Sunday, August 9, 2009

Con Natalia, de pies a cabeza


1.

Natalia me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Según ella, nuestros sentidos, estupefactos ante una nueva experiencia tienden a mandarle señales equívocas al cerebro, maximizando una serie de situaciones y acciones que en realidad, sólo fueran la infinitésima parte de lo que realmente sucedió. Esos, sólo esos momentos son los que recordamos mientras el palpitar de nuestro corazón se acelera y sentimos – o pensamos sentir, mejor dicho- una serie de sentimientos absurdos que nos pone un tanto vulnerable ante lo que sucede alrededor de nosotros. “Vaya hipótesis” le contesté. Después de todo, me había enamorado de ella precisamente por esta clase de ocurrencias, y como ésta tenía miles. Todos los días sacaba a la luz una nueva, entreteniendo mi corazón y alimentando mis neuronas de dosis concentradas de ella, porque era ella y sólo ella la persona capaz de generar tales afirmaciones y era lo que la diferenciaba del resto del mundo. Cualquiera diría que sus pecas en lugares tan bizarros como en sus rodillas, nudillos, muñecas y codos, eran lo que la haría única y especial pero para mí eso era sólo un detalle de su exuberante y espectacular físico que a veces alimentaba mi ego al hacerme sentir el ser humano más afortunado del mundo por contar con semejante compañía a mi costado.

Ante tales comentarios era imposible preguntarme a mis adentros si ella tenía algún recuerdo memorable conmigo? Si lo había diminuido con su hipótesis y si pensaba que todo lo que vivíamos juntos era una serie de acontecimientos insignificativos e ilógicos que poco tendrían que ver con el amor y el compañerismo. Casi inmediatamente luego de hacerme tales cuestionamientos me arrepentía e intentaba ocupar mi mente con cualquier otro pensamiento que sustituiría el anterior sólo para no preocuparme de ser tan poca cosa para ella.

En el verano del 2006, tres meses después de habernos conocido, pasábamos todas las mañanas, tardes y noches juntos – por no decir todas las horas del día-. Era extraño compartir tanto y no aburrirnos el uno del otro. Me atrevo a decir que desde entonces vivía y existía sólo para ella. Para acompañarla. Para alimentarla. Para besarla. Para darle todo el amor y todo el afecto que una persona puede darle a la otra. A veces le leía cuentos, otras ella me ponía música y nos echábamos en el sofá, abrazados, a cantar y tararear las canciones que poco a poco fueron formando parte del soundtrack de nuestras vidas y de nuestra historia juntos. Una historia que duraría poco pero que sería la única historia que realmente conocí. La que viví junto a la mujer que me completó y me llenó lo suficiente como para vivir una eternidad sintiéndome afortunado por el tiempo que pude compartir con ella.

Natalia era una chica bizarra. Pasaba días felices y otros tristes. Tal vez piensas que todos somos así y que todos vivimos felices y tristes a veces, pero con ella era diferente. De repente de lunes a miércoles era el ser más feliz del universo, y luego de jueves a domingo era el ser más miserable. A veces en un mismo día la observaba despertarse triste y acostarse feliz. Nunca pensé que alguien pudiese cambiar de estado de ánimo tan drásticamente, porque más que sentir tristeza ella sentía desmotivación hacia todo en la vida. No tendría ganas de hacer nada ni de opinar –cosa bien extraña para ella-. Cuando estaba ‘desmotivada’ sus afirmaciones eran pesimistas, de humor negro y para muchos, difíciles de digerir. Su bipolaridad no afectaba el cariño que le tenía, más bien acentuaba las ganas que tenía de protegerla y cuidarla durante toda una vida. Y eso, toda una vida, fue precisamente lo que faltó para tenerla siempre a mi lado, siempre conmigo. Porque verás, yo aprendí a querer, a realmente amar con ella, pero no aprendí que a veces el mundo tiene un destino planeado para nosotros y que, no importa lo que hagamos, él siempre va cobrar vida al final. No, yo siempre fui de los que pensaba que el destino lo va construyendo uno mismo en el camino, pero dado a cómo ocurrieron las circunstancias hoy en día prefiero pensar que estuve siempre equivocado, ya que me niego a aceptar que Natalia construyó su destino, un destino que la llevaría a la muerte antes de cumplir los 26 años.

La conocí una mañana de marzo. Yo estaba en el centro médico esperando que me atendiera el doctor por una otitis aguda mal curada que me estaba volviendo loco. Ella estaba ahí, en la sala de espera, intentando leer un libro que al parecer era bastante aburrido porque al ratito me empezó a buscar conversación. “No te parece un absurdo que le exijan a uno pedir una cita para igual tener que venir y esperar 3 horas para que te atiendan? Quién entiende a esta gente.. yo sé que yo nunca lo haré.” ‘Cierto, yo tampoco entiendo nada’ respondí, sin saber mucho qué decir ante una situación como esa. Ella seguía hablando sobre el tiempo que tenia esperando, el libro mal escrito que tenía en las manos, la poca paciencia que Dios le había otorgado, y quien sabe qué otras ridiculeces. Por un momento sentí que era la profesora de Snoopy que habla y dice palabras sin sentido. Yo estaba estupefacto, viéndola hablar y hablar por minutos sin parar, sin preguntarme nada. Aquello era lo más cercano a un monólogo que yo había presenciado y una parte de mi estaba encantado ante la presencia de semejante creatura. Tenía el pelo negro, los ojos miel y la piel blanca como una porcelana. Cada vez que sonreía se le formaban dos hoyuelos al borde de cada extremo de sus labios. Poco tiempo después la enfermera llamó a Natalia Martínez y ella se levantó, sacó una tarjeta casera de su bolsillo y me la entregó mientras me preguntaba cuál era mi nombre. “Alfredo Vegas” le contesté, inmediatamente me contestó “Un placer”.

La tarjeta probablemente la diseñó ella misma y la imprimió en casa. Decía “Natalia Martínez, escritora independiente” acompañado de una dirección de correo electrónico y una página Web que asumí era un blog donde publicaba sus escritos. Al llegar a casa prendí casi impacientemente la computadora e ingresé en su blog, extraña página llena de citas, ensayos y cualquier ocurrencia de la susodicha. Pasé horas leyendo sus escritos, recuerdo haber pensado que la carrisita tenía mucho talento y procedí a escribirle un correo dándole las gracias por compartir su escritura conmigo e invitándola a un café la semana siguiente. Dos días después –como quien no quiere la cosa- me respondió el correo con la cita concretada “Café Olé, Las Mercedes, martes 4:00 PM”. Esa fue la primera de muchas tardes que pasaríamos juntos, hablando de cualquier tema y compartiendo –sin saberlo- los pocos meses que nos quedarían juntos por vivir.

1 comment:

Andreína Romero said...

Hola Ani. Tenía mucho tiempo sin pasar por aquí.
Había olvidado lo bien que se siente leer tus historias.
Me encanta esto, trataré de seguirle la pista.

Un abrazote,

A., "otra escritora independiente"

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