísimo mayor a la de Venezuela.

INCREIBLE.

Y  obviamente, para que el consumo en Venezuela tenga esos índices tan altos, es evidente que no solamente la elite cuenta con este aparato. Estoy cansada de ver peluqueras, manicuristas, conserjes, choferes, señoras de servicio, taxistas y vaya usted a saber también tienen su Blackberry. ¿Cómo hacen para pagar una renta básica que supera los 100 BsF cuando el sueldo mínimo es ---- ? No sé. Dejarán de comer para tener un Blackberry.

Es impresionante, además, el temita de las modas en Venezuela. El Blackberry lo tiene todo el mundo en Venezuela, vamos a estar claros, porque se puso de moda. Y si no lo tienes, eres un perdedor y serás juzgado por toda la población (#melodramática). Pero es verdad, igual pasó con las pulceras Live Strong, que nadie compraba por su verdadera causa (creo que si a caso el 10% de sus consumidores sabían para qué servía la pulcerita esta). Tampoco olvidaré una vez que mi tía le traía varias pulceritas del norte para sus hijos, y llegó su maleta con cámara, computadora, epil lady y sin sus 12 pulceritas LIVE STRONG. ¡JA! Que chiste este país.

Y ahora, ¿qué me dicen de los relojitos estos horribles que tiene todo el mundo en todos los colores? Una amiga me estaba contando que su hijita de seis años le devolvió el reloj indignada porque era una imitación y no el original. ¡Caraj! ¿a dónde hemos llegado?

Creo que la persona promedio consumidora de Blackberry en Venezuela ha tenido mínimo dos equipos. Ya yo voy por tres. El primero me lo robaron. El segundo todavía lo tengo por ahí guardado por si acaso me roban el mío. La adicción es tal que tenemos que tener un repuesto, por si... es que si le pasa algo al nuestro, definitivamente que la sola idea de aguantar dos días sin él es inconcebible! Señores, somos la sociedad más consumista del mundo. Los más innovadores. Somos el oasis del TRIAL. Aquí nos lanzan cualquier coroto y el venezolano va corriendo a comprarlo, no importa que cueste una pequeña fortuna, no importa que no se sepa si el coroto funciona en cuestión, eso es irrelevante, simplemente tenemos que tenerlo.

Creo que la razón por la que más detesto el Crackberry es que me ha hecho cuestionarme sin efecto soy una materialista? Si no puedo vivir sin él, y él es un objeto (a pesar de que lo uso para efectos NO MATERIALES, como mantenerme informada y’comunicada’) entonces, soy materialista? Definitivamente sí me creó una dependencia muy fuerte.

Crackberry, te lo digo otra vez, ¡te odio!

 

Sunday, March 28, 2010

A su encuentro

Ella viaja en el bus, ese de la fotografía desteñida. Lo hace por su amor. Lo hace por su vida. Con una sonrisa de punta a punta, se encuentra sentada entre niñas malcriadas, hombres sudados, viejas chismosas y un loco conductor que al parecer ignora cualquier velocidad inferior a los ciento cuarenta kilómetros por hora.  El miedo y el terror reflejado en los rostros de las señoras mayores sólo consigue manifestarse como emoción y anticipación en el rostro de ella. Menos tiempo, cada vez falta menos tiempo- pensó.
Su torso está erguido, abrazando su mochila, lo único que puede sostener mientras piensa en él. Tararea la canción, esa que él le escribió hace unos meses en aquella carta, la única evidencia física de su amor.  
Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción

 En este momento siente un antojo inagotable por abrir su mochila y sacar aquel sobre añejado con la carta de amor, leer las palabras que ya conoce mejor que su propia vida para sentir de nuevo esas endorfinas que se pasean por su estómago a una velocidad similar a la del bus. 

El sol entra por la ventana derecha, calentando su mejilla, resaltando sus reflejos rojizos que sólo se ven con el sol y que a él tanto le gustan. Siente una brisa entrar desde atrás. Renuncia a la idea de sacar aquella carta por miedo a que se la lleve el viento. Cierra sus ojos. Piensa en su amor. Recita la carta en su imaginación.

Los minutos pasan lentamente. Poco a poco va atravesando ciudades satélites, campos de trigo, carreteras de tierra. Respira aire fresco, polvo, tierra, mientras se pasea por diferentes olores y roza una infinidad de texturas palpables a su vista. Sueña con él.

 Una cadena de cornetas interminables la despiertan. ¿Dónde estoy? - se pregunta. Sus ojos se hacen agua al ver en su alrededor una autopista colapsada de carros, unos vidrios ahumados y su madre en el puesto al lado, conduciendo para llevársela lejos, muy lejos de él.

Friday, March 26, 2010

Mami, perdón




Mami, perdón. Perdón por haber utilizado tu pintura de labios Chanel como creyón, por darle tus tacones predilectos a Malta y por creer que la afeitadora era un instrumento mágico para suavizar la piel. Quiero pedirte perdón porque sé que uso mis ojitos mágicos más de lo que debería, porque no puede ser que me ponga a llorar cada vez que no me quieres regalar algo que quiero.

Perdón por manchar tantos vestidos. Por negarme a comer vegetales. Por no colorear dentro de los márgenes negros. Por no querer dormir en la cama, si no en la cuna, y por complicarte tanto la vida con el señor ese, que tu dices que quiero pero que yo tanto odio.

Quiero que me perdones por haber llorado tantas noches seguidas, me doy cuenta que sin ti no podría vivir porque cada vez que me despierto llorando es porque sueño un mundo sin ti y lo horrible e imposible que sería. Perdona, mamá, por sacarte de cama a las seis de la mañana todos los días para prepararme desayuno y llevarme al colegio. Por no dejarte dormir ni siquiera en viajes o fines de semana.

Ya sabes que no me puedo aguantar dos horas despierta sin ti.

Anoche, después de que me leíste por quinta vez Margarita, cerré mis ojitos para que descansaras la voz y pensaras que estaba dormida. Sentí algo extraño. Te fuiste del cuarto y te seguí al ratito. Asomada por la pequeña ranura de la puerta, te escuché llorando. Tus ojos despedían lágrimas saladas y yo inmediatamente empecé a sentir algo extraño en mi pecho. Algo había hecho mal. Por mi culpa tu estabas así y yo sólo quería abrazarte fuertemente para que no te sintieras así.

Sabía que si me veías despierta, y viéndote, te ibas a molestar. Regresé a mi camita muy triste y no podía dormir. Sólo podía pensar en ti.

Perdóname, mami. Espero que sepas lo mucho que siento por ti.

Tuesday, March 23, 2010

Círculos


Círculos van y círculos vienen en mi mente. Se dibujan sobre nubes redondas, circunscritas en el cielo, colgándose de otras nubes que a su vez, tienen mil circunferencias adentro. Son pensamientos que circulan por mi mente que redondean mi manera de idear. Son círculos que intentan encerrar ideas concretas e ideas abstractas. Círculos que vienen y van, que se abren y se cierran, que son negros y son blancos, que se transforman y se vuelven círculos nuevamente. Son sabores de expresiones simultáneas e ideologías absurdas que nuevamente hacen un nudo en mi cabeza. Los círculos de mi imaginación no cesan, circulan en todas las direcciones y en todos los sentidos posibles. Intentan crear situaciones existenciales, se basan en la filosofía y se excusan con fórmulas matemáticas que ni ellos logran descifrar. Se superan, se exasperan, se sobreponen y se congelan. Son ellos, los círculos, los que hacen que me duela la cabeza. No paran, no dejan de circular por todos lados. Crecen y decrecen. De repente todo se vuelve gris y poco a poco van desapareciendo algunos, mientras otros titilan, alarmándome que ellos siguen ahí, y que no se van para ningún lado. Yo intento jugar con ellos, imagino rostros dentro de ellos, objetos de deseo, se convierten en peras, manzanas, cerezas, dátiles, almendras, avellanas, y poco a poco lo que parecía una pesadilla se convierte en un sueño muy agradable, es el sueño de los círculos del deseo.
Ana Cristina Sosa Morasso

Monday, March 22, 2010

Quote - Unquote VI



Now is the time for us to shine,
the time when our dreams are in reach and possibilities, vast.
Now is the time for all of us to become the people
we always dreamed of being.
This is your world. You're here. You matter.   

The world is waiting. The time is now.

One tree hill

Sunday, March 21, 2010

Mi realidad nublada

Aunque lo parezca, no siempre he sido un cuatro ojos. Por años deambulaba por la vida, guapo y soso, como un papa sin sal pero hermosa en su redondez, diferente a todas las demás e ignorante de tanta belleza. Vivía la vida sencilla, todo me parecía bien, a falta de distinción y de conocer un mundo mejor me conformaba con lo que veía, a través de la nada, pelando los ojos ante lo que me rodeaba (si es que algo me rodeaba). A los trece años, ya había pasado por trece novias, las más memorables: Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea.

Siempre fui muy estudioso, esto se lo debo a mi apellido "Acosta," motivo por el cual siempre me sentaron en el primer puesto de la fila izquierda del salón. Esto dificultaba mi proceso de aceptación en el grupito de los ratúbelas, casi todos adueñados de apellidos que empezaban por  R, S, T, V e inclusive, Z.  Ellos se metían con el resto del salón, sobre todo aquellos desafortunados que habitaban en la primera mitad del aula de clase. Dichosos ellos, siempre ganaban la atención de las chicas más bonitas del colegio, incluso muchas mayores que nosotros. Aunque les confieso que yo,  con mi personalidad e inteligencia, por no decir mi "nerdidumbre" nunca tuve problemas en materia del amor. Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea también estaban bien chévere.

Después de que la Primaria pasó, velozmente, como un abrir y cerrar de ojos para acabar con una horrible pesadilla, vino el peor día de mi vida: jueves 18 de Septiembre de 1994. Trece años. Entrando en la adolescencia, y ahora por fin en Bachillerato, finalmente con libertad de puestos, corrí por ese aula en el primer día de clases para apoderarme del último puesto de la derecha. Ahí se sentaban los más cool, o por lo menos eso recordaba. Me instalé sobre el asiento, lo único que me faltaba era mear sobre él para marcar  mi territorio.

Al rato llegó el profesor de matemática y en lo que empezó a desplazarse por la pizarra, escribiendo aquellos garabatos que hasta el sol de hoy ignoro en su totalidad, realicé que algo andaba mal.  Volteé a mi derecha, ahí estaba Corina, igualita que siempre, fajada escribiendo  en su cuaderno aquellos garabatos que permanecían misteriosos. A mi izquierda la pared se reía de mí.  Un murmullo en la vista que me fastidiaba, era así como ver por un vidrio empañado y no poder distinguir círculos de triángulos. Me mareé ante la incertidumbre y al rato no podía faltar el dolor de cabeza. Me sentía perdido, nublado. La verdad es que no me lo esperaba. Todavía desorientado ante lo que ocurría a mi alrededor, levanté la mano y pedí permiso para ir a la enfermería, aún sabiendo que eso podía poner en peligro mi prestigioso puesto dentro del salón. El profesor me vio con ojos juzgones, como quien estaba seguro yo era el peor de los hipocondríacos y me señaló la puerta con sus dedos, algo así como queriendo decir "dale pues mijo, vete ya, pero vete rápido". Yo me fui, rapidito, y bajé aquellos escalones que sentí como interminables hasta llegar al pequeño cuartillo titulado "enfermería", donde apenas había una cama súper estrecha y una cesta con ibuprofeno, acetaminofen y más na'.

Monté un melodrama. Exageré la falla de mis signos vitales. Le prometí a la recepcionista (que en estos casos, se disfrazaba de enfermera) que me sentía mal, demasiado mal como para seguir inserto entre esas cuatro paredes. Le rogué, supliqué, que me dejara llamar a mis mamá, para que me llevara de emergencia al hospital. Hospital, esa fue la palabra clave. En cuanto la recepcionista escuchó esa palabra de tres sílabas y ocho letras, inmediatamente, me llevó a la recepción (ahora sí, en su rol original) y me pasó el teléfono para que llamara a mi madre. Luego, procedió a escribirme  una nota, excusándome de las actividades académicas, para presentársela al profesor antipaticón de la mirada juzgona.

Peor que la mirada del profesor fue la que me dio mi madre mientras me acercaba al carro cuando me vino a buscar. Estaba un poco histérica porque la había sacado de su clase de Yoga e incrédula que me sentía tan mal como le dije por teléfono -de otra manera nunca jamás hubiese dejado su clase de Yoga por irme a buscar-. Le pedí que me llevara a un oftalmólogo de inmediato. Mira mijito, ¿más o menos qué te picó? A mi no me des órdenes, ¿ok? Ubícate. Aquí la que manda soy yo. ¿Y qué fue lo que te pasó? ¿Más o menos por qué quieres que te lleve a oftalmólogo de la nada?" Le expliqué, con tono melodramático (si no, no me cree) que no veía nada más allá de lo que tenía a poca distancia y una cara de pánico fue suficiente como para convencerla, en efecto, me llevó al oculista.

Sentado en la consulta con el doctor Jakubowicz, el miedo a que me confirmaran mi temor más grande me puso a temblar, y les confieso, nunca en mi vida me había sentido tan gay. Estaba dudando, a ciencia cierta, de mi sexualidad. Otro golpe para mi autoestima.

Un sin fin de lentecillos ladillas, colocados sobre mi ojo izquierdo, luego sobre el derecho, para tratar de leer una infinidad de letritas y números que se encontraban reposados sobre la pared, a una distancia abismal, me disiparon de nuevo el dolor de cabeza. Uno de esos lentecillos, sin embargo, representó un momento mágico y a la vez, traumático. Me hizo entender que toda mi vida había visto  a través de un vidrio empañado, nublando cualquier cantidad de detalles sobre todo lo que me rodeaba. Mi mamá tenía pecas. Vaya usted ha saber. No tenía ni puta idea antes del lentecillo número ochocientos cinco.

Cuarenta minutos después, una sentencia de -3.75 grados de miopía fue suficiente para mandarme a hacer los lentes más baratos que vendían en el recinto, aquellos con la montura de pasta negra que chocaba con mis pómulos, marcando la división de mi rostro en dos partes de igual tamaño, pero nunca de igual estética.

Ante el diagnóstico, mi madre se quedó muda. Y yo sólo tenía una de esas miradas chocantes que en verdad nunca han servido de nada, pero igual no me pude aguantar verla con ojos de  te lo dije. Los lentes estaban listos a los dos días. En el ínterin me negué a asistir al colegio, ¿para qué? Igual no podía ver nada, y si los profesores se daban cuenta de mi incapacidad para leer lo que estaba escrito sobre la pizarra, me iban a obligar sentarme adelante otra vez.

¿Cómo explicarles mi mundo, una vez que busqué esos lentes? De repente,  me di cuenta que los árboles tenían hojas con trazos en el medio; las calles tenían rayados peatonales, huecos, alcantarillas  y gatos negros que atravesaban sin pedir permiso. Las aceras eran más oscuras, en ellas había una enorme cantidad de basura de la cual nunca antes me había percatado. De repente las nubes hacían formas de osos y casas, mesas y flores y la pintura que cubría mi casa no era amarilla, era un ocre oscuro, casi tirando a naranja tostada.

Pero lo peor, peor de todo, fue el primer día que regresé al colegio con mis lentes puestos. Darme cuenta, por ejemplo, que todos los nerdos estábamos atrás, y todos los populares estaban adelante, no fue para nada agradable. Una vez más habría una línea divisora en el salón que me impediría pertenecer al grupín de los ratúbelas. Darme cuenta, por ejemplo, de la asquerosidad de baños donde toda mi vida hice cómodamente mis necesidades, tampoco fue muy agradable. Sobre todo la cachetada que sentí al ver mi reflejo en el espejo  y cómo éste se burlaba de mí.  Las chicas todas me preguntaban: ¿y entonces? ¿qué pasó? ¿cuánto tienes? Entre risas y burlas tipo "cuatro ojos."

Pero nada, nada que les cuente fue peor que la sensación que tuve al realizar, con mi nueva visión archiarrecha que Verónica, Eugenia, Daniela y Andrea eran más feas que pegarle a mi madre. 

Fue entonces, sólo entonces, cuando mi autoestima -rápidamente- se fue por la alcantarilla, sin decir adiós y sin promesas de regresar en una eterna y mísera década.

Friday, March 19, 2010

Sandía para la vida

 Aurora duerme al revés. Inquieta se pasea por su solitaria cama matrimonial, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, por debajo y por fuera de las sábanas ya húmedas y pegadas a su piel. El calor no la deja soñar ni pensar en otra cosa que el sudor que se resbala de sus mejillas. Cobijas y almohadas terminan en el piso, en su desesperación y múltiples desplazamientos que al final sólo garantizan que Aurora, en efecto, durmió al revés. Se despertará con la cabeza y los pies a lo ancho del colchón, y no a lo largo, como el resto de los mortales que ha conocido en sus 28 años de existencia.

Se levanta cansada y bañada en sudor, como quien ha pasado las últimas tres horas matándose en un gimnasio. Ella se concentra en el hecho de haber pasado la noche quemando calorías -no importa cómo- y se olvida de las pocas horas de sueño y el cansancio que poco a poco se va acumulando en su cuerpo, dejando huellas que acarician sus ojos y que según ella, no son más que el reflejo de su gran sabiduría y proactividad ante la vida.

Los minutos actúan como catalizadores de sus obligaciones diarias, aquellas que la mantienen siempre de pie, impulsando la excelencia así sea en su labor de vendedora ambulante en una carretera al pie de las mejores playas del litoral central. Luego de dejar a su pequeña hermana Lucía y sus tres primas hermanas en el liceo a las seis de la mañana, se dirige a contar las frutas del día, aquellas de las que procura sacar una buena tajada que la ayude a pagar esa pequeña habitación donde vive. La misma  que alberga la cama matrimonial, la del inicio, que por cierto ocupa casi el ciento por ciento de los escasos metros cuadrados con que cuenta.

El calor y la humedad le hinchan los pies, sin embargo en su mente sólo hay espacio para una fotografía mental de lo que a diario consume, sin duda alguna, en los mejores quince minutos del día. La foto es aquella de sandías: picadas y frescas, rosadas y verdes, triangulares, dulces pero a la vez, refrescantes. Se le hace agua la boca mientras anticipa esos quince minutos gloriosos en los que sentada, al pie del asfalto, entre tierra y palmeras, transeúntes y un vacío vehicular misterioso, del cuál todavía no existe explicación, se devora una a una esos trozos de sandía, patilla, o como se quiera llamar al fruto que de cierta manera le da sentido a su día. Ella la llama "sandía para la vida", así la vende y así la comprende, después de todo tiene el poder de dividir su día en un firme e impaciente antes y un glorioso después.

Ana Cristina Sosa M.

Thursday, March 18, 2010

Noche de arcoíris plástico


Recuerdo con mucha precisión ese lunes. Querías hacer algo diferente, sacarme de la rutina en la que estaba inmersa nuestra relación. Una y otra vez, vivíamos siempre lo mismo: un cine, una cena, una película en casa, un almuerzo familiar. Ya los temas de conversación no giraban en torno a acontecimientos interesantes, chismes siniestros, ni anotaciones literarias de nuestras lecturas individuales. Ésto probablemente producto y causa de nuestras repetidas, extensas y monótonas conversaciones diarias al teléfono que sin duda asesinaban cualquier posibilidad de novedad al vernos. No dejábamos de hacerlas porque nos sentíamos extraños cuando no lo hacíamos, prueba de que somos, en efecto, animales de costumbre que difícilmente pueden vivir sin la certeza que brinda la rutina.


Me buscaste a las siete en punto. Nunca lo olvidaré. Cargabas una franela manga largas, tus jeans inmundos que sabes detesto, y aquellos Converse negros, también inmundos, pero que son probablemente la única marca asociada a nuestra relación. Me repicaste cinco veces al celular, no habías querido contarme a dónde me ibas a llevar, y como dijiste era un plan completamente diferente, yo cambié los Converse por tacones, los jeans rotos por una falda y la chaqueta por un escote. Mi esfuerzo por cambiar el look fue tal que tras salir de mi casa quince minutos tarde (mientras tú esperabas sin clemencia) te quedaste observándome por lo que me pareció una eternidad, sonreíste y no me pediste que me cambiara. Querías verme así.

Yo también te vi: estabas tan zarrapastroso y desaliñado como siempre y esto me hizo sentir una rabieta tan grande que a mitad de camino casi te pido que te devolvieras y me dejaras de nuevo en casa. Probablemente sentiste salpicar mi decepción con el trancazo de la puerta que dejó el carro vibrando unos cuantos segundos a posteriori. Trataste de calmar las aguas poniendo aquella canción de Depeche Mode "Enjoy the silence" que tanto me tranquiliza. Maldita sea, me conoces demasiado bien.

Cedí ante tu mano acariciando mi pierna con mucha ternura durante todo el trayecto, mientras maniobrabas con la mano izquierda la palanca de tu carro sincrónico y con el codo hacías magia para direccionar el volante. Te negaste rotundamente a revelar el destino, sin embargo las autopistas no mentían al informarme que nos estábamos despidiendo de la capital, lo que me hizo sonreír a mis adentros: por lo menos, pensé. Por lo menos estamos saliendo de este infierno.

Era una de esas noches húmedas. Tras haber llovido toda la tarde, el pavimento estaba cubierto por una tenue baba transparente que lamía los cauchos del carro advirtiéndonos de su peligro. Yo sin embargo estaba tranquila. Sabía que no nos íbamos a colear, no sé cómo ni por qué, pero siempre me has inspirado seguridad tras el volante. Está bien, sí, lo reconozco: tienes talento para conducir.

Cinco salidas y cuarentaicinco minutos más tarde llegamos a nuestro destino final. Fui sorprendida por un pequeño parque de diversiones ambulante tan triste como el que existía en el Poliedro de Caracas hace diez años, Ciudad Mágica. Por ti hice el mejor esfuerzo de falsificar una sonrisa que se dibujó en el reflejo de tus ojos como un logro, a medias, todavía no en su totalidad. Te apretujé el brazo, quería que me abrazaras. La neblina entraba a mis pulmones con cada inhalar y el frío me helaba los huesos, además de la piel expuesta por mi inapropiada pinta sensual.

Menos mal eres rápido para captar indirectas. Me abrazaste fuertemente y en cuestión de segundos me tenías cargada bajo el pretexto "esos tacones deben pesarte más que el frío". Yo no me quejaba: ¿cómo hacerlo? A pesar de estar rodeada de luces multicolores, payasos diabólicos y algodones de azúcar que contaminaban mi vista y el apetito de comer lo que fuese, contaba con tu presencia en un momento muy diferente a cualquier otro que habíamos compartido.

Y como lo diferente, a veces también raya en lo cliché, no podíamos irnos sin viajar por la rueda mágica, solos tú y yo, acompañados de las ochocientas lucecitas de colores, como fuegos artificiales estáticos que burlaban permanentemente nuestras vistas mediante una infatigable persistencia retiniana.

No sé en qué parte del país estábamos, en qué suburbio. No sé, tampoco, qué era todo aquello que estaba detrás del arcoíris plástico, de la neblina fugaz, de los sueños multicolores y el columpio que se balanceaba sobre un eje ordinario, inestable, y aterrador. En segundos olvidé todo aquello. Los dedos de mis manos se aferraban a los tuyos, mientras compartíamos el más apasionado beso que tres años de relación no habían podido presenciar: aquel era nuestro lugar en el mundo. Dentro de lo falso, lo auténtico. Dentro del cliché, tú y yo rompiendo con lo cotidiano. Cerramos la noche en tu carro. Para este entonces ya el logro era total.

Más nunca volvimos a ir a aquel lugar. Estoy convencida de que esa era precisamente la idea porque han pasado ya quince años y todavía no consigo olvidar la noche del arcoíris plástico.

Ana Cristina Sosa M.

Wednesday, March 17, 2010

It's a 2.0 world we live in.

No sé ustedes pero desde hace meses que lo primero que hago al despertar es ver mi celular. Casi inmediatamente después de apagar la alarma, que me aturde el tímpano y me despierta amenzando cruelmente el funcionamiento del corazón, me meto en Uber Twitter. Esta maña es producto de mi absurda necesidad de leer qué twiteó la gente mientras dormía las últimas cuatro horas. 

Son sólo cuatro, porque en efecto me quedé bloggeando, twitteando, y facebookiando hasta las tantas de la madrugada. ¿Qué pasó con leer un buen libro? ¿Ver un capítulo de Seinfeld? O simplemente ¿echarme en mi cama a pensar? Ya nada de eso existe, lamentablemente, en mi rutina de lunes a viernes. Antes me frustaba cuando hacía esta reflexión, ahora simplemente lo olvido y lo acepto, por los vientos que soplan tengo la certeza de que esto no va a cambiar.

En el carro, lo mismo, no hay semáforo que no me invite a revisar el celular, con un ojo en retrovisor (paranoia) mientras el otro revisa los Twits y los dedos trabajan para dejar algún mensaje inoportuno, que casi siempre tiene que ver con el tráfico, lo tarde que voy a llegar al trabajo, la luz de la mañana, el sueño que todavía tengo y/o las "vibras" del momento, si es que no me dió por cantar la canción que despiden las cornetas de mi carro.

Una vez que llego al trabajo, lo primero que hago es esconder el celular en una gaveta, sin embargo nunca falla que entre las múltiples pestañas del explorador está la de mi blog, y la del Google Analytics. Por supuesto que gracias a la muy acertada Ley de Murphy,  las dos veces que realmente tengo chance de revisarlo, o escribir alguna entrada express, son aquellas en las que alguien asoma su cabeza en el cubículo para decirme algo. Casi siempre mi súper jefa. ¡Qué pena! 

Almuerzo casi siempre en 15 minutos para subir y escribir algo en el blog, así sea un borrador para publicar luego en la noche. Aprovecho también este break para Twitear alguna ocurrencia del día, o comentar alguna foto en Facebook (todo esto por el celular ya que por supuesto tengo toda broma bloqueada en el trabajo).

Del trabajo me desplazo a la universidad, dónde en clases monótonas y aburridas encuentro una agradable distracción en la web 2.0. Ideas vienen y van en un universo virtual del cual formo parte, mientras mi cuerpo está presente (y sin embargo ausente) en aquel salón de clases dónde el profesor intenta ignorar su molestia porque en efecto, la mitad del salón está haciendo lo mismo que yo. No se atreve a decir nada, probablemente porque sabe que es su culpa: si diera la clase como tiene que ser, nadie estaría buscando otra cosa que hacer.

En mi casa abrazo rápidamente la computadora, donde prendo el itunes a todo volumen, busco cualquier cosa en google (recuerden, soy "Googliana" según mi jefa), escribo alguna entrada y me sumerjo a socializar por las redes más que en cualquier otro evento presencial: llámese cumpleaños, bodas, reuniones, etc.

He visto más arte en páginas web que en museos, más videos de youtube que imágenes en televisión, he escuchado más canciones y radio en la web, que todas las canciones juntas de mi coleción de discos. Hay noches en las que incluso puedopasar horas viendo fotografías por Flickr de gente al azar que ni conozco ni tienen alguna conexión conmigo.

¿Qué decirles de mi adicción por el Gmail? Seguramente todos los que leen este blog sufren del mismo mal. Cada vez que el celular vibra (sólo lo hace cuando me llega un correo), o que veo en la pestañita  Gmail el entre paréntesis (1), mis ojos viajan a la velocidad de la luz para leer aquella nueva noticia, nunca spam, que no deja de sorprenderme. Y ahora, la última, Google Talk. No comments. Recursos Humanos: please don't fire me!  jajajaja...

Les confieso que a veces siento que mis amigos virtuales -quienes comentan en este espacio, gustan de algo que pongo en facebook o simplemente comparten ideas por Twitter- son más cercanos que los de carne y hueso, que me ven todos los días pero con quienes no comparto tantas intímidades. ¿Irónico, no?
Como verán, así se me pasan rápidamente las 20 horas del día, entre trabajo, universidad, y redes sociales, mientras comparto con el resto del mundo pensamientos, frustraciones, frases inspiradoras y canciones que acarician mis cuerdas vocales.

Tuesday, March 16, 2010

Un salto al vacío

"No hay nada más hermoso que un salto al vacío:
si sabemos lo que hacemos, nunca nos estrellaremos porque
 buscamos, arriesgadamente, el infinito. "
Humberto Valdivieso

No hay mejor sensación en la vida que aquella que sentimos cuando asumimos un riesgo y salimos triunfantes de él. Asumimos riesgos cuando dejamos de hacer lo que nos dicen y empezamos a hacer lo que queremos, cuando nos atrevemos a escribir una historia diferente, cuando exponemos nuestros sentimientos y nos declaramos ante la persona que amamos. Cada vez que aceptamos un nuevo reto, que respiramos profundamente para no estallar de rabia y hacemos un esfuerzo por dejar claro que no estamos de acuerdo con algo o alguien, estamos asumiendo un riesgo. 

Ellos tienen esa cualidad de "salto al vacío": nos lanzamos con mucho entusiasmo, miedo, ganas de triunfar y estamos, a la vez, cargados de esa adrenalina positiva que nos impulsa a aterrizar con el mayor de los aprendizajes y los pies bien puestos sobre la tierra. No importa si nos caemos en el proceso, si nos doblamos una pierna en el camino, el sólo haberlo intentado es motivo para sonreír y crecer internamente.

Hay quienes prefieren vivir una vida lo menos aririesgada posible, playing it safe, evitando una caida catastrófica,  y escogiendo siempre el camino seguro. Estas personas son las que, generalmente, se encuentran atascados en un trabajo que no disfrutan durante décadas, son quienes nunca se atrevieron a decir "te amo" por miedo a que el sentimiento no fuese correspondido, son aquellos que ven películas y lloran sus frustraciones proyectadas en la pantalla, en libros, en historias de vidas más interesante que la de ellos porque sencillamente no quisieron intentarlo.

Los invito a unirse a este reflexión, para que con el pasar de los años podamos sonreir porque, triunfantes o no, tendremos la certeza de que hicimos lo posible por honrar nuestras ambiciones. Eso ya es un logro de por sí. Creo que en esta vida, pocas cosas son peores que sentirse derrotado e invadido de preguntas como: Si tan sólo lo hubiese intentado, ¿cómo sería mi vida en este momento?

Ana Cristina Sosa M.

Monday, March 15, 2010

A ti

Antes de saberlo
Algo de ti quedó grabado, en mis cuadernos
Albergué ideas abstractas,
arte y una colección de
amores imposibles

Atendí pensamientos
aribitrarios
absurdos
aleatorios
A ti. De ti. Por ti. 

Ahora, me cuesta entenderlo
Adorar un sentimiento que
a veces me incomoda, es un 
amor que
acaricia el límite de lo
auténtico - increíble-
adorable


Aunque mi consciente no lo apruebe
amo quererte y pensarte
alto, siempre a lo alto
ahondar en tu mirada, en tus palabras
arte y figura de lo que es (y no es)


Asidua energía me hipnotiza
agoniza
ahoga - altera - acaricia
arduamente mis pupilas, mi corazón, mi
amor, por ti, siempre por ti


Sunday, March 14, 2010

Lover checklist

Sí usted hombre (inserte su nombre aquí) -entiéndase la exclusión de niños menores de 26 años - algún día quiere conquistar a esta escritora, pregúntese con toda honestidad si cuenta con las siguientes cualidades:

- ¿Consigue la felicidad en el triunfo de alguien cercano?
- ¿Juega sucio cuando se encuentra en competencia?
- ¿Tiene gran capacidad intelectual pero está consciente de que nunca hay demasiada sabiduría?
- ¿Ve todo como una ilusión óptica de la que no forma parte, e igualmente es capaz de disfrutarla?
- ¿Es, tanto masculino como femenino, antirevolucionario chavista y no creedor de la pena de muerte?
- ¿Consigue sentir alegría al sumergirse y comprobar que amar a alguien también puede otorgarle sensación de libertad?
 - ¿Es gracioso, se ríe de sus defectos, disfruta de la aventura y tiene múltiples opiniones formadas?
- ¿ Es desinhibido, buen amante, y experimentador?
- ¿Es próspero, generoso y ayuda a su familia?
- ¿Es limpio y cuida su imagen?
- ¿Es apasionado?
- ¿Es no-adicto al cigarrillo y a las demás drogas?
- ¿Encuentra placer en una copa de vino y leer este blog?

Si la respuesta a todas estas preguntas fue afirmativa, entonces usted (inserte nombre aquí) tiene oportunidad de conquistar el corazón de esta humilde escritora. De estar interesado, puede enviar su declaración/solicitud/cartadeamor/loquesea por escrito aquí.

Saturday, March 13, 2010

Shimmer

He calls me from the cold
Just when I was low, feeling short of stable
And all that he intends
And all he keeps inside, isn't on the label
He says he's ashamed
And can he take me for awhile?
And can I be a friend? we'll forget the past...
But maybe I'm not able
And I break at the bend
We're here and now, but will we ever be again?
'Cause I have found,
All that shimmers in this world is sure to fade
Away again

He dreams a champagne dream
Strawberry surprise, pink linen and white paper
Lavender and cream
Fields of butterflies, reality escapes him
he says that love is for fools who fall behind
And I'm somewhere in between
I never really know
A killer from a savior
'Til I break at the bend
It's too far away for me to hold
It's too far away...
Guess I'll let it go
Fuel - Shimmer 

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