Saturday, August 1, 2009

Nunca he ido al Oeste de Caracas


Hasta hace poco nunca me llamó la atención saber qué hay ni cómo es el Oeste de Caracas. No me quitaba el sueño, no me intrigaba. De chiquita pensé que el Este lo era todo, es decir, Norte, Sur, y Oeste también. Crecí y al entrar en la universidad, me vi obligada a salir de mi burbuja, este nuevo mundo me incentivó a querer saberlo todo. A conocer más.
Así empezó mi paseo hacia una zona poco frecuentada por los que vivimos en el Este, tanto que en algunos casos llega a convertirse en un tabú. Son muchos los que piensan que al bajarse del metro, inmediatamente serán amedrentados con una pistola. Yo hice el intento de borrar cualquier barrera mental en mi primera experiencia.
Venía de Chacaíto, donde corrí disimuladamente por las aceras de la Av. Francisco de Miranda. Intenté cruzar la calle varias veces. No fue fácil. Los semáforos peatonales no son más que una utopía en una ciudad que no fue pensada en quienes caminan.
Confieso que pocas veces en Caracas me ha tocado usar el Metro. Cuando el vagón llegó a la estación Agua Salud me asombré. No sabía que me ofrecería una vista así, viva y directa, de lo que había fuera de ese encierro subterráneo. Era intimidante. Una especie de “vista previa” que se asomaba desde la ventana y venía acompañada de una canción: la música provenía de la guitarra de un señor que movía sus labios al compás de “No te enamoraste de mí”, de Ricardo Arjona. Ese fue el soundtrack del temible 23 de Enero, donde se bajaron unos cuantos y se subieron muy pocos. En breves minutos llegué a mi destino final: Gato Negro. Al salir me sentí como una extranjera en mi ciudad. Encontré una avenida iluminada por un sol radiante –una figura poética que engaña, pues ese sol fue el mismo que me derritió conforme pasaban las horas.
En la extensa Avenida Sucre de Catia se observan esos viejos y “auténticos” comercios que funcionan desde que abrieron sus puertas hace cuarenta años: frigoríficos, panaderías árabes, pastelerías, peluquerías, quincallerías, y abastos, establecimientos que no se han visto obligados a sumarse a la red de las grandes cadenas. Y un dato para el recuerdo: en el Supermercado Quincallería Tai abundan arroz, café, huevos, papel toilette, caraotas negras, leche descremada; productos que, en tiempos de revolución, no se consiguen en las principales cadenas de auto mercados del Este. ¿Será porque ahí trabajan únicamente 3 asiáticas que, en efecto, no entienden ni papa español?
En Catia, todo pareciera haber quedado estático desde su creación, o casi todo. No encontré, por ejemplo, ni un edificio moderno. El deterioro de la pintura en sus fachadas, las filtraciones y la inmundicia, traiciona a su arquitectura, delatando la falta de mantenimiento que se ve en innumerables rincones del lugar. Seguí mi camino, paseando, intentando descifrar lo desconocido, y la mirada de curiosa me delató ante los ojos de un extraño, que al verme, preguntó: “mija ¿y a ti qué te pasó? ¿Estás perdida?”.
En minutos llegué a Plaza Sucre, donde un inmenso mundo invadido de vendedores ambulantes se desplegó ante mis ojos. Nunca había visto tanta diversidad de corotos amontonados. Es un lugar donde no existe la clasificación ni el orden. Desde ropa interior, frutas, ganchos, franelas, kits de manicure y pedicure, cachuchas, zapatos de cualquier tipo, hasta cables, dvds, vestidos, música, libros, maquillaje, pasando por las cosas más absurdas que se puedan imaginar, como implantes de silicón para quienes no poseen suficiente busto. “Todo esto y más en el Bulevar de Catia”.
En la Plaza Pérez Bonalde, un jueves a las 3 y media de la tarde, resulta notable el gran movimiento de personas hablando y compartiendo. A un lado está un señor que canta con devoción –testigo de Jehová– al son de una música religiosa. Y los más pequeños todavía juegan a la “ere”, mientras algunas mamás practican su talento de chismógrafas.
Claro que hubo momentos con pocas personas alrededor, pero eso no me hizo sentir menos segura. Me conformé con sentir las inclinaciones del asfalto bajo de mis pies; ver los tendederos de alambre y escuchar los ruidos de algunos carros desesperados. A esa hora, el olor a perro caliente de los kioscos vecinos me aceleraron el apetito, hasta que vino un camión –de esos que escupen humo negro, demasiado humo negro– y me provocó náuseas.
Encontré un fuerte contraste del movimiento urbano de Catia, en el Parque del Oeste, a pocos metros de Gato Negro. Ahí todo es color de rosas. O mejor dicho, color verde. A diferencia de los edificios, el parque sí tiene un excelente mantenimiento; es un jardín que invita a disfrutar del paisaje, con sus pequeñas colinas y lagos, árboles, parejitas (siempre recordándote de lo que tú no tienes), y diversas obras de arte encontradas a lo largo del terreno. Me sentí relajada y feliz. Es el lugar de un mundo paralelo.
Esta experiencia me dio una visión del Oeste que antes era inexistente. El salvaje Oeste puede ser un lugar accesible para quienes están dispuestos a experimentar algo nuevo. Un sector olvidado por la modernización, pero que preserva su carácter único. Un lugar que pareciera haberse quedado en el tiempo, cubierto de polvo y de falsas amenazas ante una ciudad que se desborda y que, cada vez más, marca las diferencias pero también las semejanzas.

Ana Cristina Sosa M.

*Esta crónica fue publicada en la primera edición de la Revista Ojo

3 comments:

César said...

Ani
mi relación con Catia ha sido de odio/amor a lo largo de mi vida.
Yo naci, creci y he vivido la mayor parte de mi vida aqui.
Odio porque se me ha hecho extraña, la Catia en la que me crie corriendo y jugando en la calle se ha convertido en un sitio inospito y hostil que en muchas veces me desconoce.
Para nadie es un secreto (y tu de una u otra manera lo mencionas) que somos como un guetto abandonado al que nadie quiere meterle la mano o darle un cariñito.
Sin embargo, somos un ejemplo de convivencia y tolerancia, en esta parte de la ciudad se concentran al menos 50 nacionalidades de todo el planeta (no es gratis que el sector donde vivo las calles tengan nombres de paises)que se establecieron para darle a Catia una riqueza cultural invaluable.
Prodcto de ello hijos ilustres como Jacobo Borges, Cabrujas entre otros.
Que fino que hayas paseado por aqui, cuando quieras te hago el tour parte 2

Besos

Ani Sosa said...

Gracias por tu comment y por la invitación ;) Cuando regrese a Caracas te aviso para que me hagas un tour de Catia como Dios manda! saludos (K)

Papelon said...

Luego de eliminar mi ignorancia bloguera hago mi primer comentario: que bueno que te "atreviste" a conocer una realidad diferente al "mundo feliz" donde creciste, cuando quieras te puedo dar el mismo tour que le di a mi amiga de NY por el centro y oeste de la ciudad. creo que a veces se nos olvida recorrer las calles de algo que es cada vez menos nuestro: Caracas.

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