Tuesday, May 18, 2010

Comme je suis arrivé à Bruxelles

Hace tres años nunca hubiese imaginado que viviría un día tan surreal como hoy. Es verdad eso que dicen que tu vida puede cambiar por completo con cada pequeña decisión que vas tomando en el camino, puede ser algo tan nulo como decidir un día ir al mercado en vez de a la farmacia. Hace tres años yo trabajaba en un pequeño periódico de turismo en La Paz, mientras estudiaba Artes Audiovisuales en la Universidad de Aquino Bolivia.

En ese entonces, yo no tenía mucha idea de qué iba a ser con mi vida, no pensaba en el futuro, no me trazaba metas, sólo me aseguraba de vivir al máximo el presente.  Mis días contemplaban una  ocupada rutina: estudiaba en las mañanas, trabajaba en las tardes y en las noches salía con mis amigos a tomar en una pequeña cantina que quedaba cerca de la urbanización donde vivíamos la gran mayoría. Otros días íbamos al cine, o a la plaza a echarnos cuentos, yo en ese entonces escribía tonterías y casi siempre tenía mis oídos tapados con unos audífonos que despedían el rock más pesado, y las semanas pasaban así, entre amistades, besos en alguna esquina abandonada de La Paz, y horas continuas de lectura, escritura y sorbos de café para que me rindieran más y más los minutos del día. 

Hace tres años nunca hubiese pensado que ese viaje a Guayaquil sería tan determinante en mi vida. Y pensar que salió de la nada. Una agencia de viaje quería promocionar un nuevo paquete turístico a un Resort en Guayaquil y querían publicidad. Pero publicidad periodística. Es decir, les salía más barato pagarle el viaje a un periodista y alojarlo allá con todo incluido, a pagar una página completa de publicidad en el periódico.  Recuerdo ese día en la pequeña sala de redacción, éramos apenas 3 redactores que escribíamos todo el diario, los tres estudiantes,  y yo tuve la suerte, la grandiosa suerte, de que mi profesor de Cine documental -la clase que veíamos los viernes- tenía un viaje programado desde el inicio del semestre y nos había dado el día libre. Los otros dos periodistas, en cambio, tenían entregas importantes y estaban a millón. Así que cuando la agencia llamó, y habló con el Editor en Jefe, en cuestiones de segundos ese pasaje tenía mi nombre y apellido.

Un día después, desperté en Guayaquil. No recordaba ni como fue el trayecto nocturno en aquel vuelo que pasó más rápido que volando, mientras yo estaba en el octavo sueño. El despertador ahuyentó la nieve y me introdujo a la realidad, esa de playa y piscina, room service y fotografías, una extraña combinación entre trabajo y placer,  contradiciendo toda lógica de que estas dos no podían ir de la mano.

Bajé al Lobby, donde habían periodistas de otros medios y algunas agentes de viaje. Me incomodaba un poco ese plan de ahora tienes que hacer todo lo que te digo porque yo te pagué el pasaje, capisce? Pero qué más podía hacer que sonreír y calarme todo el cuento, porque a fin de cuentas yo estaba ahí, en la ilustre Hostería Bella Vista, gracias a ellos. Y socialicé. Conocí a mucha gente aburrida, entre piscina, playa, paseos infinitos, comidas en abundancia y entrevistas múltiples a gerentes hoteleros y turísticos de la región. En un momento dado, intenté escapar de la programación y me encontré encerrada en un sauna. No sé cómo explicarlo pero esa sensación de calor extremo sofocante me parece extraordinaria cuando estás ahí sentada sobre la tablita de madera, con una toalla encima, sudando hasta la última gota de tu ser. Y de repente, de la nada entró una extraña y se sentó a charlar con un marcado acento francés. Ella era Laurie. Una belga multimillonaria, simpática pero loquísima, que estaba de vacaciones sola en Guayaquil porque su dedo mágicamente aterrizó en Ecuador cuando estaba jugando con el Globo Terráqueo. Estaba empeñada en hablarme en español, porque necesitaba practicar la lengua de su bisabuela, quien había muerto meses atrás.

Laurie era filósofa, pero no de esas pesadas existencialistas. Estaba trabajando en un nuevo proyecto de escritura y quería empezar a escribir en español. Me hablaba de Bruselas como la mejor ciudad del mundo y en ese momento, recuerdo que tanto me habló de su vida allá, que por un microsegundo se me antojó vivir otra realidad a la que se apropiaba de mis días de lunes a viernes en La Paz. Intercambiamos direcciones y cada ciertos meses me llegaba una postal de Laurie, a quien siempre respondía con mucho cariño breves líneas sobre mi vida en Bolivia. Nada de detalles, ¿qué tanto puedes decir en tres líneas? Yo dejaba que las imágenes hablaran por sí solas.

Y así pasaron dos años hasta que Laurie me escribió que estaba entregada a la enseñanza, dando clases de literatura a chicos de secundaria. Me dijo que en su colegio estaban buscando desesperadamente una profesora de Español, que fuese latina. Y que si me interesaba el trabajo. En el momento yo estaba completamente desmotivada en La Paz, harta de la rutina, de los chicos, de mis amigos, de la cantina. Sentía que todo era gris, supongo que era una pequeña crisis existencia. Y cuando me llegó esa postal, el 7 de febrero de 1997, yo no lo pensé dos veces. Llamé a la agencia de viaje, compré mi pasaje, y la llamé de inmediato.  -Llego mañana, Laurie. ¿Crees que todavía tenga chance? -Claro que sí, respondió, te quedas en mi casa, ¿a que hora llega el vuelo?

Y me fui a Bruselas sin decir adiós, con una maleta llena de fotos, libros, cuadernos, tres pantalones, dos suéteres y unos converse mal gastados. 

Llevo una semana aquí. Mi vida dio un giro de 180 grados. Hace 10 días nunca lo hubiese pensado posible, pero aquí estoy, disfrazada de lo primero que encontré en closet de Laurie,  con mil besos encima de la fiesta de burla de San Valentín, donde Laurie me presentó a su amigo Absinthe y éste como a 5 hombres más. De la nada, aquí estoy, aprendiendo francés. Viviendo en una ciudad más hermosa de lo que imaginé, como sacada de La Bella Durmiente; con un trabajo que me paga lo suficiente para vivir bien, con un salón de veinte niñitos que me llaman Marie, porque no se acostumbran al María y escribiendo más que nunca porque finalmente tengo tiempo y material de qué escribir. Todo aquí es una inspiración y lo mejor es saber que cualquier viernes al medio día puedo agarrar un tren e irme a París, Madrid, Roma, Amsterdam, lo que fuese... A veces me pregunto dónde estaría ahora si el profesor de Cine Documental no hubiese tenido un viaje de producción ese viernes...

5 comments:

Cami said...

Yay! está demasiado fino este cuento, Ani. Super sabroso de leer... Esta vez almorcé leyendo tu blog y fue mejor que hacerlo viendo tv.

Gracias!

Valen said...

Una gran desilusion cuando lei
Etiquetas: ficcion
Ya te iba a comentar contenta de que te haya pasado eso y no se que. jajaja.
Pero muy linda la historia, muy creible, me encanto.
Que lindo el comentario de arriba ^^
Besos

Lauris said...

aniviris..... W O W.... me quito el sombrero, esta arrechisimo!!! otro!! muaa

Ana Cristina Sosa Morasso said...

gracias chicas!! las quiero :)

Anonymous said...

que bella historia!!!

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